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A POCAS CUADRAS DE AQUÍ AMÉRICA CONOCÍA A SU MAESTRO, UNO QUE SUPO QUE NO ÉRAMOS EL CENTRO DEL UNIVERSO, Y QUE SI EL MUNDO ESTABA AL REVÉS DEBÍAMOS TERMINAR DE VOLTEARLO

POR CÉSAR VÁZQUEZ • @CESARVZQUEZ3 / FOTOGRAFÍA MICHAEL MATA

El lugar está dispuesto. Podría decir disponible, pero en este espacio no hay sitio para el sentido pasivo de las palabras. A pocos metros de la Plaza Bolívar, epicentro telúrico y demiúrgico de las utopías impostergables, sobre la esquina de Gradillas se encuentra la Escuela de Comunicación Popular Yanira Albornoz. Es un martes de cielo despejado, hace rato quedó atrás el mediodía, a la puntualidad de los asistentes se le debe un reconocimiento temprano; serán las pioneras y los pioneros quienes, por más de dos horas, disertarán sobre Simón Rodríguez en la clase inaugural que abre las puertas de esta escuela, guiados por el periodista y profesor Rubén Wizotski quien, de antemano, se niega a llamarla clase. Se trata, de ser posible, de un merecido encuentro con el maestro: Rodríguez es la piedra fundacional y el motivo que nos reúne, por eso aquí comunicación popular equivale a educación popular, su pensamiento informalista y pedagógico empieza a regarse por todos lados.

Wizotski nació en Argentina pero es alemán por compromiso paterno. Ruso e italiano por consanguinidad y corpulencia. Huyendo del gorilismo de Videla llegó con sus padres a Venezuela y es más venezolano que cualquiera, dirigente estudiantil del grupo 80 en la UCV, se terminó de curtir políticamente en la lucha sindical del gremio periodístico esquivando compromisos partidistas. Tiracoñazo, deportista y revolucionario por convicción, hoy es un enclave referencial del periodismo cultural en este país. Como intelectual se considera obrero y trabajador de la cultura, un hacedor de puentes. Entre todos estos accidentes del devenir confesó en una entrevista ser un “chavista extraño”, título que le costó el despido como profesor en la Universidad Católica Andrés Bello.

No sobraron ni faltaron puestos para este encuentro, un gran ventanal iluminaba el salón, la pizarra acrílica parecía virga. Sobre el escritorio colocó un arsenal de libros de su biblioteca que trajo dentro de una maleta, mientras los ordenaba agradecía el regreso de una de sus más grandes pasiones: la docencia palabra que quizás cuestione para mantener ejercitada la esgrima de un robinsoniano. Entre una veintena de textos llegué a ver La conciencia de las palabras del búlgaro Elías Canetti, El libro de Robinson del filósofo venezolano Juan Antonio Calzadilla, Simón Rodríguez. Maestro de América del innombrable Alfonzo Rumazo González y una antigua edición, sin portada, de Sociedades Americanas del mismo Simón Rodríguez, satélites que orbitan en la constelación de su círculo hermenéutico; nos dice: “Como en el amor, la lectura de un autor nos debe llevar a otros autores, a otros amores”.

En los 90, la célebre frase ronbinsoniana la hablaban  hasta la paredes: “Inventamos o erramos”. Pasaría de ser un axioma de la pedagogía emancipadora al principio del arte conceptual Latinoamericano; sin embargo, para ti no hay espacio para el error.

—¿POR QUÉ A ESTAS ALTURAS NO PODEMOS EQUIVOCARNOS?

Claro que nos equivocamos, y nos equivocaremos. Mi postura o inflexión es más bien un pedido: no nos equivoquemos, por favor. Pero en mi boca, ciertamente, tal súplica carece de sentido ya que yo mismo soy un equívoco. Hegel dijo, palabras más, palabras menos, que al mundo había que “leerlo” al revés para intentar entenderlo; porque, por cierto, estaba al revés. Es decir, las equivocaciones forman parte de uno. Pero, déjame seguir delirando, nos urge en este presente no equivocarnos. O, mejor dicho, apuntar al acierto y no al error. Este bello proceso ya tensó el arco, la mirada ya está puesta en el blanco, la manzana está puesta sobre la cabeza de la Historia; todos nos están mirando, todos los asistentes, que nos quieren, quieren creer en nuestra puntería. No fallemos. No les fallemos. La flecha, nuestra flecha es Simón Rodríguez, es la Fundación para la Comunicación Popular CCS, es la escuela de la Fundación, es el semanario Ciudad CCS. Vamos a acertar en el centro desde la izquierda.

En una entrevista pasada decías que el intelectual es un obrero, un estibador que carga con el peso de la cultura o, como diría Freud, con el malestar de la cultura.

—¿CUÁL CREES QUE ES EL PAPEL DEL INTELECTUAL EN ESTE MOMENTO EN EL QUE NOS ENCONTRAMOS?

-El intelectual, creo, le ha fallado a este proceso. O al menos, considero, y para no ser tan duro con los del patio, la acción de la gente, del pueblo, de los ciudadanos ha sobrepasado en virtudes a la de sus intelectuales. No hemos estado, si algo de intelectual tenemos, a lo que se llama la altura del compromiso. Más bien hemos estado al nivel del primer sótano y, si acaso, de la planta baja del desafío. Ahora bien, quizás la fuerza de estos acontecimientos nuestros, lo trepidante, lo vibrante, lo emocionante, lo importante, lo trascendente; de lo sucedido, lo que sucede y ha de suceder en la Historia reciente no permite la mirada de águila que este paisaje nacional se merece en este presente. Uno de los males del intelectual es creerse siempre el cazador de las grandes ideas y, por lo general, termina siendo la presa indefensa ante la arrolladora acción de los demás.

Para hablar de un reciente artículo que publicaste en este periódico titulado “Para los que se van… quedando”, que casi es una declaración de principio y que, como toda declaración de principio, es también una petición de principio.

—¿CREES QUE EN LAS HUIDAS HAY HORIZONTES POSIBLES?

-Nelson Goodman habla de maneras de hacer mundos y es inquietante su propuesta. Todos tenemos un mundo y todos tenemos nuestra manera de hacerlo girar. Uno no suele saber mucho, por lo general nada, de su propio destino; y, en consecuencia, es poco probable que sepa del destino de los demás. En el dilema “si te tienes que ir o te tienes que quedar” muchas veces son las circunstancias las que deciden por ti. Entonces, valdría preguntarse qué se puede decir, con comprobado asidero, en ese sentido. Pero yo sé, y no me preguntes cómo, que aquí hay que estar. No diré cómo estar. Diré, simplemente, que hay que estar. Hay muchos venezolanos que se han ido, lo hayan querido o no, y están más presentes entre los que nos quedamos que algunos que nos tropiezan en la esquina. Y viceversa. Hay gente que está aquí pero piensa como si estuviera en Miami o París. No descarto con esta palabrería que estar es una decisión, una postura, un principio. Y hasta una promesa, ¿por qué no? Los huesos del Wisotzki mayor está enterrado en un sitio ya desconocido, mirando hacia el Waraira Repano. Está frente a la montaña que siempre abrazó. Y, desde allí, cuida de mí. Quiso eso, decidió eso. Y fue su destino. Yo seré feliz si tengo ese mismo destino.

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