El ladrón de Caño Amarillo

Por Pedro Delgado / Ilustración Justo Blanco

Supongamos, amig@ lector@, que usted ha salido temprano de la estación Metro Caño Amarillo y va subiendo por la calle Los Jabillos (las coordenadas dicen que es la vía que está entre la avenida Sucre y la Villa Santa Inés). Como la mañana antoja empanada y café, usted se llega hasta el comedero que está cerca de la orilla de la quebrada, frente a la Universidad Nacional Experimental de las Artes, seducido por las mesas debajo de unos árboles.

En medio del deguste, llega a sus oídos el ruido del bullir de un líquido brotando de la tierra y al percatarse que viene desde muy cerca, si usted se aproxima al borde de la quebrada observará la abundancia de una potable burbuja manando desde un tubo matriz, vía Palacio Blanco, y que penetrado por una tubería cuatro pulgadas pasa a lo alto de la quebrada con un chorreón cayendo directo al afluente del Guaire. “Es un ladrón de agua”, se atreve a decir.

Aquí es donde a usted, amig@ lector@, le viene a la mente el racionamiento elevado a la máxima expresión con la escasez azotando por el sector donde vive, la compra de botellones en establecimientos de recarga, con el tobo en la mano detrás de la cisterna que mandan cuando se acuerdan. Si pregunta a los vecinos del tubo y le dicen que ese bote lleva años allí, es capaz que se caiga para el zanjón. Calculará usted el desperdicio en miles de millones de litros y se tomará el caso llamando al Hidrocapital 800 potable.

Escuchará al final de la consulta que anote el número del reporte, porque “su queja será pasada de inmediato al departamento de mantenimiento”. De paso se enterará de que la empresa le está metiendo mano a las fugas encontradas por toda la ciudad, con el final feliz de la historia diciéndole que muy pronto le meterán los ganchos al Ladrón de Caño Amarillo, y colorín colorao.

ÉPALE 460