El que se robó el periodismo cultural que lo devuelva, o aquí no ha pasado nada

Debate inacabado, el Museo de Bellas Artes de Caracas quiso abrir la herida de una discusión interminable que mueve fuerzas a favor y en contra, pero que no deja mudo a ningún creador

Por Marlon Zambrano• @marlonzambrano / Fotografias Archivo

En el año 2019, durante una entrevista para el diario Ciudad Caracas, Roberto Malaver le preguntó a la laureada periodista Lil Rodríguez: “Dice el poeta Luis Alberto Crespo, que el periodismo cultural está muerto. ¿Usted sabe de qué murió?”. A lo que la autora de Bailando en la casa del trompo respondió: “En mi concepto el periodismo cultural no ha muerto; tampoco está de parranda. ¿Cuándo y por qué hizo el poeta Luis Alberto Crespo esta aseveración? Es posible que él piense así porque cuando uno echa la vista hacia atrás y rememora los suplementos literarios de Últimas Noticias, o el Papel literario que él dirigía en El Nacional, o los libros de El Diario de Caracas, o las revistas dominicales de diarios de todo el país, uno se siente desprotegido cuando ve hoy un periódico de doce páginas reducido a sucesos, política, economía y clasificados, fundamentalmente. Pero eso no quiere decir que el periodismo cultural esté muerto. La experiencia de Épale es muy válida, así como la creciente experiencia de blogs, páginas Web y ediciones digitales donde también se expresan el periodismo y la cultura. Los conceptos cambian y ya el periodismo denominado cultural no está reducido a nombres. Ahora lo hacen las comunidades, las comarcas, los colectivos que ratifican o vuelven a escribir las historias de sus identidades”.

La exposición Huellas del Sur en el MBA fue la excusa para el conversatorio

Más recientemente, julio de 2022, en una entrevista con Ernesto Villegas en Venezolana de Televisión (VTV), el poeta Gustavo Pereira clamaba por el regreso del periodismo cultural con estas afirmaciones: “Los derechos culturales han sido vulnerados, ya no tenemos ni periodismo cultural. Los periódicos ya no tienen páginas de cultura y los que la tienen, colocan allí es información de entretenimiento”. Continuaba el autor del preámbulo de la Constitución Bolivariana: “Si un periodista se gradúa y escoge la cultura no va a conseguir trabajo. Los alcaldes dicen que van a hacer eventos culturales e invitan a Olga Tañón o a un salsero. Eso no tiene nada que ver, eso es recreación. La cultura es algo más profundo que eso. La cultura afecta los sentimientos porque afecta a la razón. Lo que yo llamo la razón sensible, que algunos llaman alma, es la razón en estado sensorial”.

Artistas, críticos, curadores y comunicadores le agregaron leña a la candela del debate

¿El premio de periodismo cultural?

Mucho antes, en 2017, como conclusión del 3e Congreso de Periodismo Cultural de Caracas, se planteó la creación del Premio Nacional de Periodismo Cultural Miyó Vestrini (en homenaje a la desaparecida poeta y periodista), propuesta que formuló el por entonces presidente de Fundarte Fredy Ñáñez a propósito de una cruzada que ofrecía encarnar para el “rescate del periodismo cultural”. En su intervención durante aquel encuentro aseveró que era necesario “reivindicar el periodismo cultural, dándole un rol protagónico al medio que lo desarrolla, y no como un complemento que se debate entre el entretenimiento, la farándula, el arte y la cultura”.

Al mismo tiempo entró en vigencia nacional la convocatoria al galardón bajo la premisa de ser “un concurso incluyente, deseoso de reconocer la labor y el aporte comunicacional que le es brindado al acontecer cultural venezolano, desde los grandes medios de comunicación hasta las iniciativas comunitarias e individuales”.

Rubén Wisotzki, periodista de larga trayectoria, propuso algunas hipótesis
incendiarias

Entre otros tópicos, sus bases referenciaban “celebrar a Miyó Vestrini como referente del periodismo cultural crítico, veraz y sensible, y a su obra como innovadora del lenguaje periodístico” además de ser “una apuesta a las nuevas voces y experiencias, cuyo desafío es el de ampliar el horizonte de posibilidades a este imprescindible género de la comunicación”.

El Premio se proponía dos instancias de participación: 1° por trayectoria, destinado a una personalidad destacada en el campo específico; 2° por géneros, para la participación general de periodistas culturales a través de sus trabajos publicados. Estaba dotado de un aporte en metálico de por entonces tres millones de bolívares y un diploma de reconocimiento y estaría abierto al público a partir de la publicación de las bases y disponible hasta el 31 de diciembre de ese año.

Hasta ahora, no se tiene ni idea del premio: si alguien concursó o ganó ni mucho menos si se volvió a convocar (todo hace suponer que no). Google no dice nada, y los amigos, colegas y conocidos menos.

Bajo la mirada atenta del director del MBA Zacarías García, Andrea Quiñones fue
más conciliadora

Las viudas del suplemento cultural

El Museo de Bellas Artes convocó a un encuentro el sábado 17 de septiembre pasado, como parte de una serie de conversatorios que se vienen organizando en el marco de la exposición colectiva Huellas del sur. Se titulaba Arte y comunicación, lo que para los comunicadores invitados (Andrea Quiñones Rubio, Marlon Zambrano y Rubén Wisotzki) podía traducirse en periodismo cultural. Los fuegos no fueron fatuos pues si bien la intervención de los “expertos” se extendió por una hora, la participación del público, muchos de ellos artistas plásticos, amantes de la cultura en general y simples curiosos, obligó a que el debate se extendiera por casi tres horas de apasionante acuchillamiento en torno al hecho cultural, su presencia y obvias ausencias, su “autosuicidio” y un asunto que a nadie dejó ileso: la nostalgia.

Una primera lectura podría confirmar que el periodismo cultural, como lo conocemos las viudas del Suplemento Cultural del Últimas Noticias y del cuerpo C de El Nacional, hace tiempo que dejó de tener importancia para la gran mediática nacional. No sólo porque se redujo el espacio del impreso en papel, a donde acudíamos como zombis cada domingo a buscar las “verdades”, sino porque el vértigo de los tiempos nos arrojó al vacío sujetos apenas del celular.

La era TikTok, podría decirse, es el otro extremo de una carrera de obstáculos que se inició con el establecimiento de la imprenta en Venezuela en 1808 y la aparición de la Gaceta de Caracas, pasando por la circulación como medio especializado en bellas artes nacionales y extranjeras del Cojo Ilustrado, hasta la especialización definitiva que arrojó como resultado a una seguidilla de generaciones cuyos nombres resuenan gratamente entre los “nostalgiosos”: Aquiles Nazoa, Ratto-Ciarlo, Juan Liscano, Guillermo Meneses, Mariano Picón Salas, Arturo Uslar Pietri, José Ramón Medina, Sofía Imber, Lorenzo Batallán, Chefi Borzacchini, Rubén Monasterios, Nabor Zambrano o Juan Carlos Palenzuela, y muchos otros que tomaron dos destinos predecibles: o pasaron a formar parte de una maquinaria opuesta políticamente a la revolución bolivariana y se dedicaron a la “resistencia” vociferante y maldiciente (aunque muchos ya no están en este mundo), o se dejaron seducir por las ricas posibilidades de inventarlo todo a partir de la gesta chavista, sin dejar de tener el acento necesario de una intelectualidad formada en los días de la cuarta república.

Los museos, el arte como lo conocemos y el periodismo cultural: ¿fenecen?

Un conversatorio explosivo

Asumir el periodismo cultural según nuestra memoria ochentera, suponía ser un artista más, aunque fuera de la palabra, y acompañar a los creadores, beber con ellos, prestarles dinero, intercambiar novios y novias, y cualquier otra excentricidad propia de la bohemia que permitiera honrar el espíritu de Belle Époque que reinaba en aquellos círculos festivos que, indefectiblemente, derivaban en el dominio de la palabra de un montón de eruditos que lo sabían todo con ínfulas de superioridad intelectual burguesa.

Andrea Quiñones, productora musical, comunicadora y poeta, fue condescendiente. Afirmó: “El diálogo cultural es la comunicación entre los individuos y es un fin en sí mismo, es la base de la cultura y el fundamento de los intercambios culturales, pues todo individuo tiene necesidad de comunicarse y comprender sus respectivas culturas”.

Wisotzki, quien defendió su hipótesis con garbo de espadachín durante el encuentro del MBA ante la mirada satisfecha de su director, Zacarías García, fue implacable: “Si el arte es para cualquiera, ¿por qué no el periodismo? Si la cultura es obra de todos, lo cultural es de todos. Estas cosas son aplastantes y de un sentido común implacable.

El periodismo cultural es un constructo mediático inútil hoy. No es necesario, nadie lo requiere. Desde estas palabras sostenemos, derruidos, que cuestionamos los últimos arrebatos de una noción de periodismo que fenece tanto como este museo y sus obras encerradas en su bóveda”.

Después de eso el Museo de Bellas Artes casi se viene abajo.

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Y bate que bate