El celular

Por María Alejandra Martín • @maylaroja / Ilustración Erasmo Sánchez

Son pocas las décadas que han pasado desde la invención del teléfono celular y es impresionante el nivel de apego que siente uno por el aparato en cuestión y como éste se ha vuelto imprescindible en la vida moderna.

Ya en la comiquita de los setenta Los Supersónicos se nos avisaba que la humanidad venía proyectando la necesidad de poder contactar más allá de la llamada telefónica o la correspondencia. Cuando los veía, a inicios de los noventa, las video llamadas, y las notas de voz parecían inimaginables y lejanas, cuán equivocada estaba.

A inicios de los noventa comenzaron a aparecer los artefactos con una apariencia inicial de ladrillo de construcción y a pesar del ridículo diseño inicial, ya se veía en ejecutivos y personas de plata el Motorola gigante Tango, sustituto del beeper (que poco duró), en cintura y con forro de cuero, que te permitía llamar a tu casa y preguntar si se llevaba el pan.

Treinta años después del avance tecnológico el teléfono celular es una suerte de computadora personal en donde se lleva agenda, calculadora, notas, enlace directo al correo electrónico, la cuenta del banco y servicios, redes sociales y de mensajería móvil. La invención del Internet en fusión con el aparato celular, la oportunidad de saber lo que sea, de hablar con quien sea, en donde quieras.

Creo que todos alguna vez hemos sufrido el frío y el vuelco estomacal cuando se nos extravió por segundos el celular entre los bolsillos, el bolso enorme, en la casa y con la modalidad de silencio activada. Ayer por ejemplo, se me partió la pantalla del teléfono, y el malestar emocional y psicológico fue digno de un ataque de pánico.

Entre llanto, rabia, miedo y desconcierto, la vida laboral, académica, económica y personal se trastoca por el aparatico. Tras respirar profundo intentar recordar un número telefónico (cosa en desuso por la practicidad de tener la agenda en el difunto aparato de pantalla vuelta verga), el ejercicio de llorar la pérdida y pensar en ¿cómo solucionar?, para pronto volver a conectarme.

La hora de dormir se me hizo eterna, una lluvia de pensamientos y preocupaciones me tenían inquieta, me hicieron entrar en razón de lo mucho que significa para las personas de la actualidad el estar conectados, y ciertamente reflexionar como lo único que nos falta es que nos salga un cordón umbilical directo al dispositivo.

Migré a la computadora para resolver, me sentí por momentos liberada, porque ¿qué carajo iba a hacer? Por otro lado, la sensación de buscar el teléfono una y otra vez para luego recordar que está en reparación aún me persigue. Leí hace poco que el teléfono celular altera el sueño, recomiendan sacarlos de la habitación a la hora de dormir; el telefonito alteró hasta la manera en la que tenemos las manos, el dedo chiquito ahora tiene una curvatura diferente que se hace más notoria con el paso de las generaciones y sirve de soporte. Esto no lo digo yo, lo leí en una babosa publicación de Facebook, capaz ni es verdad: deje de verse el dedito. Ahora solo queda esperar que el abatido salga del hospital, para volver a estar conectada, trabajar en lo pendiente y ver memes.

Épale 486

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