ÉPALE275-CCS MONTE Y CULEBRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Están por cumplirse 40 años de uno de los más interesantes, aparte de graciosos, casos de disociación o alucinación colectiva de manufactura venezolana, fabricado además por el “periodismo”, con todas las comillas que sea permitido ponerle al término. La cosa comenzó con una nota publicada en la prensa caraqueña (no hemos dado con el periódico ni con el periodista que perpetró la hazaña) que daba cuenta del encuentro de unos seres más o menos humanoides, chiquitos, verdes y cabezones, extraterrestres según la versión más difundida, con un par de muchachas del este que trotaban o caminaban en el Ávila (que así llamaba todo el mundo al Waraira Repano, dicen, incluyendo a Ilan Chester). Los bichos les dijeron a las estupefactas jóvenes que el día 18 de agosto de 1978 el Ávila se iba a abrir por la mitad, que por esa cuca tectónica de proporciones descomunales iba a entrar el mar Caribe y que, en consecuencia, se iba a producir la mamá de las inundaciones y nadie o casi nadie se iba a salvar en la ciudad.

En las semanas siguientes las ediciones de los periódicos que publicaban aunque fuera un comentario al respecto se agotaban y comentaban profusamente. Todo el mundo quería saber qué decían “los expertos” sobre el asunto, y aunque los más serios insistían en que ningún océano iba a inundar nunca a Caracas porque esta ciudad queda a más de 800 metros por encima del nivel del mar se produjo un éxodo que daba más risa que espanto. Las fotos de primera página se hicieron monótonas o directamente repetitivas, las colas de gente esperando autobús para huir por el terminal del Nuevo Circo y la difusión de unas cifras insólitas: entre 800.000 y 1.500.000 personas huyendo hacia otros parajes (Caracas andaba por los 2.000.000 de habitantes). El genio fabulador calculó bien la época de la aparición de los enanos profetas: era temporada de vacaciones escolares.

Llegó el 18 de agosto y nada atravesó esa montaña, como no fuera la brisa de siempre. Los caraqueños se devolvieron a su ciudad y el episodio se convirtió en el chiste del año.

20 años después (es decir, hace 20 años) un amigo escritor, muy buen escritor y periodista, llamado Luis Medina me llamó para hacerme una de esas preguntas ladillas de domingo por la tarde. “Loco, ¿por fin cuál es la diferencia entre un cuento y una crónica? Es que estoy escribiendo algo sobre aquella historia del pánico de los caraqueños cuando el Ávila y que se iba a partir en dos. Quiero mandar eso al Primer Concurso de Crónicas de El Diario de Caracas. Pero no estoy seguro de que sea una crónica o un cuento”. Le dije lo más lacónico que puede responderse al respecto: que la diferencia crucial es que la crónica, por mucho que fantasee y adorne la narración, debe serle fiel al dato verificable, a lo comprobable; la crónica es periodismo aunque pueda parecer ficción. “Pero ¿un cuento puede ser también una crónica?”, insistió el pana; le dije que no. Y me enfrasqué en una explicación enredadísima de esas que uno da cuando es incapaz de decir algo tan simple como: “Verga hermano, la verdad es que no sé”.

Luis escribió y envió a concurso su crónica, titulada “El Ávila se partió en dos”. El narrador se mete en la cabeza de un pana de la infancia que, en la vida real, cogió una mala nota de cualquier verga el día de la profecía, empezó a ver tiburones metiéndose con el mar dentro de su zona y de su edificio, y se colgó de un mecate. El jurado, encabezado por Salvador Garmendia, le otorgó el premio único. Después mandó el mismo texto al concurso de cuentos de Sacven, y también ganó el primer premio. Caracas tampoco sabe ni entiende ni le importa la diferencia entre el periodismo y la ficción.

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