Giordana García Sojo: Entre caos y vida, las musas

Poeta, editora, madre y revolucionaria, este año y medio de confinamiento la han mantenido en una carrera impetuosa por la escritura y el activismo

                                    Por Marlon Zambrano@marlonzambrano                                          Fotografía Mairelys González@mairelyscg27

Dice Ricardo Romero, editor y promotor del libro y la literatura, que Giordana García Sojo representa una referencia desde lo cultural y lo político, por perfilarse como una intelectual comprometida que aporta desde la militancia, con sus investigaciones y análisis en torno a las causas de los pueblos de Nuestra América y la reivindicación del espacio de las mujeres.

Es una poeta, editora y revolucionaria a la que el coronavirus no sorprendió demasiado, luego de las estocadas casi fatales de los años 2017 y 2019, período en el que nacieron sus dos hijas, con lo que su cuerpo la empujó a escribir como acto de honestidad consigo misma. Inició un diario, escribió guiones para danza y se entregó a exhibir desde la nueva normalidad, los rostros y las voces de un sinfín de poetas criollos gracias al proyecto Poesía en Casa, espacio para la difusión de poesía en las redes sociales que resultó vibrante.

Bella, inteligente y apasionada, casi irreal al estilo de una madona del Renacimiento, acaparó casi todos los espacios virtuales durante este año y medio de pandemia, con voz poderosa y orientadora. El 1e Encuentro de Escritoras-Caracas 2020, Poesía en Casa en su edición latinoamericana, la colección de plaquettes de poesía Yo misma fui mi ruta con Fundarte, la compilación Venezuela, vórtice de la guerra del siglo XX y dos poemarios inéditos, además de su dedicación pendular a la investigación social y política y la literatura, trabajando en centros de pensamiento social como Celarg y Sures, dan cuenta de su fructífero confinamiento.

Categórica y tangible, concluye: “tener hijos, hijas, ha sido un hecho que no temo nombrar como maravilloso, alucinante, esperanzador, profundamente humano y detonante de la creatividad, así como el caos de los tiempos que vivimos; caos y vida, allí mis musas”.

—¿En qué piensa una mujer que recién ha escrito un poema?

—Tendrá dudas, pensará “mañana quizá no sea más un poema”. O se envuelve en la certeza de destruirlo, borrarlo y quedarse inmóvil ante la transparencia de la página. O se ufana y vislumbra el hilado de un libro, acaso de una obra. O se tambalea ante los ojos de una lectora o lector otro, distante y espléndido. O quizá no, solo se cansa de antemano, se convence de que es tarde y de que hay que dormir. Suelo escribir de noche, agotada de cuidar niñas y seguir varios trabajos, entre el silencio con sordina de animalejos nocturnos: ranas, grillos, chicharras, polillas.

—¿Te gustas cuando callas?

—He perdonado a Neruda muchas veces, creo que más por un empecinamiento de ideas comunes que por sus poemas. Pero claro que sería lindo darle la espalda y dejarlo hablando solo, gritando solo como un loco: Yo estoy aquí para contar la historia / Desde la paz del búfalo hasta las azotadas arenas de la tierra final. Lo escucharía sin embargo, lo volvería a perdonar. Somos distintos.

—¿La poesía es un armacargada de futuro?

—Lo he repetido tanto que me lo creo, sí. Es de esos versos medio spot panfletario medio mantra existencial. Pero en mi caso, realmente me ayuda a proyectar un valor de la palabra poética un tanto menos egótico e introspectivo. Por lo general creo en el valor que la poesía pudiera significar para quienes hoy son niños y niñas, para quienes posiblemente nacerán más adelante. Esto no quiere decir que una deba escribir o cantar versos “comprometidos” o de “protesta”, pero sí creo que se debe asumir que lo que se decide hacer público (sea cual fuere el medio) va a dejar rastros de sentido, así sea en los propios hijos, que no es poca cosa.

—¿Vienes de una estirpe de mujeres solas?

—No concibo en mí la noción de “estirpe”, ni linaje, ni mística de brujas, etcétera. Sé que ese verso y ese poema pudiese hablar de otra cosa, pero me cansa la retahíla de lugares donde las mujeres nos identificamos a través de una especie de dibujo matrilineal que denuncia un robo “primordial” de los hombres, creo que se pudiese caer en el calco o la reiteración especular del imaginario mítico patriarcal.

—¿Eliges el abismo, el caos, la nada o la lucha, la revolución?

–Ambos, no los puedo disociar de hecho. Hay que morder el polvo del barro más oscuro y denso para vislumbrar la necesidad de cambios difíciles, sistémicos, urgentes. Es una tensión dialéctica si se quiere. Creo que no se puede plantear el problema como una lucha siempre luminosa, cual si se tratara de un Cristo imaginario y de estampita. Aunque puede servir tácticamente la imagen y la pasión que esa imagen mueve. La estrategia creo debe partir del plano de la contradicción, de lo árido y dificultoso, como asomaba una anotación al margen que leí de puño y letra de Hugo Chávez sobre el libro Así habló Zaratustra: “…todo el bien y todo el mal en un gran horno siderúrgico que los transforme en amor-fuerza…”.

—¿Enseñarás a tus hijas a trabajar la tierra?

—Claro, a trabajar la tierra y hackear softwares.

—¿Te conformas con hacer orden en la casa, lavar la losa, vestir la cama?

—No. Pero me gusta estar en casa y todo lo que ello conlleva: arreglar un poco (no demasiado) el desorden de las hijas, cocinar y tender ropita infinita… no hay de otra. La pandemia y el confinamiento me encontraron en una especie de encierro maternal producto de dos partos más o menos seguidos y la convicción de no trabajar más en oficinas, el resultado es que el teletrabajo no me tomó de sorpresa ni me aplastó, aunque sí me ha sacado algunas canas y kilos de más. Nada es ideal en este mundo desigual, más si una desea escribir y leer cual señorita financiada por un mecenazgo irreal, ser madre (que me encanta) y despotricar contra el capitalismo y sus cables cada vez más high tech. Toca hacer malabares entre la comodidad y el inconformismo, esa gran contradicción de nuestros tiempos. ¿Quién no quiere pasar un domingo (o más) viendo Netflix, Amazon Prime o HBO?, es una zona de confort que sería absurdo negar de plano, pero ojo, la clave es no perder el horizonte de sentidos: el pensamiento crítico se fortalece de ese embadurnarse de sutilezas y atrocidades ideologizantes e idiotizantes –a veces brillantes–, pero no nuestras, muy ajenas, como las vaquitas de los terratenientes… Pueden ser barro para construcciones de sentido propias, allí el reto, deconstruir y crear lo propio… toda una industria del imaginario como valla contenedora, vaya desafío. En eso estamos.

—¿Repetirías: hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis?

—Si. Una y mil veces.

ÉPALE 429