El título

Por María Eugenia Acero Colomine@andesenfrungen / Ilustración Erasmo Sánchez

Una canción de Desorden Público habla de un personaje que estudia en la universidad, se gradúa y “trabaja para la sociedad”. Desde siempre, uno va avanzando por la senda de la formación académica con la ilusión de que tras el soñado día de la toga y birrete, lo que nos espera es un porvenir lleno de prosperidad e innumerables éxitos.

Muchas y muchos de los compañeros que he conocido han tenido que reinventarse de mil maneras para poder llevar comida a sus hogares, y no necesariamente han hallado el éxito y la fortuna luego de haber escuchado el “Gaudeamus igitur”.

Vanessa es ingeniera, casada con un hijo. Trabaja en un ministerio desde hace varios años. Pero lo que está ayudándola a pagar sus cuentas ha sido el emprendimiento que ha montado de peluquería y manicura que promociona por Instagram. Alberto también es ingeniero y músico de varias afamadas bandas de ska en el país. También está casado y tiene dos hijos. La necesidad lo ha puesto a replantearse las cosas, y hace dinero reparando ascensores. Rocío es abogada, músico y poeta. Aparte de su práctica en las leyes, desarrolló un par de emprendimientos en los que vende una gran variedad de productos y además ofrece el servicio de hacer trámites y diligencias varias a personas que no pueden o no quieren salir de su casa. Por otro lado, Nelson es bachiller y mototaxista, y ha tenido mucho éxito en su negocio. Regenta varias motos y además tiene un negocio de comida los fines de semana. Martín nunca entregó la tesis y regentó una empresa de televisión por cable y diversos negocios con los que construyó su hogar. Sara hizo de tripas corazón como profesora universitaria, y se rebuscaba traduciendo.

La crisis ha puesto en relieve a las artes y los oficios, al punto de que todos estamos más o menos al mismo nivel. El nivel de formación no constituye el marco de referencia de lo que es un nivel alto de vida. Por el contrario, las personas que ejercen un oficio hoy en día están percibiendo mayores ingresos y una mejor calidad de vida que los profesionales. Por otro lado, los sueldos de los trabajadores con un grado académico elevado no ayudan a que tengan un nivel de vida aceptable, obligándolos a recurrir a otras formas de sustento que no necesariamente tiene que ver con lo que estudiaron.

Este momento nos pone a reflexionar sobre cómo se está remunerando el conocimiento académico. A lo mejor no es la formación universitaria sino la vida de asalariado la que está en peligro de extinción, y a todos nos toca aprender a emprender para poder prender nuestro motor productivo.

ÉPALE 431