El ponche imposible

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Para derribar todos los mitos de una vez por todas: Eliodoro González P., creador del ponche crema, no era un sibarita acostumbrado a mojar su paladar con los excelsos caldos de los viñedos de Borgoña. Nació en Guarenas, a 30 minutos al este de Caracas, y si nos remitimos a la culinaria aldeana de tan distinguido terruño a las puertas de Barlovento, lo que más debe haber degustado desde su más tierna edad es el aguardiente de ponsigué.

No es que entre la calzada de canto rodado trazada por los españoles y el caminito de Guarenas no se tomara champagne, si total esas eran tierras de terratenientes acomodados sobre sus caserones coloniales erigidos con el sudor de la mano de obra esclava. Es que, lo que uno se imagina cuando piensa en las elucubraciones de los mixólogos que hicieron nacer al reconocido elixir decembrino, es a un grupo de químicos enclaustrados en un laboratorio monástico de la campiña francesa, en juego con tubos de ensayo y mecheros.

Tampoco es una posibilidad remota. Nadie ha logrado igualar con exactitud, hasta ahora, el misterioso encanto del ponche crema que uno conoció: sedoso, embriagante y gutural, consumimos con placer y a destajo durante las fiestas navideñas, con el aderezo de los mosaicos de La Billo’s y abundante hallaca durante todo el siglo XX, que fue justo su etapa de reinado absoluto.

Hoy, su consistencia de sopa aguada en medio de la escasez económica, a un costo prohibitivo para la mayoría de los bolsillos, no hace sino negar el resplandor de su vasta gloria, estimulando los más variopintos intentos de imitación sin resultados honrosos, con escasas excepciones.

La fórmula tradicional, cuentan los cronistas, se pasea por un menjunje de ingredientes criollos de origen elemental. Desde su génesis, en 1900, se ha conservado como uno de los más grandes secretos de la cocina universal, hasta el punto de que a sus fabricantes se les obliga a hacer un voto de silencio, con tal de ocultar los secretos de ese brebaje, que posiblemente tenga que ver con el rompón mestizo de las monjas clarisas capuchinas del siglo XIX o, más atrás, con el eggnog inglés, siempre con base en yemas de huevo, vainilla, canela, almendra molida, leche, azúcar, fécula de maíz y licor.

La desobediencia borracha ha ensayado de todo para repetir su embrujo, intentando reeditar la mezcla con tres mechones de hojas de naranjo, un pellizco de nuez moscada, media cachetada de caña clara, flan espolvoreado, claras de huevos batidas y el aliento lejano de una leche condensada, para desembocar –siempre– en leche de burra, que no es lo mismo ni se parece.

ÉPALE 416

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