Coronacoitus

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Yulia Pino@arte_moon88

En la esquina de Curamichate, a pocos metros del terminal de pasajeros del Nuevo Circo de Caracas, la oferta a boca de calle se propaga con la velocidad de los instintos. Se trata del comercio prostibulario pobre que vende por 10$ el rato en peligrosas pensiones sin las mínimas condiciones sanitarias, exponiendo la salud propia y clientelar por la necesidad del sustento diario.

“¿Y no le temes al coronavirus?” le pregunté a una muchacha que ofrecía sus servicios desde la vitrina impaciente de sus ojos acaramelados. “Yo no me acuesto con nadie que parezca enfermo” fue su dramática respuesta.

Cronistas y poetas están llamados a hacer el esfuerzo sobrehumano de moverse entre las sábanas para recoger testimonios de la sedición del deseo, en este instante atípico de la historia de los afectos.

Deben preguntarse, junto a los jerarcas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cómo están haciendo los amantes que dejaron pendiente un polvo en uno de esos inexplicables mataderos del centro. En qué quedaron los chamos que se gustaron y habían pactado un encuentro lujurioso en un intersticio del parque El Calvario antes de que se divisaran a lo lejos los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Qué habrán decidido los funcionarios que estuvieron en el preludio de un revolcón encima de las fotocopiadoras inservibles del ministerio, justo en la mala hora en que se decretó la cuarentena por el coronavirus.

¿Y los padres de familia? Esos pobres seres desterrados de la libido con los carajitos en casa, intentando sortear la crueldad doméstica del hogar para irrumpir con el coito a la hora de la merienda, garantizando así la perpetuidad de la especie.

Atravesamos una etapa insólita que casi nos vuelve frígidas e impotentes: estamos todos muy preocupados como para dejarnos arrastrar por los instintos. Coger está muy mal visto como expresión de las apetencias mundanas, cuando lo que prevalece es garantizar la vida usando tapaboca, lavándose profusamente las manos con agua y jabón y agregándole cloro y alcohol a todo lo que se menee.

Todo este asunto del amor arrebatado en medio de las más duras restricciones de la historia, lo que hizo fue avivar las llamas del indelicado tránsito hacia las más vanas formas del erotismo, normalizando la búsqueda desesperada por vía analógica y digital, de esa persona ideal (o no) que permita romantizar los instintos.

Al final, desde una óptica más filosófica, enamorarse es la sobrevaloración ingenua de la alienación. Esa manera descarnada de tramitar los sentimientos acaba convertida en un salto seguro hacia la pérdida de los sentidos y la voluntad, depositando fe ciega en los aspectos gregarios de la civilización y creyendo en la posibilidad real de construir una épica romántica entre dos, o más.

Pero qué sabroso es caer en las trampas del amor: enamorarse y vivir amarrados a las contradicciones y la inamovilidad; enamorarse y perder el rumbo y el individualismo; enamorarse, caer, levantarse y volverse a enamorar. Enamorarse y perder.

Nos hemos enamorado mil veces y lo volveremos a hacer. Es una predisposición innata a coleccionar corazones rotos y quebradizos, a remendar historias desmembradas, a zurcir abstracciones de la razón hasta descubrirnos acaramelados, recorriendo universos paralelos donde todo es frívolo y pasional y la lógica pierde sentido.

Pordioseros del amor. Gente que se deja arrastrar por cosas exiguas como una pausa larga después del emoticón de un corazón hinchado; tras un mensaje borrado durante un chat con la que te gusta; en el ínterin de un intercambio de hipoclorito al ingresar a una quincalla.

Nunca antes el baño obligatorio con rociador nos había excitado tanto como ahora que la que vigila los anaqueles del automercado es una venus armada de guantes y atomizador, dedicada a acosarnos por entre los pasillos. Qué íbamos a imaginar jamás que un tapaboca tendría alguna vez el peso morboso de unas tangas, anunciándonos desde su lejanía de trapo interpuesto la levedad de unos labios que suponemos perfectos, tornadizos y ansiosos de nuestros besos.

Vaya resistencia: sin poder abrazarnos donde nos dé la gana; con temor a bañarnos bajo la lluvia no nos atrape una gripe que desemboque en neumonía severa bilateral; esquivando salir a bailar o a beber si sale flexible la semana; atentos al rosario de estadísticas de contagiados y fallecidos por día; sujetos a las mutaciones de la cepa; desinfectados hasta en nuestras más prometedoras cochinadas; implorando algo de solvencia de la telefonía móvil y fija para que la comunicación no termine por transformarse en un incesante coitus interruptus.

Ha sido un tránsito heroico y desprejuiciado, una especie de letargo carnal. Un recorrido que se abre camino a través de la geografía del alma y nos alienta a incursionar en el amor con voluntad de ascetas. Limpios y deseosos.

ÉPALE 433

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