Entre impresionismo y realismo de la luz de Macuto al mural de Amalivaca

Por Aracelis García Reyes • @aragar1 / Fotografía Alexis Deniz • @denizfotografia

El 10 de mayo de 2016, los restos mortales de Armando Reverón y César Rengifo, dos grandes creadores venezolanos, entre vítores y claveles rojos, llegaron al Panteón Nacional, edificación funeraria considerada santuario de héroes de la historia patria de nuestro país. Conformaron junto al poeta Andrés Eloy Blanco, la pianista Teresa Carreño, la escritora Teresa de la Parra, los artistas plásticos: Arturo Michelena, Tito Salas, Cristóbal Rojas, Martín Tovar y Tovar, entre otros creadores que les ha correspondido compartir Panteón con el Libertador Simón Bolívar, ser parte de quienes han contribuido a narrar la heroicidad desde el campo de las artes.  Ese 10 de mayo de hace seis años, el cielo estaba tan azul como el de La Guaira, y los proletarios de las artes esperaron a César como si de una asamblea se tratara. Aplaudían con especial respeto al llamado loco del Castillete, al que le truequeaban sus obras por botellas de ron, y a un comunista que retrató en sus lienzos, y en sus obras teatrales, una realidad que estaba ausente de los salones: la pobreza. No faltó una que otra lágrima en las afueras del recinto, ni los comentarios con fundamento de quienes multiplicarían sus fortunas con el valor que cobrarían en las subastas un Reverón o un César, dos hombres, dos creadores, dos realidades, dos tiempos, sometidos a la cosificación de esos comentarios fuera de la ritualidad que allí tenía lugar.

Armando Reverón y César Rengifo no solo fueron dos artistas que trascendieron su obra, sino que lograron impregnar la plástica venezolana de una realidad subyacente. Era la mirada de los otros y otras en ellos, el impresionismo que no imitaba Paris, la luz enceguecedora de La Guaira, los playones, los cocoteros, la Cruz de Mayo: Figura bajo un Uvero, Fiesta en Caraballeda, El Rancho, Retrato de Juanita con Ramo de Flores, entre muchas obras de distintas etapas pictóricas, que apenas tomaban color para definir sus formas. Amarrado por la cintura, quizás para dividir su estar terrenal con algo más espiritual, más sublime, posando sin camisa junto a Juanita. Su taller, un rancho hecho de piedras por donde la luz se colaba para dejar ver su obra completa, pinceles, pigmentos, telas, listones de maderas, fibras, caballetes, y en medio de todo aquel armonioso alboroto, sus muñecas y el mono Pancho.

Por su parte César Rengifo, a quien pudiéramos calificar como un artista completo o pleno, no dudó en hacerse eco de una realidad que denunció en colores y grandes formatos, obras de teatro, y textos políticos con los que disputó sentidos a través de la pedagogía y de su propia obra, y con la que además se consagró a edificar un mundo donde los paisajes estériles que pintó para denunciar, tuvieran alguna vez otra narrativa.

ÉPALE 460