En Catia cada quien carga con su santo propio (1)

Catia, laguna de babel

                            Por Francisco Aguana Martinez • fcoaguana@gmail.com                            Fotografía Mairelys González@mairelyscg27

Un tríptico donde se develan los gozosos misterios, vida, pasión y muerte de los catienses. ¡¡Aaaméen!!

Primer misterio

Al principio del bulevar, bajo un sol resplandeciente, como andando en procesión se ve pasar a la gente. La religión, o mejor, lo religioso es otro aspecto importante que se agrega a la diversidad cultural que caracteriza al conglomerado humano que es Catia. Ese tapiz colorido que cubre las aceras de sus calles con su variedad de frutas y hortalizas; esa mixtura y polifonía de acentos venidos de todas partes, en fin, que revela la piel de los transeúntes. Por los intersticios de la abigarrada multitud se van colando, también, los valores de tolerancia y democracia que –salvo algunos fanatizados políticos o religiosos–, distinguen al catiense. En otros, quizás sea simplemente indiferencia porque si usted le pregunta a alguno de los caminantes sobre el asunto de la religión es seguro que le responda sin ambages: “No sé, no me interesa: eso es peo de cada quien”. Y así, todos y todas encuentran en el tupido fragor de esa permanente procesión una de las maneras de producir la compleja identidad comunitaria que poseen. El bulevar es un distribuidor por cuyos numerosos ramales sus habitantes se dirigen a encontrarse con los lares de su casa.

Segundo misterio: génesis catiense

La religión católica llegó a Catia en 1641. La telúrica sacudida del terremoto de San Bernabé logró que unos curas con sus acólitos, se treparan a un cerro que tiempo después sería conocido como Catia Los Frailes y en el sitio donde, en 1943, Francel Ramia instaló una fábrica de tacones. Pasaron siglos y la población nada que crecía porque así lo señalaban expresas disposiciones oficiales hasta 1850. Para 1873, cuando se realiza el primer censo nacional, apenas se levantaban unas cuantas casas con seiscientas personas habitándolas. Por esos años se estaba construyendo el segundo trazado del camino carretero a La Guaira que se conectaba con el camino al mar o carretera del norte conocida desde 1922 como avenida Sucre. Allí, cerca del abra de Catia se levantó una ermita dedicada a la virgen del Carmen protectora de los viajeros que se arriesgaban por tan inhóspitos caminos. En 1936 y en el sitio de la ermita, se erigió una capilla con la misma advocación por la solicitud y con la participación de una feligresía que vivía en las adyacencias ávida de sacramentos y rituales católicos. La capilla fue construida con aportes del gobierno, la empresa privada y los creyentes. En los Altos de Cútira, en el solar de un coronel de apellido Cacique, se levantó un tablado para representar obras de teatro en beneficio de la iglesia. Según refiere Carlos Salas (Historia del Teatro en Caracas) el elenco estaba formado por los integrantes del Teatro Vallenilla, de La Pastora y de otros vecinos del sector. En 1975 llegó, con la construcción del metro y del parque del oeste, la tercera renovación urbana de la parroquia y esa capilla es derribada y se construye otra, unos metros más allá, y se reinaugura en 1983.

La iglesia de Niño Jesús de las Brisas de Propatria

Tercer misterio: la multiplicación de las casas

A partir de las dos primeras décadas que van de los años cuarenta al sesenta, la ciudad de Caracas se transforma físicamente y Catia pasa a convertirse en su principal zona comercial, industrial y urbana. Así, en cada urbanización sus planificadores incluyen la construcción de un templo católico que comienza con la iglesia Sagrada Familia de la urbanización obrera Pro-Patria (sic), la cual es donada por el diseñador de la obra: Carlos Guinand Sandoz. Ese mismo año los propios vecinos la concluyen ampliándola con otra nave. A esa construcción católica se sumaron a finales de los años cuarenta y cincuenta: la capilla Santa Eduvigis (1947) en el desaparecido barrio 18 de Octubre; en 1952 se inaugura en la calle Colombia la Niño Jesús-Madre Cabrini (debe sus dos nombres por el santo Niño de Atocha, una capillita que levantaron los vecinos de la calle La Aguadilla del barrio Puerto Rico en 1937, quienes protestaron cuando se erigía muy cerca una iglesia con el nombre de Madre Cabrini. El arzobispo para complacerlos le colocó a la nueva ambos nombres y santo remedio); en 1953, Jesús Obrero, en Los Flores; en 1955, Santa Teresita del Niño Jesús en las veredas del Cuartel Urdaneta; en 1956, San José Obrero, en Gato Negro y Los Doce Apóstoles en El Amparo; en 1958 se construyen: la San Ramón Nonato en Sabana de Los Frailes (así se llamó ese barrio hasta los años cincuenta) y la Santa María Goretti en Altavista.

En 1964 se agregan: La Santa Cruz, en Propatria y Nuestra Señora de Los Dolores, en Los Magallanes. En la década de los setenta son erigidas: en 1971, Santo Cristo, de Plan de Manzano; en 1974, San Juan María Vianney, en La Silsa y Santa Rita en el barrio Nuevo Día. En 1977 es fundada la iglesia de Casalta 3.

En 1999 se inaugura el templo de Los Santos Ángeles Custodios que venía funcionando desde 1969 en un apartamento de la planta baja del bloque 9 de Lomas de Urdaneta. Los Ángeles Custodios se convierte en una parroquia que incluye la iglesia La Constancia, en El Amparo; María de Nazareth, fundada en 2001 por el cura Antonio Subía en La Baranda y San José en Horizonte. Faltarían por fechar las iglesias de Niño Jesús, en el barrio del mismo nombre, la de las Brisas de Propatria, y una que estuvo ubicada, hasta los años setenta en el sector El Mirador de Los Frailes y que ahora es un taller mecánico.

Las estampitas, elementos esenciales de la fe católica

Cuarto misterio: vírgenes, estampitas y capillitas

Los feligreses, con toda libertad, están acostumbrados a sacar del claustro templario los elementos esenciales de su fe para extenderlos a través de imágenes y estampitas, palmas detrás de las puertas de las casas, altares particulares y unas criptas, ermitas o “capillitas” con vírgenes de variada advocación, diferentes a las recordatorias que son para remembrar a los difuntos caídos en los sitios en donde se erigen. Por doquiera que usted vaya encontrará una de esas así como otras presidiendo las entradas de las casas más viejas. En 1949 la comunidad construyó un monumento de veinticuatro metros de alto en el cerro las tres cruces “para celebrar, en 1952, el centenario de la virgen de Coromoto”. El primer monumento religioso erigido en Catia, data de 1759 y fue una cruz que marcaba los límites de lo que, tiempo después, sería la parroquia actual. En 1964 se levanta una cripta a José Gregorio Hernández en Propatria y luego otra en El Amparo. En los años noventa se inaugura una ermita a la virgen del Carmen en la calle Real de Los Frailes. Pero también, como muestra de su religiosidad, el catiense coloca a sus casas nombres de santos y santas igual que lo hace con sus calles y sus barrios; celebra fiestas como la Cruz de Mayo y pasea al Nazareno y a las patronas y patrones parroquiales. Además, para mayor demostración de lealtad, la mayoría poseemos nombres de santos, apóstoles y protagonistas de las sagradas escrituras.

Quinto misterio: el rebaño de los ángeles

Iglesia Santa Teresita del Niño Jesús en las veredas de la Av. El Cuartel de Catia

La mayoría de las iglesias tienen colegios que regentan los mismos curas párrocos extendiendo su labor pastoral hacia un ámbito que les asegura una mayor influencia sobre la comunidad ya no solo mediante el ritual de la misa sino penetrando la conciencia de los estudiantes y modelando sus conductas mediante la fe religiosa cargada de miedos y manipulación. Los curas de mi generación y de las anteriores, todo o casi todo lo prohibían: la masturbación, el mambo, el cine: en 1958 la jerarquía católica amenaza, públicamente con excomulgar a el que bailara chachachá. La mayoría no le hizo caso y, después de misa, siguió bailando un rico chachachá hasta con los marcianos.

Sexto misterio: noticias de última página

El hampa no ha perdonado en Catia ni a los curas, ni a las monjas, ni a las iglesias. Así que, en junio de 1960 y cuando el sacerdote Pedro Gálvez impartía la misa de seis de la mañana los cacos le birlaron ¡diez mil bolívares! de los de aquella época. A los cinco curas de la San Ramón Nonato los amarraron, los metieron en un cuarto y se llevaron todo lo que quisieron el jueves 5 de diciembre de 1963. !Ah, y eso no es todo! Los vendedores de chatarra desmontaron, en abril de 1989, la campana de bronce de la capilla del barrio Niño Jesús. Los curas al ver el hueco vacío solo dijeron: ¡¡Aaaméen!!.

ÉPALE 416