Españoles Y Canarios, Contad Con La Vida

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Guerrear a muerte es dejar el pellejo, sin medir las consecuencias más allá del desenlace fatal del enemigo. El propósito de semejante proclama del General Bolívar, jefe supremo de los ejércitos patriotas durante la Guerra de Independencia, decretado en Trujillo el 15 de junio de 1813 en el marco de la Campaña Admirable, fue demostrar con hechos que se trataba de una pelea encarnizada y sin compasión, narrativa que permitía intimidar a todos los bandos de la refriega.

En todo caso, la guerra iniciada en 1810 había tomado ribetes dramáticos cuatro años después, cuando el destrozo y la escasa compasión acompañaban cada avanzada o retirada, al punto de que el historiador Juan Úslar Pietri escribe en su maravilloso texto Historia de la rebelión popular de 1814: “En Venezuela se derramó más sangre en aquel año que en toda la Revolución Francesa. Ningún pueblo ha conocido una lucha de clases de esa magnitud”.

José Tomás Boves, el Atila de los llanos, había llevado a niveles extremos el terror a su paso por los pueblos de occidente rumbo a Caracas en favor de la causa realista, al punto de que sus temidos lanceros oscurecían los ríos tras lavar la sangre de sus manos en las orillas. Cuenta Úslar Pietri que los caraqueños temblaban guarecidos en sus casas a la espera de la llegada de Boves por el camino de Antímano, y las madres espantaban a sus hijos traviesos diciéndoles “por ahí viene el coco” pues se sabía de su desprecio diabólico hacia la vida ajena, ordenando a sus soldados pasar a cuchillo a cualquier patriota que tuvieran al frente, incluyendo mujeres y niños que previamente eran violados.

Bolívar no pudo menos que demostrar fiereza, pues aunque en varias ocasiones intentó dulcificar el decreto, las circunstancias bélicas y los complots le disuadieron de torcer el rumbo. En más de una ocasión el Libertador pareció cruel, como en febrero de 1814 cuando ordenó decapitar a por lo menos 1.200 presos canarios y peninsulares detenidos en La Guaira.

Lo que aún asusta es que el decreto jamás fue derogado. Es decir, no es que usted va a salir a degollar a un gallego porque le cae mal, sino como lo explica el historiador Alexander Torres Iriarte, el Libertador enfocó sus operaciones en el marco de la guerra, como recurso de legítima defensa. Al terminar esta, pierde vigencia la proclama (no fue un decreto, insiste Iriarte). Coincide con el investigador José Manuel Milano, quien afirma que al desaparecer el causal del Decreto a Muerte, caducó su vigencia, así no haya quedado certificado con otro documento oficial.

ÉPALE 465