Historia mínima y comprometida

De eso no se habla

Por Ana Cristina Bracho • @anicrisbracho

Con sus notas, crónicas, opiniones y libros, puestos todos los días como quien cuela un café, Earle Herrera se hizo sinónimo de la memoria colectiva de un país que se mueve y en el que tomar partido siempre es una labor para los valientes. Su espacio, tejido por la constancia y caracterizado por tener su propio estilo, se hizo tan importante que teníamos la impresión que siempre estuvo y la esperanza que nunca dejase de estar hasta que, como informó su hijo Simón, la fisura de un aneurisma abdominal nos recordó que él también era mortal.

El hombre que se fue, irreverente y transparente, poblado de imágenes, colores y palabras, de sonrisa fácil, chaleco y bigote, logró tener un espacio como el de otros seres, mágicos y raros, a quienes demostró ferviente admiración como Andrés Eloy Blanco y aunque comparar siempre es un arte odioso e infértil, sabemos que su nombre quedará en ese mismo Panteón.

Aquel personaje, en el testimonio que dejó en el programa de Ernesto Villegas, da cuenta de una infancia donde ayuda a escribir discursos y de una juventud donde tendrá que desilusionar a una madre que sueña con un hijo médico que no sería, en tanto, ya había sido marcado por la pasión de contar y de la habilidad de hacerlo denunciando, riendo, enseñando y sin perder la voz de una persona cercana que se reconoce con limitaciones y contradicciones.

Su vida queda así, cronicada y algunos de sus libros como aquel que llamó “Historias Mínimas de la Carta Magna”, conjugan maravillosamente un cuento colectivo y una experiencia personal. La Constituyente tuvo un hijo que es la Constitución que ha guiado el esfuerzo bolivariano. En ella se mezclaron sueños con instituciones políticas, reclamos históricos y algunas utopías. Se construyó como la principal promesa política del comandante Chávez que apenas asumió fue cumplida y en medio de una fiebre nacional de discutirlo todo, de soñarlo todo.

Por eso la Constituyente fue un ejercicio transgresor de los códigos, de forma y de fondo, al que muchos se opusieron incluso antes de que fuese llamado y luego, en cada una de sus letras. Earle nos lo cuenta, anécdota tras anécdota, como quien guarda el recuerdo de un viaje a la playa, pero es la historia de nuestro país, donde hubo que amarrarse los pantalones para poder decir que la República tenía que ser bolivariana o que la información tenía que ser veraz. Este último aspecto es contado al detalle, incluido todo el revuelo con la SIP y el capítulo personal en el que, por defender esto, fue llamado “marginal” por Patricia Poleo.

Ahora que se trabaja en borrar la memoria, en confundir los periodos históricos y que se juega a diluir los roles y los intereses, el tamaño de su obra se hace evidente y aparece como una colcha cuidadosamente tejida donde otros temas, como la defensa del territorio, también fueron banderas. Por eso, al irse, el hombre nos deja su antorcha, su canto, su risa, su estela.

ÉPALE 443