ÉPALE285-PAUL GILLMAN

POR GUSTAVO MÉRIDA

Son 140 pasos exactos desde el umbral del Cementerio Municipal de Naguanagua, en el estado Carabobo, cruzando a la izquierda, hasta la tumba donde descansarán los restos de Paul Silvestre Gillman.

“Sí sé”, responde el joven obrero sosteniendo la carretilla llena de hojas secas. La suelta lentamente; hay cierta parsimonia que se esfuma cuando camina entre las tumbas por un caminito de tierra que a veces se pierde bordeando lápidas, pero que si usted sigue las instrucciones, usted mismo no se pierde: recuerde que no hay mucha gente a quien preguntarle algo en un sitio como este. En realidad, lo que no hay es mucha gente que responda. Son 140 pasos a la izquierda.

A Paul Gillman se le ocurrió la idea de reservar su puesto, de una, en este cementerio. “Es aquí”, me dice el muchacho y se va, luego de quedarnos un rato mirando la lápida, la bandera del rock nacional, su nombre y su fecha de nacimiento, el nombre de otr a persona amada por el roquero (su esposa) y, en letras góticas, la frase que titula estas líneas.

Ennio Di Marcantonio me confesó, alguna vez, un pelón que tuvo en sus inicios; lo hizo para solidarizarse, entendiendo la sensación terrible que da cuando a quien entrevistas se le nota el gesto de desagrado al escucharte decir lo que dijiste. Paul Gillman no solo arrugó el entrecejo: murmuró un ¡coño de la…! (juraría que oí hasta la “o”, pero sin un “de la” no se entendería). Gillman me ha regalado discos autografiados, Gillman y yo hemos hablado de PTT Lizardo (cúrese, doctor) y estar parado allí, frente a la tumba donde algún día descansará Gillman, leyendo que él solo sabe que yo estaré cantando su canción, y que Paul Gillman ande por allí, viviendo, echándole bolas, siendo el símbolo que es, representando lo que representa; que ande por ahí pensando y soñando y dando ejemplo y que, de paso, yo haya estado cantando esa canción (“El poeta”, escrita en 1984) hace que se sienta una vaina tan de pinga, tan llena de amor y de esperanza en medio de toda esta guerra que nos está tocando, que a uno no le queda otra alternativa que meterse el mojón de que uno es escritor y escribir el asunto, pensando que en ciento y pico de años (ciento y picote, porsia), cuando Gillman ya esté en esa tumba que les conté y ninguno de ustedes (solo los que están leyendo estas líneas) esté vivo, o viva, alguien que esté curioseando o estudiando la historia de Caracas se encuentre este texto y se lo imagine todo. Todo.

En la Plaza Bolívar de Naguanagua usted se puede parar al lado de la estatua de Simón Bolívar. Puede abrazarla, incluso. En julio del año 2018 se publicaban en internet textos como el siguiente, referidos a la inauguración del Parque Simón Bolívar, aquí en Caracas: “Desde el nombre del parque, Simón Bolívar, el diseño rinde culto a la personalidad de los hombres fuertes del madurismo, en su estado de paternalismo redundante. ¿Debo dar gracias a Maduro por construir un elefante blanco del futuro, como el ejercicio de modernidad fallida de El Helicoide, cuyas ruinas sirven de aposento a las mazmorras del Sebin?”. Y el autor sostiene que el presidente Maduro es un dictador. Lector del futuro: entiendo que no entiendas, pero más duro fue en 1818. En serio. Comparando, esto es una papita.

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