Esto no tiene perdón de Dios

Por Pedro Delgado / Ilustración Justo Blanco

Me decía un amigo de visita por Caracas de la tristeza que le embargó luego de habernos subido a uno de los trenes del Metro de Caracas, vía Catia-Petare, caminar sus vagones y ver el descuartizamiento que literalmente le han hecho a la muestra exposición Reverón luz de Venezuela, imágenes cedidas por la Fundación de Museos Nacionales adheridas en calcomanías en las paredes de los vagones. “Es prácticamente un sacrilegio (comentó), el que se hayan ensañado con el ‘Pintor de la luz’, tasajeada su obra así por así, por una siniestra mano sin nada que la detenga. Me trae recuerdos de aquellos tiempos de las camionetas y autobuses con rasgaduras en sus asientos y espaldares hechas a navajazos”.

Y es que en estos tiempos de nuevo cuño, pudiera decirse que aquella mano ha vuelto con la misma malévola intención reapareciendo en los vagones del Metro arrancando calcomanías que sirven de indicación de paradas y otros anuncios, siendo la muestra Arte en tren la que han arremetido con más saña. Se podrán ver unas fotografías tomadas por el maestro Victoriano de los Ríos (1910-1975), hechas a Reverón y Juanita abrazados, una con traje de etiqueta y pumpá, otra con sus muñecas, que son una oda a la maldad. Afortunadamente no toda la muestra ha sido ultrajada, encontrándose una que otra sana y salva.

En esta cultural idea de la Compañía Metro de Caracas, se puede apreciar los paisajes de Macuto con sus uveros, sus almendrones, las olas del mar Caribe penetrando a la playa; otras como Pajarera, Florero, Teléfono, Juego de dominó, Máscara, Esqueleto, Paisaje con locomotora, Reverón en Valencia, Juanita en traje de baño rojo, expuestas para el recreo colectivo, alguna de ellas profanadas sin ton ni son. Una casualmente intacta en la cual mi amigo posó para un selfie, es la del Patio del Sanatorio San Jorge, en carbón, tiza, y pastel sobre papel, lograda por Reverón en 1954, por traerle recuerdos del sector de Catia donde él, mi amigo, vivió y donde antes estuvo el reclusorio clínico del Maestro de la Luz.

“Esto no tiene perdón de Dios”, dijo mi amigo al bajarnos.

ÉPALE 447