Amores contrariados

Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Ilustración Sol Roccocuchi@ocseneba

La vida no es más que la suma de los amores contrariados. No lo digo yo, lo dijo García Márquez que hizo una carrera literaria gloriosa a punta de narrar amores imposibles, fingidos y verdaderos.

Ciertamente: ¿qué sería del arte, la mitología, la guerra y las buenas biografías, si no fuera por esas terribles contradicciones del destino que frustran los afectos? Por ejemplo, no hay mejor muestra de constancia y sacrificio, por ende de vida, que la historia de amor de Fermina Daza y Florentino Ariza, los protagonistas de ‘El amor en los tiempos del cólera’, quienes deben esperar más de sesenta años para finalmente entrelazar sus rutinas en un romance a orillas del Caribe, como no debe haber mejores. Los testimonios han de ser infinitos, pero uno, especialmente enternecedor, es el drama pasional entre Manuelita Sáenz y Simón Bolívar.

A Bolívar lo conocí sin mucha pasión gracias a los manuales de historia, como se conoce a todos esos personajes mitológicos que no pasan de ser referencias lejanas y prepotentes. Ese Bolívar nunca dejó de ser para mí un sujeto extravagante y pendenciero, de verbo grandilocuente y arrojos de martirio, quien nos libró de algo que llaman “el yugo español”. Manuela, a todas estas, era retratada en aquellos relatos como la costilla frugal del ídolo, tan sólo un apéndice que como buena dama debía quedar relegada a los “anexos” de los libros.A ambos comencé a respetarlos cuando supe que detrás del mito, se escondían dos amantes que quisieron y odiaron con absoluta humanidad, y de paso sufrieron los embates de las contrariedades en asuntos del corazón.

A Bolívar, la gran figura de una guerra devastadora, lo supe hombre cuando descubrí que dudó, como usted y yo. Rompió promesas, puteó, fue despreciado como amante y despachó con holgura sus instintos primarios en medio de los afanes a los que dedicó su vida.

Con 37 años él y 16 ella, insistió como un teenager excitado ante la bella Bernardina Ibáñez, quien lo rechazó con vehemencia al punto de que en una de sus cartas El Libertador la increpa: “Escríbeme mucho; ya estoy cansado de hacerlo yo y tú, ingrata, no me escribes!! Hazlo, o renuncio a este delicioso alivio. Adiós, tu ENAMORADO”. Esto, y mucho más, después de la muerte de su única esposa, María Teresa del Toro, por quien había jurado debut y despedida. A Manuela la vi por fin mujer cuando la supe intuitiva, arrebatada, infiel y llena de contradicciones. A su marido, el comerciante inglés James Thorne, llegó a escribirle:

“Pero, mi amigo, no es grano de anís que te haya dejado por el General Bolívar, dejar a un marido sin sus méritos no sería nada. ¿Crees por un momento que, después de ser amada por este General durante años, de tener la seguridad de que poseo su corazón, voy a preferir ser la esposa del Padre, del Hijo o del Espíritu Santo o de los tres juntos?…”. Despiadadamente humana.

Ellos, como los protagonistas de una novela romántica del siglo XIX, vivieron los encuentros y desencuentros de un amor imposible, y en medio de la guerra fabricaron una epopeya sentimental plagada de coitos asustadizos frente a continuas amenazas de muerte, y de besos robados detrás de las puertas durante el descanso de alguna reunión de asuntos de Estado.

Pero fue un amor, como nos cuenta Roberto Lovera de Sola en su libro ‘La larga casa del afecto’, que no maduró, y todavía hay quien se pregunta, con razón, por qué Manuelita no acompañó a Bolívar en su periplo final a Santa Marta. Cuando salió de Bogotá, el 8 de mayo de 1830, siete meses antes de morir, El Libertador le escribió a su amada:

“Amor mío: mucho te amo, pero más te amaré si tienes ahora más que nunca mucho juicio. Cuidado con lo que haces, pues si no, nos pierdes a ambos perdiéndote tu. Soy siempre tu más fiel amante. Bolívar”.

Un héroe que haya escrito esas líneas, tiernas y suplicantes, poco después de haber sido traicionado por la causa a la que entregó su vida, no puede ser más que un hombre, tan hombre como Manuelita mujer, más grandes que las estatuas de mármol llenas de mierda de paloma.

ÉPALE 411