El pícaro

Por Rodolfo Porras / Ilustración Erasmo Sánchez

La picaresca es una expresión literaria que surgió en el Siglo de Oro español.

El pícaro es un mentiroso por excelencia. Simula y disimula como parte de su vivir. Es un “buscón”, alguien cuya vida se desenvuelve en una permanente cacería de oportunidades que le brinden un beneficio, de gente a quien embaucar. Se enfrenta a la vida sin dignidad, sin ética, sin consideraciones para con el prójimo.

Suele ser movido por el hambre, aunque la ambición de riquezas, de poder, también lo hace fraguar estratagemas.  Su destino cierto es el fracaso. Este fracaso puede manifestarse con el hecho de quedar tan pobre o peor que cuando se inicia el relato, o que le toque sumirse en una vida más rastrera, aunque en apariencia más acomodada, tal como la de un chulo esclavizado. También puede ser recibiendo una paliza… Este, de todos los fracasos, es el más tópico de los pícaros en el teatro, la novela y los poemas cómicos.

Como siempre, cuando se rastrea casi cualquier cosa en la cultura occidental, el asunto se estaciona en la antigua Grecia o en las cuevas de Altamira. Así que hay elementos en la comedia clásica griega, más estructurales que de contenido o de carácter de los personajes, que son antecedentes probables de la picaresca. También, después del Siglo de Oro, (XVI-XVII), vemos como este género sigue influyendo hasta nuestro presente. Es verdad que la obstinada presencia del pícaro en la literatura universal se debe a que en la cotidianidad se registra su tenaz existencia. Este tipo de personaje hace de las suyas en los cinco continentes, no solamente en la ficción teatral, cinematográfica, poética o narrativa, pulula al lado de cualquier ciudadano en el mundo. ¿Cómo no va a existir en el arte si los tenemos acechando nuestra vida de múltiples maneras?

En Venezuela se registra la presencia del pícaro teatral; Pedro Udrimales o Pedro Rimales en el siglo XVII -casualmente- después de que Cervantes lo montara en un barco para América en una de sus comedias. Sin embargo, sabemos de la presencia de pícaros en América desde el primer viaje de Colón.

Como le ocurre al pícaro de la ficción, los personajes de la picaresca cotidiana suelen salir con las tablas en la cabeza. Bien porque su recorrido en el planeta es un rosario de intentos que parecen devolverlo a la situación inicial de sus correrías, o bien porque reciben una paliza o empujones o rasgaduras de camisas o silletazos, o son objeto de una lástima que no se merecen. Los hay que terminan convertidos en multimillonarios gracias a sus fraudes, pero quedan con una lamentable estatura moral e histórica. Todo pícaro, aunque muy lejos de ser un personaje trágico, es el forjador de su propio destino. Siempre, bajo cualquier circunstancia, aunque muera rico,  será la inmundicia su verdadero legado.

ÉPALE 465