ÉPALE249-ENTREVISTA

DOUGLAS ALZURUTT LOGRÓ SORTEAR DOS ACV Y QUEDAR, PRÁCTICAMENTE, EN LA CALLE LUEGO DE TENERLO TODO. ESTÁ EN PAZ CONSIGO MISMO, PORQUE SABE QUE LA MISIÓN ES VIVIR

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO ⁄ FOTOGRAFÍAS JESÚS CASTILLO

Brinca sobre un pie, sobre los dos, se desplaza por toda una habitación, se agarra del borde de la mesa con las dos manos y hace presión, me pide calma, se limpia las comisuras salivadas de los labios con un pañito impecable, me mira cerca y distante con sus ojos profundamente azul grisáceos y, de pronto, grita de la emoción como si acabara de hacer un hallazgo fascinante: “¡Ahhhh!, sí, ya entiendo”, y responde, finalmente, a cualquier pregunta a través del largo corset de filigrana que fue tejiendo hasta encontrar los recuerdos y las palabras que correspondan a cada cosa.

Por cada recuerdo recuperado expresa la emoción infantil del descubrimiento, una fiesta, como si se abriera paso entre el mundo. Por cada palabra para nombrar las cosas, como Dios en el trance del Génesis, aflora un asombro deslumbrado ante cada avance olímpico, y casi imperceptible, en su recuperación. Es un proceso lento para el que hicieron falta tres años de terapia del lenguaje en el CDI de la avenida Sucre.

Douglas Alzurutt cuenta que llegó a tener medio millón de dólares, recorrer 42 países, ocupar un alto cargo en la gerencia de Pdvsa, pilotear helicópteros; fue socio de una de las más renombradas productoras audiovisuales del país y estuvo con 428 mujeres, estadística que —más que imputable al gesto engreído de un machista— es, quizás, un profundo acto de respeto y dignificación: ¿quién acopia el registro de sus pasiones libidinosas con semejante precisión?

“Lo que pasa es que todas mis novias, esposas, amantes, mujeres han sido de derecha. Estoy buscando una de izquierda pero no se consiguen”, y se ríe y se espanta por sus escasos dientes, aunque aclara que pronto solucionará eso con las prótesis que le ofreció una de sus hijas, estudiante de odontología.

A sus 58 años vive solo, en un huequito de menos de dos metros cuadrados en El Manicomio, donde sobrevive, tranquilo y en paz consigo mismo.

Descubre una palabra: sólido. Se detiene a pronunciarla lentamente, como si saboreara un caramelo: “Sóóó-liii-do”.

Se molesta conmigo porque le parece que estoy ingresando peligrosamente en su intimidad. Luego, me agrega datos complementarios de la entrevista y me llama, con amable dulzura, “querido Marlon”.

“Con calma, voy entendiendo todo de nuevo”

“Con calma, voy entendiendo todo de nuevo”

EL ACV

Los accidentes cerebrovasculares son la segunda causa de muerte en el mundo, después de la cardiopatía isquémica. En Venezuela mata a más de 11.000 personas al año. Alzurutt sobrevivió a dos, que le cambiaron la vida de manera extravagante: el primer ACV lo tumbó, el segundo lo enderezó.

En 2011, el primer episodio lo dejó postrado sobre una cama. No pudo hablar durante más de un año y durante mucho tiempo no tuvo conciencia de sí. La mayoría de las cosas que le pasaron en esa época no las recuerda. Como, por ejemplo, cuando golpeó a su mujer de entonces, lo que ocasionó un cisma familiar y la pérdida de su casa y su hija. Pesaba 124 kilos y bajó a 62. Pensó en matarse, lanzándose desde la azotea del edificio de Clínicas Caracas, pero solo el recuerdo de sus hijas (naturales, adoptivas y putativas) lo frenó: “Se iban a quedar muy tristes”.

Su hija Ángela, su hijastra Andrea, su “hijastrasobrina” Daniela y su “sobrihija” Gabriela son el principio y el fin, el alfa y el omega. Las nombra con profusión como su esperanza y razón de lucha, por lo que pronuncia sus nombres con la ternura del terciopelo, inspirado en la misión de vivir.

En 2015, el otro accidente le recuperó la memoria activa. Comenzó a rescatar recuerdos, mejoró la movilidad y perfiló de nuevo el recurso del habla, con ciertas lagunas que cada día va sorteando como un surfista ciego.

“Soy lento Malll-lon”. “Ya va, un momento: Mar-lon… Mar-lon Zam-bra-no”. “¿Viste que no suena igual?”, se esfuerza por explicarme.

La periodista Mercedes Chacín, quien lo conoció en las correrías universitarias, lo recuerda como un catire de ojos azules, gordito, fuerte, hasta hace muy poco.

Aunque es sociólogo de profesión, graduado en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), y nacido en el seno de una familia de escasos recursos, Alzurutt intentó especializarse en ciencias políticas, comunicología y producción audiovisual, intentos que se quedaban siempre a medio camino por su vida díscola, enamoradiza y militante.

Fue activista del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), hasta llegar a ser Secretario de Organización de la Juventud del mismo en sus años universitarios, época en la que se vinculó con la lucha revolucionaria.

“Fui uno de los tres vicepresidentes del XII Congreso Mundial de la Juventud y los Estudiantes que se celebró en Moscú entre el 27 de julio y el 4 de agosto de 1985”, detalla con precisión, para luego pasar ocho meses recorriendo los países de la Europa oriental.

LA CASITA

Profesionalmente se inició en la Biblioteca Nacional de Venezuela y de allí pasó a El Diario de Caracas, en el año 1986, como laboratorista de fotografía. Con el tiempo se hizo fotógrafo industrial y publicitario, hasta que con su propia agencia desarrolló importantes campañas promocionales para firmas privadas e institucionales, como las cuñas de Navidad y Año Nuevo, las que le permitieron trabajar con Chávez en persona en 2001 y de quien se quedó prendado. “Yo sí soy revolucionario, hasta después de muerto”, enfatiza, aunque extraña a su hermano de la vida, Alberto Oropeza, quien es su conciencia y con quien verifica cada recuerdo.

El fotógrafo Jesús Castillo rememora sus días en El Diario de Caracas: “Él era un carajo con mucho verbo, muy conversador, conocedor de la política. Acuérdate que en esa época (mediados de los 80) el periódico era izquierdoso. Recuerdo que una vez echó el cuento de que lo estaba buscando la Disip por su apellido: parecía árabe”. En realidad su padre era de Yaritagua (estado Yaracuy), su madre de Barquisimeto (estado Lara) y él nació en Caracas.

Era del tipo que cualquiera señalaba como “exitoso”. También era peleón y disconforme: pugnaba por la perfección.

Trabajaba para Venezolana de Televisión cuando le sobrevino la desgracia.

“Yo soy un sobreviviente. Lo que le quiero decir a los demás es que no se queden postrados. Yo me recuperé por mí mismo”. Sin casa ni dinero y muy poca compañía, Douglas Alzurutt empuja heroicamente su dignidad, se desplaza con cierto humor frente a los misterios de la vida y afronta su destino con esa trágica, romántica y librepensadora manera del Caribe.

Recuerda cuando grabó el spot audiovisual Las casas de Chávez por los lados de Los Mecedores, en la Cota Mil, cuando aún no existía la Misión Vivienda. “Eran 126 casitas que entregó el Gobierno. Yo quisiera, por lo menos, una así”.

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