El gran teatro del mundo

Por Rodolfo Porras / Ilustración Erasmo Sánchez

La vida es drama, donde importa no cuánto duró, sino cómo se representó.

Seneca

‘El gran teatro del mundo’ de Calderón de la Barca es una de las obras más representativas del Siglo de Oro español. Presentada como teatro dentro del teatro, nada más y nada menos que Dios hace el personaje de El autor y El director.

El abordaje del mundo como un escenario teatral se ha expresado desde la antigüedad y se ha seguido haciendo hasta el sol de hoy.

Para este siglo XXI, menos cambalache que el anterior porque ahora todo está aplanado, y la maldad es más insolente, en donde te invaden sin excusas, te empalan primero y te asaltan después, hacer un Gran teatro del mundo pasa porque Dios no alcanza ni para una estampita enmarcada con cuatro tiras de plástico doradas y colgada con un clavito en la pared.  Este personaje lo encarna el poder económico mundial, quien cuenta con operadores implacables como el FMI, el Banco Mundial, el presidente de los EEUU, los primeros ministros de Francia, Alemania e Inglaterra, (en donde es indistinto el nombre del actor o del personaje); instituciones como la UE, ONU, la OEA, la OTAN, siglas que sirven para el decorado.

El argumento sí que se mantiene más o menos igual, en tanto la repartición del mundo (cosa que se saltó Calderón), pero que ha funcionado con grandes actores como Atila, Genghis Khan, Alejandro Magno, Julio César, Constantino, los Medici, Isabel de Inglaterra, Luis XIV, Felipe II, Carlos V, Napoleón Bonaparte. Más adelante los imperios construidos a partir de las dos guerras mundiales, que no tiene nombre de rey o reina sino de trust económica, son un poco más abstractos en tanto demarcación territorial y por una ausencia de coronas. Después del año 1945, provocaron una división en dos, como cuando se pica una naranja, pero el líquido que brotó, en vez de ser amarillo, era de un rojo viscoso que les quedó ¡De muerte!  Cuando cayó el telón en forma de muro berlinés, al tratar de reescribir el mismo argumento del poder, pero con un solo polo, la industria de la guerra pegó el grito al infierno. El Diablo reaccionó diciendo que sin conflicto no hay acción dramática.

Así que en nombre de las armas de destrucción masiva y del maravilloso argumento de los derechos humanos, fueron invitados a escena otros países a los que adornaron con manitas blancas, revoluciones de colores y finalmente con sanciones. Ahora comenzó armarse un estupendo musical, que ríete de Broadway. Un grupo de países se reúne para llegar a acuerdos, contra las sanciones. ¡Ya llega! ¡La nueva guerra fría! Señores de Reader’s Digest, preparen sus plumas.

ÉPALE 409