El inquieto Salvador

Por María Eugenia Acero Colomine • @mariacolomine / Ilustración Erasmo Sánchez

Uno escribe porque necesita responder a un impulso de escribir, porque cree que está obligado a expresar determinada realidad, a indagar en la memoria…

Salvador Garmendia

Salvador Garmendia fue un prolífico narrador que dedicó su pluma al absurdo, al realismo, al fracaso y a las realidades más mínimas. De la miseria en el campo a la infinita confusión del caos y la vida en la ciudad. Garmendia no escatimó en recursos para describir de manera casi exagerada la alienación del progreso capitalista. Nacido en Lara el 11 de junio de 1928, este cronista, narrador, periodista y guionista apostó por realidades chocantes y un discurso irreverente para dibujar la realidad distópica que veía venir. Incluso, con la novela Los pies de barro (1973), fue censurado en el gobierno franquista de España por “ultraje al pudor público, lesionador de los principios morales de la sociedad venezolana”.

Fueron los hijos de Garmendia los que despertaron su vocación de escritor. La literatura le atrapó de lleno cuando comenzó a inventar cuentos para sus pequeños. Sus inicios literarios estuvieron ligados a los grupos Sardio y El Techo de la Ballena.

En sus inicios escribió para periódicos locales y el diario El Nacional, y entre sus principales obras literarias destacan las novelas: El parque (1946), Los pequeños seres (1959), Los habitantes (1961), Día de ceniza (1964), La mala vida (1968), Memorias de Altagracia (1974), El Capitán Kid (1988). Asimismo, publicó los cuentos: Doble fondo (1965), Difuntos, extraños y volátiles (1970), Los escondites (1972), El brujo hípico y otros relatos (1979), El único lugar posible (1981), La gata y la señora (1987) y Cuentos cómicos (1991). Garmendia fue diestro en novela, cuento y también literatura infantil. También fue un furibundo comunista.

Se despliegan en sus ficciones muñecas de cristal, fantasmas, muertas novatas, maniquíes, espejos, azoteas, pianolas que provocan festines caníbales, edificios líquidos, metamorfosis felinas, crímenes por aburrimiento en salas de espera; asimismo, el devenir de peatones, familiares, emigrantes y carteros que ambicionan otra vida, conserjes y carrozas fúnebres que toman vuelo o un hombre que lleva su cabeza en una bolsa. Todo vale para poner en discusión la percepción de lo real, dinamitar el orden. Garmendia detiene, espesa y perturba las circunstancias particulares de sus personajes mediante el absurdo, el humor, el erotismo, el desconcierto de los sentidos, el resquebrajamiento de las identidades; recurre a la cosificación, la crueldad, la abyección, el deterioro y la ruina, con economía de medios y sin derivas verbales, estrategias que jamás desdicen del hallazgo poético con su poder transfigurador y evocador.

ÉPALE 466