Ya no se escuchan los pregones

Los pregones se marcharon de los pueblos y ciudades. Sus voces, todas muy conocidas por su forma de anunciar lo que vendían, se fugaron con su canto. No sabemos qué rumbos tomaron. Lo cierto es que, cuando se presentan en algún lugar, lo vemos como algo extraño.
Los pregones constituyeron parte de la llamada historia menuda de los pueblos y ciudades. Se les veía en las esquinas, plazas, parques, calle arriba y calle abajo. Se les identificaban por el tono de voz que empleaban para promover lo que vendían. Sin olvidar la armónica de los amoladores.
Los compradores estaban atentos al paso de estos vendedores para adquirir lo que ellos vendían. En los momentos estelares de las pequeñas y grandes urbes, los pregones se regaron como pólvora. De gran popularidad gozaban los pregones de dulces, chicha, frutas, panes, periódicos, mangos, maníes, leña, carbón, malojo, miel; al lado de los zapateros, amoladores, botelleros, latoneros, vendedores de tostadas y café. De todos estos pregones los más esperados, sin lugar a dudas, eran los de las sabrosas granjerías, muy buscadas por grandes y chicos.
Los dulces elaborados en casas de familias diestras en los oficios de los fogones, todos atizados con leña, los llevaban los expendedores en añejos azafates, cestas, canastos, bateas, platones y platos. Por cierto, hubo momentos en Caracas y poblaciones aledañas —relatan documentados cronistas—, en que cuando los lecheros distribuían la leche de casa en casa se acercaban con sus vacas a las puertas de sus clientes y, después de oír la cantidad de leche que querían, descargaban las ubres de los nobles animales en presencia de los compradores.
Con el correr de los años los lecheros comenzaron a transportar el vital alimento en unas grandes cántaras, las cuales llevaban en mulas y caballos, y se anunciaban tocando las puertas con el envase en el cual medían la cantidad de leche o con el garrote. Las vaqueras con buenas vacas se encontraban por los lados de Sabana Grande, a orillas del río Guaire, San Bernardino, Sarría.

 

MÁGICO UNIVERSO DE GRANJERÍAS

El recordado poeta Pedro José Muñoz, con quien me unió una gran amistad surgida cuando lo atendía en la Biblioteca Nacional, institución a la que se acercaba con mucha frecuencia en la búsqueda de información sobre aspectos de la ciudad, nos ofrece, en su obra Imagen afectiva de Caracas. La belle epoque caraqueña, una interesante pincelada acerca de los dulces que se pregonaban a toda garganta por distintos rincones de la capital, elaborados por las diestras manos de afamadas cocineras. En su trabajo, el escritor ya citado, recuerda que en azafates y bandejas se presentaban conservas de coco y de batata, almidones, alfeñiques, catalinas, pandehornos, polvorosas, tortas (como la conocida bejarana y la burrera), conservas la cojita, besitos, bizcochuelos, quesadillas, golfeados. En sus páginas, Pedro José Muñoz recuerda que desde Guatire llegaban, entre otras granjerías, las conservas de cidra y los papeloncitos de distintos sabores y colores, mientras que los celebrados alfondoques eran trasladados desde los Valles del Tuy. Asimismo, allí se nombra al famoso Malabar, recordado y célebre manicero; y a un chichero que se situaba en la esquina de Gradillas. También nos informa el escritor que en la cuadra entre Pelota y Punceres, la siesta que acostumbraba cumplir las familias allí residenciadas era interrumpidas con el grito del vendedor callejero, que anunciaba, mientras recorría la mencionada cuadra:
“¡La gran conserva de coco!
¡La conserva guatireña!
¡La gran torta bejarana!
¡Alfondoque!”.
El autor de estas líneas recuerda a varios chicheros, muy populares; entre ellos, a un señor afrodescendiente conocido como Caribe. Nunca supe el nombre y apellido de quien se desplazaba por las principales calles de Guatire, empujando su carrito donde llevaba dos grandes ollas llenas de chicha y ajonjolí, promocionándolas con el pregón de: “¡Chicha, chicha helada para que te refresques la parapara del hígado!”. También está en mi memoria Francisco Castillo, el chichero más famoso de Los Teques, ubicado siempre, con su modesto carruaje, cerca del Concejo Municipal y con su grito de venta: “¡Chicha, siempre buena!”.
Cómo no recordar al chichero que se situaba debajo del reloj de la Ciudad Universitaria de Caracas, calmando la sed a más de una generación de estudiantes y demás transeúntes. Y el chichero que tenía como centro de operaciones las cercanías de la plaza Miranda, cerca de la sede de la Dirección de Identificación, en los dominios de la urbanización El Silencio.
Por cierto, en otros estudios sobre Caracas, donde se van señalando personajes populares, se dice que el chichero situado en la esquina de Gradillas se llamaba Ángel María a quien, por utilizar un verso donde indicaba la muerte de Joaquín Crespo, lo llevaron a la negra cárcel de La Rotunda, situada en los espacios que en nuestros días ocupa la plaza La Concordia.

Épale CCS