Escultora

Mejor ni te cuento

Por Ana Cristina Bracho • @anicrisbracho / Ilustración Astrid Arnaude • @loloentinta

No siempre haber gozado de un padre capaz de entender el alma de una hija es una garantía que ésta podrá salvarse de relaciones destructivas en su adultez. Esta es la historia de Camille Claudel, cuyo padre Louis sabiéndola artista, apoyó su trabajo en pleno siglo XIX.

¿Qué mujer talla la piedra? ¿Cómo puede ser una estudiante mejor que su maestro? ¿Cómo puede pasar tanto tiempo trabajando? Su dedicación al arte, le dificultará a tu hermana conseguir marido, decía su madre. Su inmensa figura, digna de ser tratada como una de las más grandes que han nacido para el arte, fue disimulada porque antes de reconocer su genio era más fácil decir que estaba loca y hacerle sufrir las consecuencias. La internaron involuntariamente en un psiquiátrico y la dejaron lejos de los salones que conoció en su primera vida, a los que fueron a dar muchas de sus obras firmadas por Auguste Rodin.

El patriarcado la destruyó, la gente dudaba de que una mujer pudiese ser tan grande y pese a ello, escribió con humor, trabajó como nadie, sacó de la piedra más dura los movimientos más sutiles. Se encerró antes de que la encerraran, no quería que nadie le robara las ideas. En su frustración, creaba obras y las destruía antes de mostrarlas.

Sufrió quizás tanto o más que Frida Kahlo el compartir el oficio con un gran fulano. Nunca le dio Rodin más espacio que ser una alumna más, una amante más, de esas que según él solo tallaban manos y pies, que no tenían ideas propias sino instrucciones para que completara sus obras.

Actualmente, se siguen buscando las trazas de qué fue lo que pasó, como con la esposa de Einstein y con María Lejarraga cuyo esposo Gregorio Martínez se convirtió en uno de los más afamados dramaturgos de su época, un verdadero genio, salvo por el detalle que la escritora era ella.

ÉPALE 465

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