Entonces, una revista

Por Gustavo Mérida • @gusmerida1 / Fotografías Javier Campos 

No había puerta peatonal entre el edificio Gradillas “A”, al lado de la Plaza Bolívar, donde está hoy la redacción de ÉpaleCCS, y el Gradillas “C”, donde estaba entonces. En uno de los tantos pasajes antojadizos que tiene esta ciudad, como vericuetos de virtudes y vergüenzas en tiempos de que sí, pero no, estaba la santamaría virgen y vieja allí, frente a Fogade. Entre ocho y diez años, en algunas circunstancias, se calcula el detenimiento del tiempo, en estos tiempos sin pandemia, y en algunos espacios, públicos y privados. Pero como con los peros, o sin ellos, y los tiempos en 2022, casi sin darnos cuenta, casi que sin tocarnos, pasaron diez años.

Entonces, no había puerta peatonal, y teníamos que salir, luego del cierre, tarde, en la noche, por arriba; justo a la mitad del camino entre Madrices a Torre. Una vez allí, esperar hasta que Columbo abriera la puerta y decidir si era mejor irnos por San Jacinto o por Gradillas, para llegar a Ciudad Caracas, así completo, porque la gente de Calderas, en el estado Barinas, tierra de Orlando Araujo, le dice a esta redacción “ce-ce-ese”, así, a secas. CCS. A esta redacción, que está junto a aquella, la de esta revista, también feriada y celebrada. Una década. ¡Una guará!

Una tarde, en una de estas edificaciones de más de cien años… ya va, antier, sin espantos, un zamuro zamureaba cerquita de Fogade. Caminaba como caminan todos los zamuros, pero este lo hacía como si estuviese lloviendo y no se quiere mojar y rozaba los tubos que demarcan por donde pasan los carros y que más abajito, frente a la plaza El Venezolano, la del reloj de sol y del faluco, algunos de esos tubos ya no están y empezaron a arreglar la calle pero algo pasó, porque no siguieron. Lo que está, digamos el tuturito que queda, pudiera, digo yo, solo pudiera, dañarle el pie a una de las personas de la “tercera edad”, que baila en la plaza San Jacinto. O al mismo zamuro slot deposit pulsa.

Entonces, en el alféizar de una ventana de vidrio roto de un edificio de esos, o de estos que están por aquí, estaba la ardillita. Era una ardilla común y corriente de esas que abundan en la plaza. Marrona ella, dirían por allá.

A veces, le dábamos arepa o pan. Escalaba esa pared con absoluta seguridad. En eso estaba, cuando escuchamos un golpe seco, vimos las plumas, escuchamos el aletear, lo vimos levantar vuelo con dificultad, y en las garras del gavilán iba la ardilla. Se posó en un dintel de otro edificio y empezó a comer.

Entonces escuchamos, vimos, repetimos, repasamos, repensamos y nos asomamos. Y ya pasaron diez años. El cinco de marzo del año que viene, pasará igual. Y así.

Pero hicimos un álbum de Chávez. Y cuando estaba listo el PDF, imprimíamos; luego de imprimida completa, la mirábamos, a color, y a la imprenta, y, ¿qué tal quedó la portada?, que era votada, y que ustedes miraban, y buscaban, haciendo una cola. Algunas personas hacían la cola dos veces pero Juan lo miraba fijamente: “Tú ya tienes una”, “pero es para mi suegra”, “es uno por persona”, “haz la cola”; en las gradillas, una vez, un policía municipal, de este municipio, me dijo que no podía estar ahí repartiendo periódicos.

Toda esa gente pensionada a los cincuenta y cinco o a los sesenta (y de ahí siga sumando) que nos buscaba y nos leía, a la que le escribíamos, no nos está leyendo, porque no se imprime desde diciembre. Toda esa gente de “Amor Mayor”, por ejemplo, no nos lee, porque es gente que lee en papel periódico (antes era diario, después semanario, después los tiempos, los espantos, los zamuros, los gavilanes y las ardillas); es como detenerse en algún entretiempo, hablarle a una lucecita que alumbra yendo y viniendo, sin lucecita.

Hoy hay una puerta peatonal, pero no se usa.

ÉPALE CCS Nº 479