Agustín Barúa Caffarena: Un paraguayo experto en mamadera de gallo

El psiquiatra y antropólogo quedó prendado de nuestra forma de encarar el destino a través del humor

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Fotografía Maxwell Briceño@maxwell

Además de una expresión de la picaresca popular, de un estilo de humor cáustico e instantáneo con efectos muchas veces desconcertantes, “mamar gallo” también es un mecanismo de resistencia de una franja de la población que se escuda en la ocurrencia aguda (el chalequeo) para lidiar con los imponderables de la cotidianidad.

En Venezuela es una forma extendida de humor público y callejero, que va más allá de lo espontáneo y se ubica rápidamente en la socialización a través de los códigos comunes del chiste, que además de servir para burlarse del otro y de uno mismo, introduce la crítica social, el señalamiento, el sentido tragicómico de la existencia y otros valores que expresan el modo caribe de entender la vida, casi siempre bajo el tamiz de lo fugaz, aleatorio y mágico.

Agustín Barúa Caffarena (1971) es psiquiatra, antropólogo, docente e investigador de la Universidad de Pilar, Paraguay, que vino al país a finales del año pasado para desarrollar diversas actividades académicas, de investigación y acercamiento a las comunidades populares seducido por las potencialidades de la “mamadera de gallo”.

Lo invitó la Universidad de las Ciencias de la Salud Hugo Chávez Frías a facilitar conversatorios y talleres en el contexto de la salud mental comunitaria y desde entonces ha hablado con gente de San Martín, San Agustín, La Pastora, Las Adjuntas, Unearte, Barquisimeto, Margarita, etcétera, no solo de la jodedera y sus posibilidades, sino de todo lo que apueste por el quiebre del discurso hegemónico en torno a la salud mental colectiva.

Tan seria, novedosa y amplia es su oferta intelectual, que propone tres referencias para entender la práctica del “mamar gallo” venezolano: la antropológica, a través de las ironías, provocaciones, ternuras, humor, amenazas, complicidades, guiños; la salud mental, partiendo de una perspectiva de ella desde la triada libertad, comunidad, cuidados, etcétera; y la geopolítica a través de lo que Hernán Vargas situaba en tres voluntades para que el pueblo venezolano resista la barbarie del ataque imperialista estadounidense, que son: la voluntad de vivir, de paz y de reír.

Es autor de los libros Clinitaria: andando, de a chiquito, con la gente; Acompañamientos clínicos en salud mental desde sensibilidades comunitarias (2011); y Ejedesencuadrá: Del encierro hacia el vy’a; Transgresiones para una salud mental sin manicomios (2020) e integrante de la Asociación Latinoamericana de Medicina Social (ALAMES)-Paraguay, de la Sección de Psiquiatría crítica (Sociedad Paraguaya de Psiquiatría), de la Red Latinoamericana y Caribeña de Derechos Humanos y Salud Mental, del Grupo Latinoamericano de Salud Mental Colectiva y Buen Vivir y del Movimiento de Psiquiatría Social y Comunitaria.

—¿Qué hace un paraguayo hablándonos de la mamadera de gallo?

—Yo no creo que sea tanto hablándoles que curioseando. Es una marca muy fuerte cuando uno llega a Venezuela, eso del chalequeo. A mí las prácticas humorísticas me producen muchas preguntas pues tienen la función de, por un lado liberar tensiones, y por el otro obturar las diferencias y el conflicto.

—¿Qué aporta la felicidad a los pueblos?

—Felicidad no es una palabra que use frecuentemente, no me siento tan cómodo. Te podría hablar de la alegría. Y nosotros hablamos, un poco siguiendo al teórico Baruch Spinoza, de que las pasiones alegres son las que te permiten aumentar tu capacidad de hacer, así como la tristeza te la reduce. Este teórico decía que el poder es una institución hecha para entristecernos y así controlarnos. Creo que en los pueblos lo alegre tiene que ver un poco con los encuentros, los juegos, las solidaridades, las ternuras y con la resolución de la vida concreta.

—¿Es sano reírse de todo? ¿No es un signo de banalidad?

—Depende. Recuerdo una frase del autor del Señor de los anillos, J. R. R. Tolkien, que decía que ante realidades aplastantes, es legítimo evadirse. A uno le puede resultar banal lo que para otros es imprescindible. A veces la muerte es lo que nos causa más risa, como en los velorios. Uno desde una pretensión de superioridad juzga como banal lo que para otros es inevitable.

—¿La mamadera de gallo es un tabla de salvación?

—Es muy importante la complejidad que pareciera se mueve en la mamadera de gallo: frontalidad, provocación, seducción, punición, complejización, simplificación, insinuación, es decir, son muchas las expresiones que parecen moverse ahí, generando un sostén complejo.

—Frente a la pandemia, bloqueo, crisis económica, si no mamáramos gallo ¿cómo sobreviviríamos?

—Un compañero del Movimiento de Pobladores me decía algo que me parece muy significativo, y es que lo que ha salvado a este pueblo, son tres voluntades: de paz, de vivir y de reír y creo que la mamadera de gallo reúne las tres. La voluntad de paz a veces pone una mediación tranquilizadora en momentos de tensión; la de vivir abre un horizonte de posibilidades más allá de las catástrofes y los fatalismos; y la de reír, como lo hemos visto.

—¿Por qué es erótica la mamadera de gallo?

—Tiene que ver con una noción que construimos en Asunción, pensada en la participación comunitaria en las periferias urbanas y llamamos erótica social a la puesta en valor de las prácticas de la alegría de sectores populares urbanos marginalizados. Lo trabajamos en cuatro ámbitos: arte, fiesta, humor y juego, entrando la mamadera de gallo en el humor. Cuando decimos erótica usamos esta noción griega clásica del eros como una deidad que no tiene que ver con lo sexual sino con lo vital. No es lo mismo una vida desvitalizada que una vida vitalizada.

—¿Al capitalismo le conviene la mamadera de gallo? ¿Y al socialismo?

—Alguien decía que al poder no le interesa el humor porque iguala. Eso, en realidad, a cualquier sistema de gobierno, por ser gobierno, lo va a interpelar, porque de alguna manera no respeta jerarquías, ni protocolos, ni amenazas. Hay un historiador inglés, James Scott, que trabajaba algo que llamaba los discursos ocultos y era cómo los pueblos enfrentaban situaciones de terror, siempre enfrentamientos diagonales, no frontales, con el rumor, el sabotaje, los carnavales, y en el medio está el chiste como una forma de interpelar.

—¿Es mejor reírse que tomarse las cosas en serio?

—Yo problematizaría: creo que pararse narcisísticamente en una pretendida superioridad es un problema grande en términos de salud mental. La posibilidad de que uno pueda reírse y desacralizarse me parece que es importante, porque a veces esa seriedad circunspecta, acartonada, puede significar una imposibilidad de pensar.

ÉPALE 444

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