¿Ardientes o pacatos?

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Como socavando una relación dialéctica que zigzaguea entre el bien y el mal, los caraqueños y caraqueñas nos desenvolvemos oscilando entre la desfachatez y el recato, a pesar de un viejo mito que nos considera preferiblemente atrevidos, osados, caribes.

El primer asombro nos lo expresan los visitantes extranjeros: recientemente un psicólogo y antropólogo paraguayo en labores de investigación en la ciudad, resaltaba la vergüenza y autocensura que notó entre la mayoría frente a temas que parecen proscritos como un pecado venial.

Las escenas de “pudor y liviandad” en las que situaba Carlos Monsiváis a la sociedad mexicana, son visibles, aún, en la tierra del Libertador con pocos exégetas de la impudicia por un asunto de aparente castidad.

Hay temas vedados para las mayorías: el sexo, las drogas, la crítica social, son asuntos que se ventilan preferiblemente en la intimidad, a resguardo del qué dirán.

La historia pre republicana da cuenta de una percepción del caraqueño como gente ejemplar, según revela ese profuso estudio llevado adelante por la psicóloga Maritza Montero que lleva por título Ideología, alienación e identidad nacional. En esa indagación, según los documentos registrados hasta 1810, se le atribuían al caraqueño rasgos positivos como su capacidad de emprendimiento, elocuencia, hospitalidad, humanidad. En contraste, luego de la guerra de independencia, se nos comenzó a observar como incompetentes, autoritarios, pesimistas, violentos.

No puede entenderse nuestra idiosincrasia sin observar el inmenso peso del recogimiento espiritual al que nos obligó la humilde y aislada Caracas conventual ideada desde la jerarquía eclesiástica y sostenida hasta bien entrado el siglo XX, aún viva con sus muros ruinosos.

Escribe el cronista Arístides Rojas que “el espíritu venezolano no podía desarrollarse sin el aliciente de las procesiones” haciendo alusión al hecho de que la fiesta más importante de la capital y el país todo era la Semana Santa.

Más allá de algunos escándalos faranduleros y extravagantes eventos de la política criolla donde no solo se comprometió la dignidad del país, sino también sus ahorros, todo indica que entre nuestras más fortificadas costumbres está la cautela que nos impide abrir debate: ¿Cuándo se hablará, por ejemplo, de la legalización del consumo recreativo del cannabis, el matrimonio igualitario y el aborto más allá de los tinglados de los grupos de interés que no han logrado traspasar las fronteras de los decisores?

ÉPALE 453