¿Y si le hablamos claro a les niñes?

Por Niedliger Briceño / Ilustración Justo Blanco

Desde que nacemos la sexualidad se va convirtiendo en eso que no se habla, que no se dice, en eso que conocemos como tabú. A nosotras nos acercan a ella de una forma distinta que a ellos; sin embargo, lo común es que no sean directxs o clarxs con los términos. A eso que conocemos como “partes íntimas” les van poniendo sobrenombres y no terminamos de conocer cómo realmente se llaman. Empezando por la vagina que le llenan “frutita”, “cosita”, “corocolla”, “cuchufla”, “cuchara”, “cuquita”, “conchita” o “la pelúa”; éste último es el que más se acerca a las características de una vagina.

A las tetas las empezamos a conocer con el nombre de cualquier cosa esférica y, dependiendo del tamaño, las relacionan más con la variedad de frutas tropicales como cocos, melones, limoncitos, patillas; también le dicen lolas, bubis, pechos, senos… A esta parte del cuerpo nos enseñan a mantenerla siempre elevadas, siempre firmes con sostenes o brasieres que van marcando nuestros cuerpos con aros y ligas que permiten ubicarlas en el “lugar correcto”. A los glúteos se les conoce como pompis, colita, culo, culito, cilantro, nachas, nalgas, bote, cagalera y pare de contar.

Si hablamos de la masturbación, está normalizada sólo en los varones y a las niñas nos hacen sentir asco por nuestros pelos, vulva, clítoris y fluidos corporales; nos dicen que la menstruación es cochina y que nuestra vulva debe oler siempre a flores, es por eso que las toallas sanitarias tienen olor; existen los jabones vaginales y las cremas depiladoras, en fin, nos alejan de la autosatisfacción, de la intimidad propia y, por lo tanto, nos alejan de prácticas ancestrales para conectar nuestro cuerpo de nuestro ser.

Mientras a nosotras nos dicen “cierre las piernas”, “no dejen que le calienten la oreja”, “ahora sí tiene que cuidarse”, “no vayas a meter la pata y arruinar tu vida”; a ellos les dicen con orgullo “el pipí es para las mujeres”, “¿cuántas novias tienes tú?”, “niño que llora es marico”, “¡ay!, pareces una niña, eres un macho”.

Desde el placer masculino, desde el miedo, el asco y la vergüenza fue como aprendimos de sexualidad. Cuando escuchamos la palabra se nos viene a la mente la pornografía, la eyaculación masculina y el cuerpo estereotipado de las mujeres mercantilizado en publicidades.

Es evidente que la violencia infantil, la pedofilia, la pederastia y el incesto van tomando terreno en tiempos de pandemia por el covid-19 y, poco a poco, los “secretos de familia” se van convirtiendo en problemas comunes y políticos.

Es aquí cuando —además de decirle a les niñes que #LesCreemos, más allá de exigir respeto para elles y decir que #LesNiñesNoSeTocan— nos pensamos también en la manera de acompañar a nuestres miles de niños de una forma distinta; pensarnos en lograr que la sexualidad sea trasversal en muestras vidas, en brindarles seguridad de vivir una sexualidad libre, segura y placentera.

La fecundación ocurre luego de una relación sexual, luego salimos de una vagina, luego al nacer nos amamantan y succionamos ese fluido natural y poderoso que se produce en las tetas de nuestras madres, y esto indica que somos seres sexuales que sentimos placer; producimos oxitocinas y esto debe ser abordado natural y responsablemente.

Vamos hablarles claro: niñas y niños, existen zonas sensibles en nuestros cuerpos, partes que cuando las tocamos o frotamos sentimos placer. Existe la vulva, el clítoris, las tetas, el ano, el pene, el prepucio, los testículos, etcétera. Y ustedes tienen el derecho de descubrir y experimentar sus cuerpos. No permitan que nadie les toque si no lo desean, no permitan que les llenen de miedos e inseguridades. Les decimos que ¡no es no! y contar lo que los hace sentir amenazadxs es un acto de valentía y sanación. A ustedes les decimos que lxs abusadores no volverán a contar con el privilegio de sus silencios.

ÉPALE 378

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