El arte eterno, la vida breve y el caos caraqueño según Vetto Giacopini

Artista plástico, poeta, incitador, asumió por un mes los espacios de la Casa de las Primeras Letras Simón Rodríguez para revelar el grado de amor-odio que lo une a la ciudad

Por Marlon Zambrano • @Marlonzambrano / Fotografías Michale Mata • @Realmonto 

“En esta casa prendió el maestro la vela que enciende el fuego eterno de la libertad” dice, escrito con tipografía apiñada, una pared de la Casa de las Primeras Letras Simón Rodríguez, a un costado del bulevar que todos llaman Panteón. Del fondo brota la voz tersa de una mujer (uno se imagina a una negra hermosa, de cabellos encrespados en hongo afro) que ronda un soul que de pronto es chill out y luego rhythm and blues. Es viernes y a las dos de la tarde los comensales y los curiosos entran y salen con la premura hierática de todo el que ronda las calles del centro, marcando el rigor del tiempo con disciplina de capitalino apresurado. Unos ingresan por un postre, otros por un café, algunos por el almuerzo serio, otros solo por curiosear las vastas instalaciones que ofrecen muestras pictóricas, biblioteca, comedor, jardín, hallazgos arqueológicos, pasillitos para enamorados, un auditorio inmenso y un pequeño bocado de la ciudad nostálgica que se quedó en la frase hecha “la ciudad de los techos rojos”.

En el saloncito de la entrada de la casona solariega recuperada durante la presidencia de Hugo Chávez, una jaula intenta encerrar una vela (obra La luz de la conciencia). Parece una alucinación y a la vez un juego de encantamientos orquestados por el maestro del Libertador, regando pistas con cierta inocencia infantil de fantasma ataviado de sábana blanca y dos hendiduras para poder ver. Uno se pregunta, ¿la luz se puede enjaular? Sentado en el medio de aquella sala y tras un breve recorrido visual de 360 grados nos atraviesa Caracas entera, las contradicciones, el arrebato, la provocación, la narrativa irreverente de un artista que exhibe su universo creativo: Vetto Giacopini.

La Casa de las Primeras Letras Simón Rodríguez promete convertirse en epicentro cultural

Un hombre debajo de un cielo de telas tensadas toca en su guitarra algunas piezas del repertorio popular y a su lado, una niña se apura a interpretar Caballo viejo mientras la tarde comienza a acuchillar con sombras alargadas el patio de la casa. La niña se va, el hombre sigue tocando, llega Giacopini y se sienta a nuestro lado para hablarnos del orden en el desorden de Caracas, esa manera suya de interpretar la urbe como artista y como ciudadano de a pie que se interesa por su tiempo y su territorio.

Arte eterno, vida breve

Ars longa, vita brevis (el arte es eterno, la vida es breve) se llama la muestra que el artista plástico desplegó hasta la semana pasada sobre la sala de conferencias y exposiciones Aristóbulo Istúriz del histórico recinto que quiere erigirse como epicentro cultural, situado en uno de los trazados más eclécticos y transitados de toda la ciudad, a partir de exposiciones, conversatorios y encuentros siempre girando en torno al arte, como nos explica su actual director, Abdusalan Terán.

Dice el museólogo Rubén Rodríguez: “Es hábil Giacopini como comunicador, es arriesgado en su propuesta y la sostiene riguroso en el canon discursivo, esto constituye uno de sus éxitos estructurales, cumplido el atrevimiento exploratorio y experimental con que produce sus dibujos e instalaciones, habida cuenta de que Marcel Duchamp, Marshall McLuhan, Roland Barthes, Marta Traba y Claudio Perna, entre otros, son en ese campo referentes obligados para el artista plástico venezolano”.

Sus instalaciones son el retrato de una Caracas que lo transversaliza

Vetto abrió con su exposición una programación que se hará permanente en la Casa, por la complejidad de su lenguaje más allá de lo matérico, dirigido a la intervención del observador-cómplice. Entre otros aspectos, es también una forma de provocar lo establecido: “La idea es darle herramientas al público a través de los conservatorios y la interacción para la comprensión de los lenguajes contemporáneos, porque es algo que todos los artistas hemos notado: hay poca receptividad a estos otros lenguajes y casi siempre el que predomina es el hiperrealismo porque es reconocible. Pero eso no significa que lo demás no sea válido”.

Caracas el caos

Hablando sobre la exposición de Giacopini, organizada en torno a tres instalaciones que se diferencian y complementan, Rodríguez insiste en que “sus alegorías al fuego y a la luz, al incendio enclaustrado de las emociones, el leve fragor luminiscente que sorprende al espectador desde el anuncio de la penumbra y la oscuridad de sus piezas principales, las sutilezas que plantea un recorrido que resulta interesante para el viajante ocasional, y muy singular para quien asiste porque se reta controversial o solidario, son expresiones dominantes en una muestra que debe avanzar, de seguro, a nuevas experimentaciones en el campo del arte”.

Obra “La luz de la conciencia”, síntesis de un lenguaje aglutinante

Vetto Giacopini es, junto a su hermano Enrique Giacopini (Kike Gavilán), exegeta de una reciente generación de animales de ciudad imbuidos en una trama de bohemia, creación disciplinada y relectura de la Caracas del siglo XXI que nos permiten dialogar en torno a las nuevas narrativas de las que nos viene hablando el Centro de Estudios de Caracas, otro bastión de la inmersión y búsqueda para reconocerse en estos tiempos. Vetto por su lado es hijo de la Escuela Cristóbal Rojas y del último rastro de la Escuela de Artes Plásticas Armando Reverón antes de que pasara a las órdenes de Unearte y una lógica muy distinta a la que hizo germinar a varias criaturas de alta inspiración que han impactado al país casi en términos de vanguardia. Es pintor, escultor, poeta, todos esos y ninguno, quien junto a un grupo experimental autodenominado La red del absurdo, intenta aprehender y traducir lo que ofrece la ciudad en términos artísticos.

“Yo creo que Caracas ha influido absolutamente en mi lenguaje: por haber nacido aquí, en el centro. A nivel artístico te puedo decir que mi obra y mi lenguaje lo que buscan es resolver una síntesis entre lo pictórico y lo escultórico, cosa difícil porque cuanto más se acerca a uno de los dos extremos técnicos, deja de ser uno para ser el otro. Por eso encuentras en mi obra elementos de ensamblaje, quemaduras, pintura, siempre objetos símbolos que se convierten en algo protagónico. Si te hablo a nivel personal, Caracas me ha influido en que cuando veo una obra mía, me doy cuenta de que encuentras ese orden en el desorden al que tenemos que acostumbrarnos aquí y quizás en todas las grandes urbes. Tienes que organizarte dentro del caos porque, de otra manera, te absorbe. La estética quizás cruda, monocroma, también tenga mucho que ver con lo gris y desgastado de la ciudad, pues no es menos cierto que tenemos muchos espacios muy bellos pero también deteriorados”.

Son constantes sus alegorías a la luz y al fuego

Giacopini se asume incitador: pero ¿quién no lo es en la ciudad del chanceo, la mamadera de gallo, el chalequeo, la improvisación, lo inaudito? Él lo explica en términos artísticos y su inclinación es por evocar-incitar a que el observador de su obra se involucre. Cuenta que una niña se paró frente a su pieza La sal de las lágrimas (un gran ensamblaje que pretende emular el lagrimeo en un cálice) en pleno conversatorio, y le pidió a su abuela que la comprara. Impactada por el discurso áspero y sencillo que alude al paso del tiempo y la constancia del amor y el dolor en el tránsito vital, la pequeña estrechó la mano del artista con admiración, lo que generó emoción entre los asistentes.

“No estoy inventando ni el agua tibia ni estoy abriendo la brecha de algo que no existe. Simplemente intento expresarme a través de lo que sé, de lo que quiero y de lo que siento. No creo que mi lenguaje sea algo ajeno o incomprensible, porque todo artista que sea sincero y honesto consigo mismo parte de una emoción o idea”.

Más que observadores, Giacopini procura cómplices

Luis Marín y Antonieta Sosa fueron maestros esenciales en su formación. De esa influencia sobre él y muchos otros nace la iniciativa La red del absurdo que intenta abordar espacios, emprender proyectos y organizarse como los grupos que han nacido en la historia del arte por afinidades estéticas. “Nosotros nos estamos uniendo, tratando de resolver la problemática de las instituciones que no le están abriendo las puertas a los artistas, y si las abren es para cobrar un dineral que posiblemente no tengas. Entonces, si tú no vendes tu obra no puedes vivir de ella, ¿cómo puedes pagar una exposición que vale más de mil dólares?”.

ÉPALE CCS N°473