A punta de cordel

Por Pedro Delgado / Ilustración Justo Blanco

Ver la foto en el Épale N°406 tomada por la fotorreportera Mairelys González, fue para mi todo un viaje al pasado por aquellas lomas de Brisas de Propatria. El muchacho posando con el pabilo en la mano, volando el papagayo que no se ve por estar más alto a la hoja de la revista, es igual al que fuimos una vez por allá por los años 60 del siglo XX, enredado con la cometa en los cables de las torres, donde había que tirarle una tarraya para buscar bajarla mirándola remolinar el viento. Los alisios del este se aliaban con nosotros para teñir el cielo de multicolores tamaños, desde temprano en la mañana hasta llegar el ocaso.

En la quincalla de Boqueroncito se surtía uno de pabilo y papel a la hora de la armadura, porque la verada se encontraba por ahí mismo o más abajo, por los caminos que llevan a la quebrada de Tacagua. Igual estaba el recurso del papel periódico, revista o bolsas para arropar el esqueleto; hacerse una picúa con papel e hilo era una alternativa de corto vuelo.

Junto a la primera torre, frente a la bodega del viejo Tobías, esquina de la calle Libertad, nos apostábamos algunos y otros más arriba, en la segunda torre cerca a la entrada de la calle San Rafael, cuando la arena, los bloques, el cemento y las cabillas recién empezaban a multiplicar las casas. Y no era que no se podía elevar desde otro sitio, sino que en esas lomas la emoción se dejaba mecer en lo elevado del paisaje.

Muestra el niño una cara de contento ante la cámara de Mairelys, igual a la que yo plantaba por allá por las alturas del barrio, alimentando la distancia a punta de cordel templado con las ganas de elevarlo a más lejanía que los otros, para en franca competencia, llevar el merecido premio de la audacia. Eso sí, había uno que tener cuidado con la maldad de una yilé amarrada a la cola de otro volantín, para que la cortadura no lo precipitara al garete yendo a parar a los pedriscales de los terrenos de la señora Olivet, o a los mangales de la viuda Carrasco, donde había que ir a buscarlo con la cautela enfrentada al dientero de los perros. Cuando más lejos caía, iba a tener a la carretera hacia El Junquito en tiempos de puro granzón y tierra. Algunos se iban mucho más lejos, yendo a parar a los barrancos de Niño Jesús.

Recordar el júbilo remontando el aire de cuando Julio cara e’ cochino, Manuelito la burra, el flaco Lucho, Mario Núñez, el negro Humberto… llegaban a la torre, es adentrarse a un pasado elevado en los tiempos de nuestra infancia.

ÉPALE 411