Correr y filosofar: George Sheehan

Por Clodovaldo Hernández • @clodoher  / Ilustración Jade Macedo • @jadegeas

“El deporte es un teatro donde el pecador puede volverse santo y el hombre común transfigurarse en héroe, donde nos sentimos uno con el mundo y trascendemos todos los conflictos, mientras nos convertimos en nuestro propio potencial”.

A punta de escribir frases de este tenor, el cardiólogo George Sheehan adquirió la fama de ser el filósofo de los corredores estadounidenses y (por influencia imperial), de muchos practicantes de este deporte en otros países.

Sheehan escribió varios libros (Correr, la experiencia total y Por qué y cómo correr, entre otros), y muchos artículos en periódicos y revistas, incluyendo la legendaria Runners World, y así dejó su ristra de reflexiones y frases célebres, que han trascendido a su muerte, ocurrida en 1993.

“Cuando tengo un problema, salgo a correr con él… Sólo me ocupa la carretera que absorbe mi percepción. Soy un flujo constante, un movimiento puro, totalmente concentrado. Me siento cómodo, en calma, relajado, dominado por la acción de correr. Podría seguir corriendo así toda mi vida”.

Te puedo asegurar que buena parte del éxito de este tipo de escritos deriva de un hecho concreto: muchos, de quienes han asumido el sacerdocio del correr, han vivido estas experiencias casi místicas, que, curiosamente, se consideran reservadas a búsquedas más espirituales, que implican quietud y contemplación pasiva, como la meditación. Pregunta por ahí para que veas que tengo razón.

“Entonces descubrí el correr y comencé a trotar por la larga superficie de la carretera. El correr me hizo libre. Me quitó la preocupación por la opinión que mereciera de los demás. Me dispensó las normas y reglamentos que me eran impuestos desde el exterior. El correr me permitió volver a empezar desde la línea de partida. Me quitó de encima aquellas capas de actividad y pensamiento programadas. El correr me permitió ver mi día de 24 horas bajo una nueva luz, y mi estilo de vida desde un nuevo punto de vista, desde fuera en lugar desde dentro… Porque la persona que encontré, el yo que descubrí, fue la persona que era en mi juventud”, filosofó Sheehan.

ÉPALE 471