Caracas de memoria

Unos gremios informales pero vigorosos, memoriosos y memoriosos están construyendo la historia viva de la ciudad. Son cronistas informales, artífices de la historia chica que están narrando la epopeya diaria

                                          Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano                                            Fotografías Alexis Deniz • @denizfotografia

Memoriosos y memoriosas. Portadores de tradición y recuerdos. “Nostalgiosos” los llamaba Aquiles Nazoa. Quien ame a Caracas, quien la viva y padezca, tarde o temprano sucumbirá a esa tentación mundana de contarla a su antojo, como quien narra los episodios épicos de su autobiografía.

El Ruiseñor de Catuche experimentó el vaivén de emociones que implica amarla y odiarla, como todos: “He aquí que me senté a escribir un libro sobre Caracas y lo que me salió fue un kaleidoscopio. No por el estilo, sino por los temas, mi libro a lo largo de su lectura irá dejando en el alma del lector un reguero de cositas pequeñas y coloridas… desechos del tiempo cuyo destino es la diáspora y el olvido…” escribe en la introducción a Caracas Física y Espiritual.

Quien ame a Caracas, quien la viva y padezca, tarde o temprano sucumbirá a esa tentación mundana de contarla a su antojo

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Cronista por naturaleza como su hermano Aníbal, Aquiles Nazoa cubrió para la gloria de la ciudad el magisterio de retratarla desde sus relatos emocionados frente a los cambios materiales y subjetivos que sufre cada día, en la medida en que la depredación urbana, la velocidad, el urbanismo, el ecosistema cambiante de su habla, pretende borrar el pasado inmediato y remoto en una doble operación suicida.

Pero he aquí que un ejército de partisanos, en su mayoría combatientes de la tercera edad armados con la palabra, anda recabando episodios domésticos y causas legendarias, desde lo que pasa en casa hasta lo que conmovió a su calle, como una manera de ir hilando los grandes relatos que luego se convertirán en la historia oficial.

Ellos viven la historia

Así llegan a nosotros relatos como los que bellamente va hilvanando el cronista de oficio Jesús María Sánchez, de 84 primaveras, que además del verbo, tiene como herramienta una memoria deslumbrante que le permite recordar con nitidez episodios ínfimos del pasado. Como cuando los compradores estaban atentos al paso de los vendedores de granjería criolla por los pasadizos del centro, pero sobre todo de sus pregones. “De gran popularidad gozaban pregones de dulces, chicha, frutas, panes, periódicos, mangos, maníes, leña, carbón, malojo, miel, al lado de los zapateros, amoladores, botelleros, latoneros, vendedores de tostadas y café. De todos estos pregones los más esperados, sin lugar a dudas, eran los de las sabrosas granjerías, muy buscadas por grandes y chicos. Los dulces elaborados en casas de familias diestras en los oficios de los fogones, todos atizados con leña, los llevaban los expendedores en añejos azafates, cestas, canastos, bateas, platones y platos”.

De gran popularidad gozaban los pregones de dulces, chicha, frutas, panes, periódicos, mangos, maníes, leña, carbón, malojo, miel…”.

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Y agrega, aunque uno crea que esas cosas jamás pasaron en la capital de la república, que hubo momentos en que los ambulantes distribuían la leche de casa en casa, para lo que acercaban sus vacas a las puertas de sus clientes y, después de oír la cantidad de leche que querían, descargaban las ubres de los nobles animales en presencia de los compradores. “Con el correr de los años los lecheros comenzaron a transportar el vital alimento en grandes cántaras, las cuales llevaban en mulas y caballos”.

En la mayoría de los casos esos cronistas espontáneos, sin título ni nombramiento oficial, ejercen su labor de nostálgicos lenguaraces con más sabiduría y encanto que cualquier especialista. De esa manera, van instruyendo a quienes les rodean con información doméstica de la vida cotidiana. Historia chica la llaman; esa que Miguel de Unamuno catalogaba de intrahistoria.

El patrimonio arquitectónico es solo un capítulo de un amplio anecdotario

Un anecdotario íntimo y sentimental

Si no es así, quién nos ilustra sobre la trascendencia de una ceiba centenaria, un jabillo fundacional y un samán ilustrado. Esa es labor del profesor Aníbal Isturdes, literalmente un roble viandante que sube y baja la parroquia San José husmeando entre el boscaje que sobrevive a las ásperas avenidas, y nos obliga a acariciar al Samán de Bello al lado del Foro Libertador, un espécimen que proviene de la Colonia (datado de 1753) que fue abrazado a su vez por Simón Bolívar, Andrés Bello y Simón Rodríguez, donde fluye la savia de la patria y es estación obligatoria en su peregrinar enumerando y venerando el patrimonio  arbóreo de una Caracas que poco a poco pierde su verdor. Isturdes cree que lo que pasa con los árboles de Caracas obedece a un desprecio urbano por la riqueza inmaterial.

Aníbal Isturdes es un cronista que lucha por preservar la memoria vegetal

Vive dedicado con amor infinito a defender el testimonio vivo de los árboles históricos o anecdóticos de la capital, y su tarea aunque poco conocida y menos aún remunerada, resulta insustituible en la salvaguarda de una riqueza material que el cemento y la cabilla insisten en despojarnos.

De igual manera, ¿de qué otra manera se entera uno de la vez que llegaron Fidel Castro, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos al 23 de Enero? Contaba Gregoria Mujica, una abuela de más de 80 años, que los barbudos atravesaron los bloques 52, 53, 54, 55 y 56 hasta una loma desdibujada por los escombros de algunos edificios aún sin terminar. La multitud entusiasmada por la presencia de los revolucionarios que comenzaban a perfilarse como mitos vivientes, le pidieron al comandante cubano que bautizara el sitio. Desde los pasillos del bloque 55 se volteó Fidel a mirar el cerro (brazo occidental del Waraira Repano) y afirmó que eso se parecía mucho a su Sierra Maestra, donde perpetraron las más duras luchas por liberar a la isla del tirano Batista. Preguntó a la gradería si estaba de acuerdo en dejarle ese nombre, y todos aprobaron. Así se quedó y ella fue testigo.

Los árboles emblemáticos de Caracas no tienen espacio en la historiografía

O por ejemplo, ¿por qué sólo hablar de héroes, conquistas, grandes relatos? Francisco Aguana, un defensor a ultranza de la memoria de Catia se cuestiona: “yo no sé por qué carajo nadie se pone a hablar del humor de la ciudad”, y argumenta: “Eso hay que rescatarlo. Que en medio de todas estas circunstancias la gente no deja de inventar vainas”.

Cómo saber, pues eso no lo cuentan los libros de historia ni hay acuerdo en Google, que Caricuao está constituido por 272 edificios, incluyendo los de la Misión Vivienda; 22.700 apartamentos, 143.048 habitantes, 29 barrios con sus 62 sectores, 4 polideportivos, 62 canchas, 4 grandes parques, 67,4 kilómetros cuadrados de espacio natural. Eso solo se sabe gracias al trabajo enjundioso de don Freddy Hurtado, uno de sus cronistas.

La expresión de los sentimientos es tarea pendiente para la historia

Realengos y agremiados

La nostalgia y el recuerdo son carburantes para la memoria

Dice Antonio Trujillo, poeta, maestro de cronistas y cronista de San Antonio de los Altos, que todos estos contadores de historia local tienen un celo enorme por su oficio y su localidad. “La ciudad tiene unos cronistas nuevos extraordinarios. Gente que viene de Catia, el 23 de Enero, La Pastora… Además hemos descubierto a otro tipo de cronista que no le gusta que le llamen cronista, pero que es un memorioso”.

Trujillo, quien lleva años formando a cronistas comunales con apoyo de la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello y del Centro Nacional de Historia, considera que ya no es el tiempo de los historiadores que retratan la ciudad desde una visión conservadora y sesgada. Han de ser, más bien, los memoriosos del barrio, de la urbanización, de la cuadra o del bloque que han crecido junto al testimonio de primera mano o incluso han sido protagonistas de la historia chica. “Aníbal y Aquiles Nazoa fueron cronistas de la ciudad, que están en el imaginario de la ciudad y nunca fueron cronistas municipales. Eso demuestra que un cronista no tiene por qué ser nombrado por el municipio”.

El ejercicio de contar a la ciudad a través de su anecdotario, es una especialidad que ha sabido agremiarse. Lo señala Agapito Hernández, historiador de la parroquia San Agustín sumergido en la laboriosa misión de reunir a los cronistas (o historiadores) parroquiales de Caracas para establecer un bloque de acción en defensa de la memoria colectiva. Aunque su planteamiento ideológico es irrumpir ante las estructuras coloniales, no se oponen al formato de la historia y de hecho luego de haberse constituido un consejo de cronistas parroquiales, derivaron en un bloque de historiadores. “Ya nosotros no podemos hablar de la ciudad que iba de El Calvario hasta la avenida Fuerzas Armadas. Eso desapareció hace años. A partir de los treinta Caracas comenzó a extenderse” afirma.

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