Earle Herrera, el amor puro

Por Simón Herrera Venegas

-¿Y cómo estás Earle?

-Bueno, como el país.

Así respondía siempre mi papá cada vez que se encontraba con algún amigo o conocido en la calle. Una vez de niño le pregunté por qué respondía así y me explicó que así no tenía que decirle a nadie si estaba bien o mal. Sencillamente cada quien, según como percibiera al país, intuía cómo estaba él.

En efecto, algunas personas ponían cara de pánico y otros solo se reían pensando en lo tragicómico del asunto. Es un rasgo que todos recuerdan de papá: el humor. Sin embargo, mi papá era una persona que se tomaba muy en serio las cosas. Su trabajo, su casa, su forma de vestir, sus responsabilidades y un largo etcétera.

Y algo que aprendí de él a tomarme muy en serio es el respeto. Era profundamente respetuoso con los demás. Eso lo tenía en común con mi mamá, Asalia Venegas. Siempre ofrecían en primer lugar respeto al otro, incluso más si se trataba de un adversario político.

Así que, si te encontrabas con Earle por los caminos de la vida, muy seguramente te iba a brindar una sonrisa y mucho respeto. Por supuesto, todos sus amigos, compañeros de trabajo y alumnos podrán corroborar lo que digo. Pero esto es algo que yo digo como su hijo, no como alguien que él se tropezó por ahí.

Mi papá siempre fue muy caluroso y atento con nosotros, sus hijos. Como todo papá, tenía sus formas de demostrarnos su amor. Pero ese amor siempre estuvo presente, palpable y vivo, a pesar de cualquier adversidad. Y aunque podría hablar de las mil y un formas en que él nos demostró su amor, la que voy a compartir es la que tiene que ver con el orgullo.

Cuando alguien que recién conocía se enteraba que era el hijo de Earle o Asalia, venía la pregunta “¿tú eres el médico o el roquero?”. Ahora que lo pienso, me alegra mucho saber que mis papás antes que cualquier cosa me identificaban y reconocían como músico, a pesar de que estudié comunicación social, como ellos. Así que así iba él por la vida, compartiendo con los demás su amor por sus hijos y de unos años para acá, por sus nietos.

Mi faceta favorita

Para mí está demás hablar sobre el talento prodigioso de mi papá. Sé que durante años se hablará de todos sus aportes al país: en lo político, en lo periodístico, en la narrativa, la poesía, la investigación y la docencia. Y a pesar de que yo crecí viéndolo triunfar y ser estimado y admirado, no puedo negar que el día de su funeral me abrumó el cariño que recibí de todos quienes hicieron acto de presencia ahí y quienes no pudieron.

Lo mismo ocurrió cuando falleció mi mamá, en 2019. Mucho afecto, respeto y admiración que durante unas breves horas me tocó recibir a mí. No estaba preparado para eso, porque la verdad no tenía dimensión del alcance de su figura.

Tal vez una gran mayoría del país se relacionó con Earle Herrera a través de las letras, de sus intervenciones en la Asamblea o de una lección en la universidad. Pero para mí siempre fue primero mi papá. Esa siempre fue, es y será mi faceta favorita de Earle Herrera, porque además puedo decir que era solo mía.

Para mí, toda la poesía que escribió mi papá se resume en su dedo meñique, al que yo me aferraba cuando era niño y caminaba junto a él. Se resume en el “gordiño” o “hijito” con el que se dirigía a mí. Se resume en la preocupación constante por nuestro bienestar y nuestra felicidad. A veces uno como hijo puede sentir que el amor de los padres es invasivo, pero después con el tiempo uno entiende que todo ese amor no cabe en nuestro ínfimo cuerpo humano y, naturalmente, se desborda.

Earle Herrera era puro amor, era amor puro. Un amor que no cabía dentro de él y del cual nos impregnó. Como él mismo lo dejó en sus versos:

…No puedo renunciar al amor

no puedo

renunciar a mí

Hombre que ama

que nació para amar.

ÉPALE 443