En muerte y en directo

Por Rodolfo Porras / Ilustración Erasmo Sánchez

Contar parece ser una de las tantas marcas que definen lo humano. Todos hemos escuchado hablar y muchos hemos participado de esas reuniones alrededor del fuego. Quién no ha sido testigo de los intensos intercambios de chismes en las puertas y dentro de un automercado.

El teatro es otra forma de reunión en la que se echa un cuento. Representar; exige un narrador con varios cuerpos y varias voces. Esto lo convirtió en una expresión muy poderosa. Ofrece una especie de fusión entre la realidad y la ficción. Personajes y hechos comparten tiempo y materialidad con el público.

En sus inicios, el teatro congregaba a casi toda la comunidad. Característica que sacudía la sensibilidad, permitía un halo sagrado y una función catártica, lo que definió su razón de ser. Hoy es imposible que congregue a casi toda la comunidad de un pueblo y menos de una ciudad.

En algún momento esa capacidad de convocatoria la tenía el cine. Aunque sigue teniendo un enorme público, no significa mucho, con relación a la capacidad de aglutinar público de los medios de comunicación audiovisuales. Millones de personas pueden, simultáneamente, ser receptoras de un cuento.

Ni el cine, ni los medios de comunicación han podido alcanzar el carácter sagrado y catártico del teatro. La materialidad compartida permite, que el universo sensible del emisor y el receptor, se conecten con la historia y con los acontecimientos narrados de manera insustituible.

Cuando otro de los repetidísimos psicópatas, que pueblan el imaginario y los noticieros gringos, se calzó un casco con cámara para contarnos en vivo la masacre que llevaba a cabo en un automercado, pareciera que quiso compartir no sólo la simultaneidad de sus actos, sino la carga subjetiva e ideológica que lo movía.

Ese contar es una de las tantas marcas que definen lo no-humano. Ese cabrón quiso hacernos participar en una matanza alrededor del fuego que abrió contra la gente. Nos hizo testigo de un intenso ataque en las puertas y dentro de un automercado.

La magnitud del hecho, con toda seguridad, propiciará que otros locos se copien el método. Las tiendas seguirán vendiendo armas, las redes seguirán alimentando la perversidad de esos egos, seguirá muriendo gente masivamente, en vivo y en directo.

La sensibilidad de muchos se sacudirá, como en los anales del teatro. Pero no habrá catarsis, no habrá conexión estética, mucho menos se representará una tragedia. Solamente horror, tristeza, y la profunda convicción del fracaso del sistema social, político y económico que genera esas monstruosidades.

ÉPALE 461