POR MARLON ZAMBRANO @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN L. “RAZOR” BALZA

ÉPALE253- SOBERANÍAS SEXUALESYa lo gritaba una loca el otro día atravesando la avenida Urdaneta: “El tirar se va a acabar”. No caí en cuenta de la premonitoria certeza de su frase desquiciada hasta antier, en que esta niña pretendió tenderme una celada virtual. “Tranca tú”, le digo, aplicando la fórmula prehistórica que terminaba en el repiqueteo cursi de “no, tú”, “tú”, “no, tú”.

“¿Tranca tú?”, me replicó en la siguiente ventana emergente del whatsapp con tres puntos suspensivos y una solicitud sospechosa: “Mándame una foto de lo que tienes entre las piernas”. Eran las 9 de la noche e iba sentado en un autobús atestado intentando llegar a mi casa. Lo único que llevaba entre las piernas era una canilla flaca mordida por el culito.

“¿Tranco yo?”, calculé rápidamente porque sabía que ella ya reposaba en su casa, bañadita, fresca y en pantaletas. “Pásame algo tú primero que estoy muy mal ubicado”. Rápidamente foto con pose de piernas cruzadas, hilo y sostén sobre cama sedienta de sábanas blancas, a lo Eddy Santiago.

“¡Qué clase de Afrodita cincelada por la noche!… ¿no hay más?”, escribí enseguida para no darle tiempo de pedirme nada a cambio. “Ay, no me provoques”, devolvió, junto a un videíto corto, pero contundente, del culo en meneo, tipo baile en barra con final de perreo explosivo.

“Dios te ha bendecido para que reine en tu cuerpo la belleza más pura”, la ametrallé salvajemente. “Ay poeta, qué bello eres. Está bien… ahí te va otro regalito antes de que llegue mi marido”, y me concedió displicente un juego de tetas que desbordó la pantalla del celular. “Pero qué ricura de melones de las serranías andinas”, me atreví a contestarle con aire mundano que tocó, al parecer, una fibra muy sensible de su morbo, porque me envió sin demora a través de los pasillos de la multimedia un audio que susurraba: “¿A que no sabes qué estoy haciendo? Me masturbo por ti, ajjj, ajjjj, aaaaajjjjjjjjjj, shhhhh”.

El autobús se estacionó muy cerca de mi destino y, antes de bajar con una erección indecorosa, le chateé, como si le suplicara: “¿Y mi cosita?”. ¿Tranca tú? Y en espera de la foto de la cosita, su cosita, nuestra cosita, el teléfono hizo un movimiento espasmódico que me dejó un temblor de mano mientras navegaba desesperado, con mis pulgares, buscando su clítoris en la tecla de la arroba. El teléfono hizo un silencio de muerte: nos habíamos quedado sin batería.

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