19 de abril pero sin el cura atrás

Los venezolanos vivientes fuimos “formados” a partir de un cuento en el que un sacerdote resulta el héroe de la jornada, en 1810. Aunque usted no lo crea, en 1811 también hubo un 19 de abril. Vamos mejor tras esta historia

Por José Roberto Duque@JRobertoDuque / Ilustración Daniel Pérez

Que un cura tuvo que decirle al pueblo de Caracas cómo responderle a Emparan (“No”) cuando éste preguntó si lo querían de jefe es una fábula insultante y ridícula. Es verdad que en ese momento, y en muchos otros, hemos sido propensos a la manipulación y la demagogia, pero hay detalles del hervor y el fervor popular que ya no deben seguir siendo ocultados, mucho menos con el fin de seguir inflándole el currículum a tanto héroe de mampostería. Vamos por partes.

Qué hacía Emparan aquí

No había un carajo más fácil de derrocar que ese Vicente Emparan de 1810. De hecho, no es una exageración decir que el tipo estaba rogando a gritos que lo derrocaran, que le quitaran ese molestoso cargo de Capitán General, y tenía buenos motivos y razones para que así fuera; basta enterarse de cómo llegó el tipo a ese cargo —y ya vamos para allá—, porque el cuento es más digno de carcajadas que de aplausos.

Viejo guerrero (veterano, lo llamarían los caraqueños de hoy para chalequearlo), tipo culto y experto en administrar territorios ajenos (había sido gobernador de Cumaná hasta 1804), en el año 1808 (cuando Napoleón Bonaparte invadió España y echó a empujones al rey) le pasó algo curioso, demasiado curioso. Dividido en dos capítulos. Primero: el Ejército invasor, en vez de caerle a plomo por tratarse de un servidor de la corona y fiel a sus reyes, sorpresivamente le ofreció el cargo de Capitán General de Venezuela: susto. Emparan no encontraba la forma de decirle que no a Bonaparte, pero tampoco podía aceptar. Molleja de dilema.

Segundo capítulo: decidió huir a Sevilla para ponerse a las órdenes de la Junta Defensora de los Derechos de Fernando VII (atención con ese nombre que, seguramente, les suena). Allí lo recibieron con mucho gusto, y adivinen qué: le ofrecieron el cargo de Capitán General de Venezuela. El coñísimo destino pues. Dios es una rata.

Un año gobernó Emparan desde Caracas, según él a nombre de Fernando VII. Pero ya Francia había puesto en España a una especie de Guaidó, el hermano de Bonaparte, y llegó el momento en que ya su situación era insostenible. Es digno de imaginarse la enorme ladilla que cargaba ese hombre encima cuando, rumbo a la Catedral para ir a rezar, lo abordaron los cabilderos de Caracas y le dijeron que mejor fuera a someterse a un plebiscito; se produce la escena de la pregunta única que la gente debía responder, le dijeron que no y al otro día cogió un barco y se largó para Estados Unidos.

Un año más tarde

Los mantuanos de Caracas, protagonistas del 19 de abril de 1810, eran como los malos gallos de pelea: buenos por el pico pero malazos con la espuela. Es decir, estudiosos de la historia y devoradores de libros, les encantaba imitar a los grandes tribunos griegos y romanos en eso de hacer demagogia, arte consistente en recalentarle la cabeza a la gente que anda brava y con ganas de pelear. Pero, logrado el trámite de enardecer al pueblo con las ideas un poco raras, pero suculentas, de libertad, de reventar las cadenas, de hacer un gobierno del pueblo y blablablá, se encontraron de pronto con un detallazo: epa, el pueblo son esos coños que nos cocinan, nos cuidan los muchachos y la casa, nos siembran en las plantaciones y hacen los trabajos pesados en las minas; el pueblo es esa gigantesca masa de seres humanos a quienes hemos tratado a látigo, a quienes despreciamos y castigamos, a quienes relegamos a unas barracas a pesar de habernos construido nuestras mansiones y casonas.

El pueblo, ilustre rico de Caracas, es esa gente llamada a rebanarte el pescuezo, y por ahí dicen que el pescuezo no retoña. En vano intentaron esos señores de impedir que Bolívar llegara desde Aragua a echarle más gasolina a la candela; en vano proscribieron a José Félix Ribas (el primer exiliado de la Primera República: al hombre lo expulsaron por alborotar a los negros y pretender formar un ejército de esclavos después del 5 de julio de 1811); en vano intentaron silenciar a Francisco de Miranda por llevar adentro sangre negra. Cuando esos aristócratas y sifrinos del 19 de abril decidieron armar su Junta Defensora de los Derechos de Fernando VII (dime tú) y gobernar con recato y moderación para no herir a sus colegas esclavistas y ricos españoles, ya en las calles la gente cantaba o recitaba unos versos inquietantes, un reguetón de la época que le dolía en el oído a la gente de bien, ay chiamo:“Viva tan sólo el pueblo, el pueblo soberano. Mueran los opresores, mueran sus partidarios”.

Por cierto, el facsímil que propagó por Caracas esa aterradora canción fue impreso en una imprenta que funcionaba en el Palacio Arzobispal, ahí mismito, diagonal al edificio donde se edita esta revista.

Entra Miranda a Caracas y organiza un club de locos, de esos que sí hablaban feo de verdad: la Sociedad Patriótica, que funcionaba donde hoy se encuentra el Banco de Venezuela. El 19 de abril de 1811, mientras los ricos bocones celebraban en su Congreso (el primero de Venezuela) un aniversario de su hazaña (crear una estructura que se separaba de Napoleón para defender a Fernando VII), las calles de Caracas se llenaron de pueblo enardecido. Un pueblo que se asomaba en la esquina de Sociedad —y en las muchas esquinas calientes que se formaban— a escuchar a Miranda, a Bolívar, a Ribas y a un tipo más sangriento y loco que todos esos juntos: un tal Coto Paúl, que predijo con precisión psicopática el burrundango de peo que iba a estallar dos años más tarde.

No era profeta ni adivino Coto Paúl, sino que dos síntomas sociales estaban diciendo a gritos lo que estaba cocinándose. Uno: los periódicos e informes reprochaban con horror el que ahora, de pronto, los negros, esclavos y sirvientes pertenecientes a las castas (96 % de la población) ya no quería trabajar, sino hablarles de libertad a sus amos: “Tú dijiste en tus discursos que la esclavitud ya no debe existir” (pero la Primera República hablaba de premiar “la esclavitud honrada y trabajadora”).

Y el otro síntoma, que parece cosmético, pero revela cosas. Manuel Palacio Fajardo, cronicante o comentarista de aquel primer aniversario del 19 de abril, describe así una escena de la fiesta popular caraqueña, una especie de Ruta Diurna en la que todo el Centro se engalanó de amarillo, azul y rojo: “Grupos de músicos, seguidos de danzantes, recorrían la ciudad cantando aires patrióticos (…) Personajes de consideración de Caracas se juntaron al cortejo. Muchos indios de los alrededores, jugando y danzando a su manera, más cándida que graciosa”.

Los ricos danzan derechitos y graciosamente. Los pueblos arrechos zapatean, mueven ese culo, se desbaratan: por ahí venía la fiesta de la democracia sangrienta y los cuchillos, y el pobre Palacio Fajardo creía que el pueblo estaba celebrando por sus amos.

ÉPALE 368