El mismo amor, la misma lluvia

Por María Eugenia Acero Colomine • @andesenfrungen / Ilustración Erasmo Sánchez

La naturaleza siempre ha ejercido una fascinación mística sobre la humanidad. Que los elementos se manifiesten solos para crear o destruir vidas, ha hecho que miles de civilizaciones originarias en todo el mundo les atribuyeran cualidades espirituales extraordinarias a los eventos que se suscitaban en su entorno. Así, tenemos que por ejemplo en Finlandia, los samis consideraban que las auroras boreales eran la visita de sus ancestros para darles bendiciones en épocas invernales. Para los mapuches, la explosión del volcán Rucapillán o Villarrica en Chile constituía un arrebato de furia del espíritu que habitaba en sus abismos de fuego.

Leyendas urbanas

Una muestra fehaciente de nuestra relación de fe con los eventos meteorológicos la vivimos en octubre de 2012. El cierre de la campaña electoral más desafiante del presidente Chávez recibió la inesperada visita del cordonazo de San Francisco. Lejos de sabotear la fiesta masiva, motivó al Comandante para salir a bañarse de lluvia y de pueblo. La celebración selló para siempre los aguaceros como una bendición de Chávez desde el cielo.

¿Batalla o bendición?

Resulta que por estas fechas bicentenarias, una legión de artistas se ha lanzado a las calles para darle vida a las paredes con mensajes patrióticos, revolucionarios y de amor a Venezuela, cargados de símbolos y mensajes alusivos a los 200 años de nuestra independencia. Lamentablemente, para algunos miembros de la religión evangélica, el levantamiento de estos murales es un evidente ritual de santería donde se invoca al dios Ogún para afianzar la Revolución Bolivariana con la ayuda de los santos. Consultamos a la pastora Yajaira Ramírez, quien afirmó: “El poder de la oración de todos los hermanos fue tan fuerte, que derrotamos al enemigo. Un aguacero fortísimo les tumbó los planes de hacer fiesta de brujería el día de la Batalla de Carabobo. El Espíritu Santo está con nosotros”.

Entretanto, en diferentes barrios y pueblos, las calles se abarrotaron de devotos de San Juan Bautista. El repique de los tambores retumbaba por todos los rincones para afianzar la fe. Como siempre, San Juan agradeció la ofrenda con un potente palo de agua que llenó a todos de alegría. Para los santeros, la fe volvía a ganar la batalla con una lluvia de bendiciones.

Curiosamente, ese fenómeno natural constituyó al mismo tiempo una victoria para ambos cultos. Tiene razón la canción de La Misma Gente cuando afirma que “cuando llueve no es que llueve”.

ÉPALE 421

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