Heroínas de la Independencia

Por Nancy Fernández / Ilustración Sol Roccocuchi@ocseneba

La guerra tiene nombre de mujer. Son ellas las primeras víctimas. Parte del botín que se reparten los vencedores, quienes a su paso las toman y usan para saciar sus instintos básicos, sin importar edad ni condición física o social.

¿Cuánto dolor anónimo sembrado en sus vientres al ser violadas durante el paso de la soldadesca –realista o patriota–, sucia de sudor y sangre, al tener que amamantar y perpetuar la estirpe de sus depredadores?

Las notorias

Son tres los nombres femeninos elevados al Panteón Nacional. El más conocido, Manuela Sáenz, la diminuta y bella quiteña, quien conoce a Simón Bolívar en su entrada triunfal del 16 de junio de 1822 y desde ese momento se crea un vínculo afectivo entre ellos, en razón de lo cual, Manuela “se vuelca a las armas, a las disputas verbales, a la intriga política y a los motines revolucionarios”… y a cuidar celosamente de su amado. El de Luisa Cáceres de Arismedi, quien estando prisionera en la fortaleza de Santa Rosa, da a luz a una niña que muere por las condiciones del parto y del calabozo en el que se encontraba. El de Juana Ramírez, quien con gesto de euforia en la batalla de los Altos Godos, toma la espada de un oficial muerto y avanza en medio de una lluvia de balas, para ser llamada desde entonces “La avanzadora”.

A la sombra

Otras como Eulalia Buroz, nacida en Tacarigua de Mamporal, y la paraguanera Josefa Camejo, quien disfrazada de pordiosera pasaba información a los ejércitos patriotas entre Coro y Maracaibo. Algunas pusieron sus fortunas a la orden de la causa patriota y quedaron en el anonimato, como Concepción Mariño, hermana de Santiago Mariño, quien contribuyó con sus bienes a organizar la llamada Expedición de Chacachacare por lo que se le nombra “Magnánima Señora”. Josefa Joaquina Sánchez, esposa de José María España, la bordadora de la primera bandera de Venezuela. Estando prisionera salió embarazada, y bajo sospecha de mantener a su esposo escondido, le respondió a sus captores realistas frente a su estado de gravidez: “¿Es que acaso en La Guaira solo José María España preña?”. Curioso el caso, según mis indagaciones, de la primera y única mujer venezolana sentenciada al paredón y fusilada en la plaza pública por los realistas en la contienda independentista. Se trata de Consuelo Fernández, joven de 17 años que obtuvo información sobre el movimiento de tropas de José Tomás Boves y escribe a su hermano, integrante de las tropas de José Félix Ribas, la noticia. Los realistas interceptan la carta y la condenan a muerte, pero el coronel realista al mando de la plaza, le ofrece la libertad junto su familia a cambio de aceptarlo en matrimonio, a lo cual ella responde: “Apártese de mi lado: jamás podré unirme a lo que me inspira tanto desprecio, ¡Viva la patria, viva la libertad!”.

Episodio digno de resaltar es el sacrificio de Leonor de la Guerra y Vega Ramírez, quien avergonzada por haber sido sentenciada a salir por las calles montada en un burro enjalmado para recibir públicamente 200 azotes por “insurgente”, después de cumplida la sentencia se negó a ingerir alimentos y a recibir asistencia médica, hasta que le sobrevino la muerte. Es solo una pequeña muestra de los diversos niveles de entrega y valor de las mujeres venezolanas en la Guerra de Independencia, heroínas invisibles que quedaron bajo las sombras de las páginas no escritas de nuestra historia como fantasmas de cabellos largos, gravitando sobre los laureles de los héroes, donde pudiéramos ubicar a las del Batallón de Mujeres de San Carlos, y a todas las que no pelearon, sino que esperaban el final de la batalla con el Ave María en los labios y las manos prestas para curar las heridas del cuerpo y del alma de los que regresaban.

ÉPALE 416