Aficionados ganaron por goleada

Por Gerardo Blanco@GerardoBlanco65 / Ilustración Justo Blanco

El hundimiento titánico de la Superliga promovida por los clubes más ricos y poderosos en España, Italia e Inglaterra demostró que el verdadero poder de este deporte no está en las billeteras y las cuentas bancarias de los empresarios que presiden a los equipos, sino en los aficionados.

La reacción de los apasionados seguidores del Liverpool, Tottenham, Arsenal, Manchester City, Manchester United y Chelsea pusieron a temblar a los directivos. Tanto así que 60 horas después de presentar el excluyente torneo, la Superliga se fue a pique con los promotores del proyecto, abandonado el barco en el que solo quedaron Real Madrid y Barcelona. El primero, porque Florentino Pérez, presidente del cuadro merengue, también es el máximo promotor de la Superliga; y el segundo, en virtud de que los cuantiosos ingresos que prometía el torneo, ayudarían a cubrir la pésima administración y las millonarias deudas que dejó la gestión del destituido mandamás azulgrana, Josep María Bartomeu.

La Superliga reavivó la eterna discusión entre deporte elitesco y masivo. ¿Es aceptable que solo los jugadores mejor dotados técnicamente que figuran en las plantillas de los clubes poderosos se enfrenten entre sí y marginen de sus canchas al resto de los equipos repletos de futbolistas más terrenales? Para empresarios como Florentino Pérez ese modelo excluyente, pretencioso y antideportivo es la “salvación del fútbol”.

Los ingresos millonarios que supuestamente produciría la Superliga desembocarían en más recursos para los clubes de abajo. Es la misma teoría de libre mercado y el capitalismo salvaje que se viene aplicando desde hace un siglo, y solo ha multiplicado exponencialmente la pobreza en el planeta, en beneficio de los poquitos Florentinos que gobiernan el mundo.

La lección que deja esta batalla dialéctica es clara. Aunque los Florentinos manejen el dinero, el fútbol sigue perteneciendo a la gente común y corriente. El fútbol es igualitario. Los aficionados no quieren un torneo de poderosos. En una Superliga el club chico nunca podrá retar y vencer a un gigante, como hizo el humilde Shajtar Donetsk ucraniano con el Real Madrid. Las protestas de los aficionados ingleses tendrán consecuencias. Recordemos que en los años ochenta, el liberalismo económico de Margaret Thatcher derivó en la privatización del fútbol inglés. Los obreros fueron echados de su trabajo y de los estadios, cuando éstos fueron modernizados y las entradas pasaron a costar una fortuna. También los clubes dejaron de pertenecer a los socios. Fueron comprados por jeques, magnates petroleros rusos y fondos de inversión. A raíz de las protestas, el Gobierno inglés impulsará una nueva legislación para que el 51% de las acciones de los clubes pasen otra vez a manos de los verdaderos dueños del espectáculo.

¡Aficionados del mundo, uníos!

ÉPALE 411