Barinas con música en Carabobo

Por Equipo de investigación  • Red de Historia, Memoria y Patrimonio / Ilustración Erasmo Sánchez

Los episodios épicos de la campaña de Carabobo ocurrieron a lo largo de un año, cuando el ejército Libertador comenzó a reagruparse en Oriente, Occidente y el Sur llanero. Bolívar se había replegado a los llanos de Apure y Barinas en enero de 1820, esperaba el momento oportuno, mientras se recuperaban los soldados, acopiaban las reses, y la caballería de Páez recobraba fuerzas con buenos pastos y agua de los aluviones de esas llanuras.

Cuando se acercaba la fecha acordada para el reagrupamiento de todas las fuerzas patriotas, los oficiales ordenaron a algunos de sus soldados despedirse de sus familias, de sus esposas o de sus compañeras si fuera el caso, porque muchas de ellas se fueron como troperas, enfermeras, cocineras o incluso como músicas para distraer a las tropas en momentos de reposo.

Estas escenas podían repetirse cada vez que se sumaban otros hombres y mujeres en cada pueblo donde llegaban las tropas patriotas, recibidas y despedidas con la alegría musical llanera como fue descrito en el libro Las Sabanas de Barinas:

Mientras doña Rosaura, acompañada de algunas de sus amigas, estaba cantando esta despedida, muchos de los jóvenes llaneros “abstraídos” aparte requebraban a las damas de sus pensamientos, a quienes no cortejaban en vano pues aunque sus corazones hubiesen sido de piedra no podrían ver marchar para los combates a un amante verdadero que acaso les daba el último adiós, sin compartir también sus penas.

Los instrumentos musicales hicieron que las jornadas fueran llevaderas, viajaban en la grupa de los llaneros o llaneras que ejecutaban las guitarrillas (cuatro) o las vihuelas (bandolas), en uno que otro pueblo el arpa aparecía de sus escondites para la jarana y que por su tamaño no podía ser transportada en los trajines de guerra. Casi siempre eran las mujeres las que animaban las veladas en el tránsito antes de las batallas y en Carabobo no fue la acepción.

Ya no eran en salones de fiesta, como pudo ocurrir en las casas de Barinas, Araure o San Carlos, sino a campo traviesa donde los agarrara la noche, en un sitio limpio y despejado unas lámparas que consistían en conchas de caracol rosado que se encuentran en las sabanas, y las cuales, atadas en torno de aros de bejucos, hacían también las veces de arañas, colgando de las ramas que se dilataban a través del salón improvisado donde el zapateo podía prologarse hasta la madrugada o cuando sonara la diana para reiniciar la marcha. El cancionero de estas veladas patriotas distaba de las rígidas canciones de salones mantuanos o españoles, en cambio se escuchaban los fandangos, padre del joropo actual, el Bambuco, La Solita y La Chapetona, que permitía el intercambio de parejas para así prolongar los bailes y la diversión.

El consentimiento de los jefes o “mayordomo” como le señalaban a Páez, era la aprobación para que un momento de disfrute musical o danzarío la tropa recuperara la confianza al saber que luego de aquel instante feliz, se iniciaban los combates. Para abrir la fiesta Páez brindaba entre los suyos: “Por Bolívar y Venezuela libre” igual que lo hacía Pedro Zaraza levantando la totuma con aguardiente a la salud de “¡Mi General Páez con su guardia de Honor!”

Para seguir leyendo: Las sabanas de Barinas por un oficial inglés. Ministerio de Comunicación e Información. Caracas-Venezuela 2006.

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