Geografía erótica de Venezuela

Por Marlon Zambrano • @MarlonZambrano / Ilustración Astrid Arnaude • @loloentinta

Misael Salazar Léidenz se dio a la tarea, como escribe el poeta Luis Alberto Crespo, de hacer un viaje erótico al corazón del país. El periodista falconiano, redactor estrella del diario El Nacional, ocupó por muchos años entre los 70-80 del siglo pasado, un espacio preponderante en el diarismo criollo y la crónica jocosa, esa que habla sin pelos en la lengua ni prejuicios sobre lo humano y lo divino, en una época en que estaba menos censurado el decir apresurado y picantoso, el lenguaje soez casi ofensivo, que no tenía por objetivo dañar a nadie sino estimular las reacciones contrariadas y el debate, como buen provocador.

“La sabrosura de su prosa, enjoyada en una sólida cultura histórica y popular con la que ha colmado tantos libros, monografías, ensayos y artículos, y la chispa de su fantasía, hicieron el resto. Su guía carnal de Venezuela se convirtió pronto en la lectura esencial de los lectores dominicales de Feriado. El éxito alcanzado por estas crónicas va más allá de las excelencias de su escritura y del humor que las adornan: ellas permiten conocer el testimonio de un pueblo a través de la imagen de la mujer, esa criatura totalizadora del amor y de la fabulación”.

Así describe esta gema oculta de la literatura de no ficción venezolana, Geografía erótica de Venezuela, el poeta Crespo, quien la prologa en 1984 y recuerda el extraordinario paso de Léidenz por una época del periodismo que se hacía con “tabaco en la vejiga” como decía el Gabo, cuando los redactores eran en realidad unos tahúres que se reunían a beber, fumar y escribir anclados en una sala a media luz sus historias inauditas, como las que acopiaba Misael Salazar desde su escritorio llamando por teléfono a corresponsales de todo el país y escuchando los relatos de amigos, colegas y allegados que le hacían círculo en la redacción para empaparse de su erudición.

Entre la invención y lo palpable, Misael recolecta en su texto una serie de costumbres y artimañas surgidas de la necesidad del encuentro carnal que mantenía como línea de investigación desde muchas años antes, al publicar a principios de los setenta su obra Ociosidades y vagabunderías sexuales del venezolano, que se consigue como lectura para mayores de 18 años en algunos sitios de descarga en línea previo pago, y cuyas advertencias más o menos dictaminan: “Este libro, producto de una muy seria investigación, recoge creencias, mitos y leyendas venezolanas sobre el sexo.

Cada estado aparece registrado y en lenguaje periodístico se van relatando no solo los pasos que dan los nativos de cada región para llegar al amor, sino también los juegos previos, y las ingestas de que se valen para cumplir con sus deberes de pareja. Los afrodisíacos que se usan en los distintos pueblos del país, incluyendo las recetas, aparecen clasificados”. Otros espacios on line señalan que su lectura puede terminar siendo ofensiva y recomiendan discreción.

En todo caso, lo que nos interesa es advertir que quizás su texto no sería posible en esta época un poco por autocensura, otro por evolución y otro porque hay realidades y mitos que, o bien cayeron en desuso o demostraron su inutilidad, o simplemente porque la literatura relacionada con la sexualidad (incluso en su fase mitológica) abunda y es cada vez más aséptica y sutil.

Para Misael, por ejemplo, hablando de la sexualidad caraqueña, no había compromiso de alcoba que no triunfara si pasaba por el aderezo del chocolate o un buen sancocho de gallina con mucha hierbabuena. Escribe en su geografía erótica … que a la capital llegaron con la migración pócimas y menjurjes milagrosos como el babandi de Bolívar y el zorro guache de Barinas, mezclados con la fe local en la miel proveniente de las faldas del Ávila o las raíces de guanábana que llamaban catuche.

Otros afrodisíacos milagrosos que colmaron el imaginario de la ciudad pero ya en fase de botica, fueron la yohimbina, los fosfatos vitaminados, el ginseng, el KH3 y la vitamina E que se consumían incluso entre gente muy joven porque otro aspecto de la sexualidad del caraqueño, comenta en sus líneas, es su extrema timidez “a la hora de la ayuntanza”.

Otros extremos, igual de divertidos y curiosos, aparecen cuando habla de la idea generalizada de que el despecho o el embarazo eran contagiosos en Caracas, por lo que la gente se dedicaba a poner “las barbas en remojo”.

Frente al boom del porno y el erotismo marcado en los bailes de TikTok e Instagram, la inmediatez de los mataderos del centro y la descarnada sensualidad de los cuerpos embutidos en leggins, la prosa de Misael, además de anecdótica, puede terminar siendo ingenua, pero al menos entrañable en la medida en que revela una sexualidad perdida en las nebulosas de lo mistérico, ritos secretos para iniciados de cuando el amor en verdad era un pacto.