Desde las catacumbas del Metro

Nunca es demasiado cuando se habla de un servicio público tan prioritario para Caracas, como su sistema de transporte subterráneo. Una red que entreteje a la ciudad, muchas veces a retazos

                                             Por Marlon Zambrano@marlonzambrano                                       Fotografía Michael Mata@realmoto / Mairelys Gonzalez@mairelysg27

¿Quién recuerda que ese descampado, en el corazón de La Hoyada, se llama Plaza Francisco Narváez, y que el monolito que sirve de perchero a los buhoneros para exhibir su quincallería de baratijas pandémicas, es su obra ‘Armonía de volúmenes y espacios’?

El metro se a convertido un espacio de emprendimiento urbano

Lo que más sorprende no es ya el olor pestilente que otrora infestaba el lugar y sus alrededores a varios kilómetros a la redonda, al que ya casi nos acostumbrábamos. Lo inaudito es que sobreviviera, a la salida de la estación, la placa inaugural que dice “C.A. Metro de Caracas. Línea 1. Tramo Propatria-La Hoyada. Este tramo fue ejecutado y puesto en servicio durante el período de gobierno del presidente Dr. Luis Herrera Campins. 2 de enero de 1983”.

“Ingresamos al Metro de Caracas con temor de ser salpicados por un ramalazo de las llamas del infierno”

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Monseñor José Alí Lebrum, por entonces Arzobispo de Caracas, le echó la bendición inicial desde ese acceso, e inspirado por un arrebato celestial, soltó algo que evidentemente no supimos escuchar: “…te pedimos señor, nos concedas a cuantos lo van a conducir y a cuantos usaremos este magnífico medio de transporte, sensatez, prudencia, buen ánimo, cordialidad y amabilidad, y alegre generosidad para saber servirnos de este Metro que tu providencia otorga a la capital de la República, amén”.

Treinta y ocho años después, en medio de ofertas de todo a 1$ con sus respectivos combos de medias, ajos y confitería en semanas flexibles (y radicales también), los millennials y los antediluvianos, ingresamos al Metro de Caracas con temor de ser salpicados por un ramalazo de las llamas del infierno.

Desde la primera escalera mecánica, malograda o inservible, te moverás por los respiraderos de un mundo paralelo donde todo es posible, desde que te sientas al lado de un hombre doblado por la curda, hasta que desde el fondo aparezca Medusa con leguis ajustados bailando reguetón.

De afrancesado a surrealista

Algunas viudas del ayer, de las que gritan con nostalgia que todo tiempo pasado fue mejor, dicen que fue el más eficiente, pulcro y civilizado de todos los sistemas de transporte público subterráneo del planeta. Poseía una calidad afrancesada en sus instalaciones y ese “yo qué sé” que hacía que la gente se “refinara” desde el andén hasta su lugar de destino, diferenciándose del vulgar peatón que arrastra sus vicios caminando por la superficie.

Ese fatídico año 1983 (el mismo del Viernes Negro) impuso –de este a oeste y viceversa– su agilidad subterránea al bullicio fatigante del recordado “recogelocos”, ese inmenso autobús que recorría la ciudad desde Petare hasta La Pastora en viajes infinitos y sin mayores contratiempos mundanos que no fuera el colapso de las avenidas en horas pico.

“Con la construcción del Metro de Caracas –anunciaba el presidente Luis Herrera Campins en 1979– se ha abierto desde el punto de vista de las obras materiales de gran proyección social, una nueva etapa en la vida de la república”.

Hasta hace poco totalmente gratuito, y desde el 3 de mayo con una modalidad de pago que incluye una tarjeta de cobro automatizado por Bs 2.500.000 y Bs 50.000 de recarga por viaje, cada día casi tres millones de personas se acoplan de los pasamanos, pliegan sus cuerpos en gesto de resignación, se arrastran a través del gusano metálico y se dejan seducir por la oferta y la demanda, en un microcosmos que no entiende otro lenguaje que no sea el de la queja por el estado de las cosas, la disputa de los adultos mayores por los puestos preferenciales, la tranza comercial de chucherías a menos del 50% de su valor en la calle, y una “colaboración con lo que usted pueda, en el nombre del señor” para los cientos de menesterosos que logran quebrantar el hacinamiento.

“Vendedores, mendigos, músicos y artistas forman parte de una variopinta humanidad que utiliza los vagones para rebuscarse”

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Distintos estudios del comportamiento en el Metro revelan que la venta informal dentro de los vagones es la primera causa de molestia de los usuarios, incluso por encima de los temas operativos como el inefable retraso en la llegada de las unidades. En consecuencia, la Gerencia de Protección y Seguridad ha puesto en práctica en diversas oportunidades operativos como el famoso “Buhonería Cero” junto a funcionarios del Metro y la Policía Nacional Bolivariana, que poco o nada hacen por minimizar esta irregularidad.

Vendedores, mendigos, músicos y artistas forman parte de una variopinta humanidad que utiliza los vagones para rebuscarse. Con menor impacto durante la pandemia, aún es posible toparse con comerciantes de todo tipo, pero también con los que piden o evangelizan, los carteristas y los que han convertido los accesos a las estaciones en un laberinto de comerciantes informales y bachaqueros que contravienen las normas básicas de movilidad y rutas de escape en situaciones de emergencia.

El rebusque pandémico reverdece

Esfuerzo de gestión

Más allá del colapso endosado a la guerra económica, la ineficiencia administrativa y la actitud insensible de algunos usuarios y usuarias, el Metro no ha dejado de crecer, incluso con grandes zancadas durante la gestión revolucionaria.

Del tramo inicial de apenas 6,7 km de la línea 1, el subterráneo estiró sus tentáculos como una bestia marina hasta alcanzar los 70,5 km de vía férrea, 6 líneas, 51 estaciones, además de los servicios conexos como el Cabletrén, Metrocable, Metrobús y BusCaracas, capaces de movilizar cada día a un universo de más de dos millones y medio de personas.

El ex ministro de Transporte Terrestre y Obras Públicas, Haiman El Troudi, declaró durante su gestión antes del escándalo de Odebrecht, que en la cuarta república Caracas apenas contaba con tres líneas que, en conjunto, sumaban 45,6 kilómetros de vía férrea, construidas en los diecinueve años que van de 1979 a 1998.

La gestión bolivariana, por su lado, sumó la Línea 4, entre las estaciones Capuchinos y Zona Rental, la extensión de la Línea 3 desde El Valle hasta La Rinconada, parió al Metro Los Teques que se conecta con el de Caracas a través de la estación Las Adjuntas, y los Metrocable de San Agustín y Mariche.

Permanecen en veremos (semiparalizadas o completamente detenidas) las obras de la Línea 5, que servirían al noreste y sureste del Área Metropolitana, el tren de cercanías Caracas-Guarenas-Guatire, la Línea 2 del Metro Los Teques, los sistemas Cabletrén Bolivariano de Petare en su segunda fase, Metrocable Petare Sur, Metrocable Antímano, Metrocable La Dolorita y Metrocable Warairarepano que continúa en proyecto.

El Troudi, por entonces jactancioso frente a una gestión que acarreó suficientes laureles de la opinión pública, llegó a anunciar para 2019 la puesta en funcionamiento de 236,8 kilómetros de vía férrea, incluyendo avances en un sistema Metro hasta el Litoral Central, y la prolongación del tren Caracas-Guarenas-Guatire hasta la población de Caucagua, proyecciones que hoy parecen utópicas.

Los usuarios se quejan de la venta y los retrasos

“Humanismo de apretujón”

Lo que comenzó siendo una empresa orientada por la Oficina de Proyectos y Obras del Metro de Caracas, creada en 1976 y adscrita a la Dirección General de Vialidad del Ministerio de Obras Públicas, pasó a ser una Compañía Anónima medianamente exitosa, siempre tentada por el apetito de la privatización, hasta convertirse durante la revolución bolivariana en un ente totalmente financiado por el estado venezolano, cada vez más mermado en sus posibilidades económicas.

Frente a la anarquía y colapso del transporte superficial por el deterioro del parque automotor y la escasez de repuestos, el Metro sigue siendo, sin embargo, la gran solución para Caracas, aunque los usuarios temerosos deban cruzar su laberíntico caos enlatados al vacío, sudando frío y pendientes de sufrir un ataque de pánico durante una eventual y sorpresiva paralización del servicio, lo que obliga a forzar las puertas para concluir el trayecto a pie, atravesando los túneles en penumbras.

Ya lo decía el cronista mexicano Carlos Monsiváis: “En el Metro, los usuarios y las legiones que los usuarios contienen (cada persona engendrará un vagón) reciben la herencia de corrupción institucionalizada, devastación ecológica y supresión de los derechos básicos y, sin desviar la inercia del legado, lo vivifican a su manera. El humanismo del apretujón”.

Treinta y ocho años después, el Metro patalea

ÉPALE 415