Esa peste llamada amor

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Sol Roccocuchi@ocseneba

La vida puede cambiar en fracciones de segundos, es un lugar común. Muchas veces las cosas suceden tras una seguidilla de acontecimientos que generan vértigo porque implican movimientos bruscos, cambios, a los que les tememos por acercarnos peligrosamente a lo nuevo, ese territorio inexpugnable de  lo desconocido.

Por ejemplo, una peli, ‘Vicky Cristina Barcelona’, de Woody Allen, con Javier Bardem y Scarlett Johansson, nos dejó un mensaje opresivo luego de quedar devastado -otra vez- por un enamoramiento feroz: Juan Antonio (Bardem) lleva a Cristina (Johansson) a conocer a su padre, un típico catalán que habita en una villa solariega dedicado a escribir. Ella pregunta por su obra, y Juan Antonio se la lleva aparte para confesarle que aunque su papá es muy prolífico, creador de una literatura deslumbrante, quema o rompe todo porque odia a la gente. Le explica que lo hace para venganza de la humanidad: escribe la mejor poesía que se pueda escribir, pero niega su trascendencia como castigo de especie por llevar miles de años destruyéndonos sin comprender, finalmente, que la solución está en el amor.

Come flor y todo, llegamos al llegadero. Nos preguntamos si es verdad que todo lo que necesitas es amor, como cantaban Los Beatles, o lo que es peor, nos atrevemos desvergonzadamente y despechados a citar a Osho cuando escribe ‘¿Por qué me asusta tanto el amor?’, un ensayito peligroso si cae en manos de Arjona, donde introduce una idea vertiginosa: “Cuando amas, tienes que abandonar todos los conceptos que mantienes sobre ti mismo. Cuando amas, no puedes ser el ego, porque el ego no permite el amor, porque son polos opuestos. Si te decides por el ego no podrás decidirte por el amor. Si te decides por el amor tendrás que abandonar el ego, y de ahí viene el miedo”.

Pensando en ese absolutismo distópico, es cuando se te bajan las defensas y te agarra el coronavirus. No obstante, nos ayuda a carburar para establecer cuáles son los errores recurrentes que nos hacen naufragar en las relaciones de pareja y, mucho más grave, a fracasar en la epopeya civilizatoria que se derrama en su constante sinsentido.

Esa lucha del ego de la que habla el violador Osho (mejor conocido como el gurú del sexo), no es otra cosa -a nuestro entender- que una relación egoísta y competitiva con el otro-la otra, escamados siempre por prescripción neoliberal ante la negación a perder. En resumidas cuentas, se trata de otra batalla ganada por la burguesía.

He de patinar sobre mi autobiografía: cuando me han montado cachos, he renunciado a reanimar la relación porque logro entender (a coñazos) que ganó el otro, y asunto saldado. Se dice fácil pero se trata de un ejercicio que más de las veces te deja retortijones en el estómago.

El amor, en su fase más trivial, esa etapa idiota de pérdida de sentido y negación de la realidad (soy feo, pobre, viejo, ¡me quiere porque escribo bonito!), no está lejos del sentimiento de compasión que nos permite perdonar y trascender, dejando atrás los apegos inexplicables que nos mantienen anclados a viejas y nocivas prácticas.

Los celos, dicho por Sabina, Paulo Coelho, Deepak Chopra y Ozuna (el negrito ojos claros) en su fase romántica, es quizás la etapa de enajenación más absurda, pero necesaria, para meterle candela emocional a la aventura de vivir. Efectivamente, es el capitalismo salvaje de las doctrinas de la pasión, pero además, es la prueba de fuego de que te la calas porque lo-la amas, o dejas ese peo así antes de que eso se vuelva un infierno.

Es donde entran a jugar las probabilidades: esto se arregla en el camino o cerramos este ciclo y empezamos otro que prospere sanamente, sin que salgan a relucir las conjeturas teológicas de la toxicidad y la pareja disfuncional.

Enamorarse de la humanidad entera es mucho más fácil. Es el desapego llevado al paroxismo: ¿cómo coño celas a siete mil millones de personas, muchos infectados de la Covid-19?

Lo que sí es que enamorarse alegra, pero apesta. Que lo dice un latero del amor.

ÉPALE 408