ÉPALE266-YULIMAR REYES

LAS RAZONES POR LAS QUE ALGUIEN ALCANZA LA FAMA SUELEN SER FRÍVOLAS O INJUSTAS. A YULIMAR LA RECORDAMOS POR SU TRÁGICA DESAPARICIÓN CUANDO DEBERÍAMOS HACERLO POR SU LABOR SOCIAL, A TRAVÉS DE LA CUAL DIO LO QUE A ELLA —Y A TANTOS— LE QUITÓ EL SISTEMA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

La televisión, y en general los medios de información, la literatura o cualquiera de esas truculencias relacionadas genuina o tramposamente con el arte, suelen servir para inmortalizar la obra o vivencias de gente que la humanidad hace bien en atesorar como ejemplo o recuerdo. Esas truculencias también pueden ser y han sido buenas para inmortalizar el recuerdo de unos cuantos imbéciles olvidables. El caso es que es mentira que todo ser humano bañado en grandeza ha dejado algún registro documental o ha sido documentado con justicia por la industria de fabricar íconos: hay una vida frente a las cámaras (y ahora en las redes) y otra vida; la primera puede hacerte famoso, pero la segunda es la que te hace valioso.

Ejemplo: si la importancia de aquella chamita, estudiante de Letras de la UCV, llamada Yulimar Reyes, estuviera sujeta a lo que hizo o dijo frente a la única cámara de televisión que registró alguna vez sus palabras (minutos u horas antes de su muerte), su grandeza se reduciría a unas declaraciones en las que analizaba así el recién comenzado estallido del 27 de febrero de 1989: “Es por el alto costo de la vida, es por el pasaje, es por el aumento del salario, porque es mentira que ese aumento fue de treinta por ciento, en realidad ha sido de diez por ciento”. Le habían preguntado a qué se debía la protesta y ella se despojó de toda rimbombancia, de todo rebuscamiento, de toda actitud de líder o dirigente (que lo era); olvidó o dejó de lado el análisis profundo y la conexión con las lecturas que tenía, obvió las conversas con sus compañeros de militancia, y fue al grano, es decir, al pueblo (grano: semilla): respondió conforme al sentir de la gente que la rodeaba: el pueblo estalló porque había unas cosas que depauperaban su vida y esas cosas son esta, esta y esta. Dijo dos o tres generalidades sobre el paquete económico que Carlos Andrés Pérez le impuso a Venezuela, y ya está.

Pocos momentos después un disparo a corta distancia, efectuado por un policía (“el cabo Canelón”, así sin más señas) la convirtió en leyenda y en motivación de sus compañeros de generación.

DONDE SE FORJA EL ACERO

Si algún urbanismo califica como ejemplo de lo que no debe hacerse cuando se construyen viviendas para seres humanos, “eso” es Nueva Tacagua: una urbanización abortada que intentó convertirse en comunidad y en lo que se convirtió fue en un zombi de comunidad. Un clásico de las estafas a la nación: millones y millones invertidos en un plan de edificios residenciales que, antes de ser inaugurados, ya se estaban derrumbando junto con el precario terreno en el que fueron construidos. Es casi imposible meter en una misma frase el nombre de Nueva Tacagua y la palabra “ternura”, pero ya que hemos logrado la hazaña hay que rematar: en ese espacio donde, ya en los años 80, gobernaban la rata, el hampa, las enfermedades y la destrucción, fue donde Yulimar Reyes realizó su trabajo cultural.

En esa caricatura de unidad residencial llenó de cuentos, títeres y emociones a cientos de niños condenados a no ver otra cosa que un tejido social improbable. Llegaba, reunía a esos niños y vecinos del espanto, los ponía a escuchar y a decir historias y de pronto agarraba unos materiales y les daba forma a unos personajes: con basura o de la basura sacaba los materiales para hacer sus insólitos muñecos y esos muñecos cobraban vida. No llegaba a los 20 años y ya andaba en esos menesteres, para los que tenía tiempo a pesar de que también tuvo que estudiar, trabajar y enamorarse, entre otros asuntos en los que casi todo el mundo anda a esa edad. Por ejemplo, hacer la Revolución como se hacía en la época: sin reconocimientos oficiales, sin redes sociales, sin recursos, sin sueldo. Con las puritas ganas y el impulso de una vaina que llamaban conciencia.

En la Universidad Central de Venezuela encontró además tiempo y espacio para otra forma de militancia: la que se construye en la afiliación a un partido y la juntura con unos compañeros cabezacalientes. Con esos bichos tan violentos como ávidos de cultura comenzaba a desarrollar una singular trayectoria en la que siempre se veía reflejada y atravesada la paradoja dicha arriba: era violenta para manifestar y agitar pero tierna para hacer algunas dulces trampas, como por ejemplo “colear” a sus panas en las películas (era anfitriona o acomodadora en la sala de cine ubicada en ese edificio que hoy es sede de Unearte), entregarse al disfrute de la literatura, ser una muchacha universitaria de 20 años.

NO LLEGABA A LOS 20 AÑOS Y YA ANDABA EN ESOS MENESTERES, PARA LOS QUE TENÍA TIEMPO A PESAR DE QUE TAMBIÉN TUVO QUE ESTUDIAR, TRABAJAR Y ENAMORARSE, ENTRE OTROS ASUNTOS EN LOS QUE CASI TODO EL MUNDO ANDA A ESA EDAD

Es célebre la reconstrucción en retazos de sus últimas horas: incorporada a las protestas que habían estallado en Guarenas y en Caracas, andaba por la zona de San Agustín rodeada de pueblo y haciendo lo que el pueblo mandaba, cuando aparecieron los reporteros de un canal al que le interesaba debilitar al gobierno de turno, y le abrieron cámara y micrófono. Dijo lo que le dejaron decir, aunque no todo lo que dijo fue transmitido; tuvo tiempo de ir a un teléfono público y de comunicarse con su amiga y camarada Ana Teresa Gómez, a quien le dijo emocionada que iba a salir por televisión echando un breve discurso contra el gobierno. Ana Teresa y otros miles o millones de venezolanos hemos visto esa breve alocución, unos pocos la recordamos, pero ella misma no alcanzó a verse a sí misma en esa pantalla. Ana Teresa la recibió horas después en la morgue del Hospital Clínico Universitario, con un regaño por haberse dejado joder. Tenía 22 años y ya había cumplido su gigantesca misión en favor de otro mundo posible.

¿Huellas, homenajes y recordatorios? Que se sepa, existe un Centro de Documentación e Información (del Banco de la Mujer) que lleva su nombre. En la devastada Nueva Tacagua (que sigue vegetando, negándose a morir) también bautizaron “Yulimar Reyes” un centro de reuniones, igual que un preescolar o Simoncito en Maracay. Yulimar Reyes también se llaman o se llamaron varios concursos literarios y de documentales, varios murales o trabajos gráficos la recuerdan con las facciones con que apareció en la breve agitada televisiva que se lanzó antes de morir. Yulimar se llama en su honor mi hija mayor (homenaje de su mamá, otra de sus compañeras de militancia), y seguramente otras mujeres más. Pero ténganlo por seguro, y si fuera posible averiguar y confirmar esto apostaría lo que sea a que no estoy equivocado: la máxima obra de Yulimar Reyes fue el cambiarle o salvarle la vida a alguno o algunos de los niños de Nueva Tacagua. Alguno de ellos, alguna vez en su vida o en este mismo momento, debe haber recordado la tarde remota en que una muchacha bonita se apareció en su infierno familiar y le regaló un oasis de historias y muñecos. Alguien tiene que haber por ahí, convertido en treintón o cuarentón, que tenga memoria de ese acontecimiento. Ayúdenme a buscar a alguno o algunos de esos seres humanos impactados por Yulimar, porque estoy seguro de que existen.

ÉPALE 266

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