En cuarentena me siento de cuerpo entero

                         Por Nebai Zavala Guevara • @nebalun • feminismosartes@gmail.com                         Ilustración Solángel Roccocuchi

En cuarentena cuarentona, aprendo de lo que pasa y sigo viviendo frente a tanta vaina, voy de lo micro a lo macro o viceversa. Compartiré acá algunas vivencias desde que comenzó el aislamiento, a ver con qué conectan.

Estaba en Caracas trabajando, echándole pierna y corazón a un proyecto de vida, cuando de pronto se decreta la cuarentena a nivel nacional por la pandemia. Podemos infectarnos, estamos en riesgo, mi corazón y el de muchas personas se arrugó, tragamos grueso y nos encerramos.

La comida fue la prioridad, antibacterial, alcohol, jabón, cloro, la limpieza y desinfección nos mantuvo trabajando. Particularmente aterricé con mi hijo y varios kilogramos de comida en la casa de mi madre, donde los meses pasaban y al principio todo era llevable. Ejercicios de respiración; clases online; formar grupos de chats en intereses comunes; limpiar; cocinar; comer las ricuras que se preparaban; ser maestra de mi hijo; turnarme con mi hermano para las compras; trabajar la risa y el humor desde la creatividad; conexión profunda con seres humanos a distancia y hasta llegué a experimentar un sexting. Pero el encierro dejó de ser llevadero cuando las carencias comenzaron a golpear.

Vivíamos en un apartamento del piso 11 de un sector residencial-comercial en Maracay, nos afectaron los lapsos prolongados sin agua, luz, gas, ascensor dañado, escaso transporte, mala señal de internet, moneda devaluada, dólar paralelo sustituyendo al bolívar, familia diversa encerrada 24 x 24. Así afloró la violencia desde la cajita de fósforos donde nos refugiamos. El miedo, los controles, las sanciones, insatisfacciones y otros, surgieron experiencias de maltrato, intolerancia, irritación y agresión. La casa como olla hirviente y el coronavirus afuera.

Con el tapaboca y mi hijo salí a la calle, busqué otros lugares, me mudé en un proceso árduo. Muchas mujeres, infantes, ancianos y adolescentes no pueden hacerlo, no reciben ayuda, deben aguantar. Llegué a un lugar, lo llamo hogar aunque no es mío, me siento a salvo aunque existe el peligro. Mi corazón palpita, tengo pulso, también olfato y gusto, no estoy muriendo, ni me mataron, mi mente busca descanso, a veces me duele el pecho, entre tantos recuerdos. Después de un año en cuarentena con el mundo más revuelto puedo decir que me siento de cuerpo entero, reconstruída moralmente, valiente y valorada por mi misma, sé que tengo derechos.

ÉPALE 408