Zumaque y los inicios de la humillación

Un siglo y piquito cumple el proceso de saqueo del petróleo venezolano por parte de las transnacionales. Este cuento humillante debe ser repetido y recordado más seguido, y por más gente, porque lo quieren repetir

Por José Roberto Duque@DuqueJRoberto / Ilustración Daniel Pérez

En un episodio que es preciso ser muy mojigato o distraído para no asociarlo con un acto de violación, un equipo de geólogos y obreros cogió un tubo y un artefacto de perforación, penetró la tierra en un pozo llamado Zumaque I y a partir de entonces las transnacionales del petróleo comenzaron a invadirnos con todas las de la ley. De ese episodio, mitad pornográfico, mitad histórico, se cumplen en estos días 106 años (1914); en 1917 ya la violación se convirtió en hábito y los tecnócratas suelen elevar oraciones y aleluyas porque ese año tuvo lugar la primera exportación (el primer robo) de petróleo venezolano rumbo a Europa.

El producto de aquellos albores del despojo fue a parar, primero, a las bóvedas de una transnacional angloholandesa, la Royal Dutch Shell. La gran rival de ésta en el novísimo negocio petrolero mundial era un monstruo norteamericano que había caído y triunfado alternativamente desde el siglo XIX para imponer su monopolio en Estados Unidos: la Standard Oil, patrimonio de la familia Rockefeller.

Pero ese cuento lo continuaremos después. Porque mirando hacia atrás resulta que ya ese charco de vaina negra que manaba de la tierra era conocido y usado, incluso, antes que llegaran los españoles.

Servía para todo

Ya ustedes han oído y leído sobre el mene, esa sustancia que afloraba en la superficie de la tierra en varias zonas de Venezuela y que los indígenas ya tenían catalogada y precisada como sustancia con propiedades medicinales. También la utilizaban para encender fogatas y antorchas y para impermeabilizar embarcaciones, así que ustedes se imaginarán la cara de los españoles cuando, en los años 1500 (cuando el tirano mandó), se enteraron de que existía esta melcocha milagrosa que servía para casi todo: medicina, energía, mantenimiento de barcos y de armas.

De hecho, sin ponerle mucho tecnicismo rebuscado al asunto, el primer barril de petróleo venezolano que fue exportado o saqueado (al menos el primero del que existe registro documental) salió de aquí rumbo a España en 1539: un vil pote que mandó a pedir el rey Carlos V porque la sustancia servía para aliviar la gota, esa enfermedad que da por descuidarse con el ácido úrico.

En el siglo XIX la Revolución Industrial le echó un ojo más atento a ese líquido maloliente y, como en todo lo que huele mal suelen tener protagonismo los gringos, en 1859 se inauguró el primer pozo petrolero en estados Unidos. Poco después, en 1875, se produce el conocido episodio en la hacienda La Alquitrana, en el Táchira: un temblor de tierra abrió una raja en esa propiedad y de allí comenzó a manar el petróleo a chorros. El señor Manuel Antonio Pulido aprovechó el fenómeno o accidente y fundó la Petrolia del Táchira, primera compañía petrolera del país. A partir de ese momento comenzó en Venezuela la fiebre del querosén, el gasoil y otros derivados. En los siguientes 40 años, contados a partir de ese momento, se fueron configurando los movimientos, trampas y jugadas políticas que terminaron con la expropiación, a lo macho, del hidrocarburo de moda por parte de los europeos, primero, y después de los norteamericanos.

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Vuelta atrás: en septiembre de 1917, Gómez nombró como ministro de Fomento a Gumersindo Torres, una de cuyas misiones era ponerle orden a lo que tuviera que ver con ese negocio emergente. El buen Gumersindo se armó del único recurso que tenía sobre ese aspecto de la economía y los negocios, que era una cierta ética patriótica, y mandó a parar una práctica que se venía consolidando desde que Cipriano Castro fue sacado del poder por el autoproclamado Juan Vicente Gómez. Gumersindo intentó normar y detener esa repartidera de concesiones a empresas extranjeras; la medida duró unos pocos años. Más o menos hasta que los norteamericanos le ordenaron a Gómez despedir a Gumersindo Torres y dejarse redactar e imponer las nuevas leyes de hidrocarburos venezolanas, a conveniencia y satisfacción de las empresas gringas.

A ver si les suena mejor así: Cipriano Castro intentó darle un parao al saqueo del petróleo venezolano; un compadre suyo se autoproclama presidente y Estados Unidos se apresura a reconocerlo, quedando Castro por fuera; Estados Unidos corona bien la jugada, Gómez se siente apoyado y protegido en el poder, pero a cambio tiene que entregarle cuanto recurso mane del subsuelo venezolano.

¿Se fijan, que ni en eso son originales ni innovadores los apátridas y los gringos?

ÉPALE 385