Historias de forasteros que se quedan

Millones de ciudadanos nacidos fuera de Venezuela viven aquí y, a pesar de bloqueos y sobresaltos, han decidido quedarse. Algo les gusta de nosotros, a pesar de las cosas que también les disgustan

Por José Roberto Duque y Marlon Zambrano / Fotografías Michael Mata

Los ataques xenofóbicos antivenezolanos en países vecinos han tenido entre nosotros varias respuestas indeseables. Entre ellas, por ejemplo, reaccionar con decires y actitudes xenofóbicas. También se han activado otras reacciones que tienen que ver con nuestro temperamento como pueblo: el chiste, el no pararle, el análisis sereno. La claridad que caracteriza al militante chavista promedio ha propagado, además, el nombre del fenómeno o enfermedad social: xenofobia. Ahora más venezolanos sabemos colectivamente que es preciso rechazar el odio a la gente por su origen, así las “instrucciones” vengan de los adentros.

Esto revela que hay matices y situaciones que no se pueden generalizar: que se haya asesinado a más de un venezolano o venezolana en Chile no nos convierte a chilenos y venezolanos en enemigos. Que nos hayan llegado desde Perú, Colombia o Panamá testimonios y dictámenes de una espantosa crueldad en contra de venezolanos y venezolanas no nos obliga a ser recíprocos en el trato cruel. Y, por último, que haya venezolanos marchándose del país, y que en otros países esto sea visto como un signo de deterioro social irremediable, no ha inhibido lo que es una norma o conducta colectiva poco explorada: millones de extranjeros, entre los que viven aquí, decidieron quedarse entre nosotros. El objeto de este recorrido es explorar en ese conglomerado humano.

Por tierra y por mar llegaron de todo el mundo los inmigrantes que alimentaron la venezolanidad

Aquí están, éstos son

Oscar huyó a tiempo del Plan Cóndor

Oscar Delgado nació y creció en Chile en 1958. A temprana edad debió emigrar perseguido por el Plan Cóndor, primero a Perú y luego a Venezuela, adonde llegó en 1993. Una vez entre nosotros, a pesar de que el clima político no lo favorecía, como no favorecían a los pobres las condiciones económicas, fue agarrándole el gustico a la vida en nuestro país y por aquí anda. “Cuando uno se llega a este país uno comienza a amarlo. Empieza a amar a la gente, a la naturaleza y, de pronto, ya se hace difícil desprenderse de lo que uno ama. Es como cuando tú amas a una mujer: llegan los problemas de pareja y la situación se pone difícil, pero decides que esa relación continúe. Tuve que pasar por una etapa dura, que fue el desarraigo: la ruptura con los lazos que me ataban a mi país de origen. Esa ruptura es difícil porque dejas atrás costumbres, años de tu historia, formas de vivir. Cuando rompes el arraigo con tu país comienza el arraigo en el país adonde llegaste y aquí, en Venezuela, no fue difícil acostumbrarme a la forma de ser del venezolano, a las costumbres: este es un país que adonde tú llegas te ofrecen una taza de café. En 30 años que llevo aquí recuerdo apenas tres episodios de xenofobia, tres momentos de maltrato o comentarios de personas que dijeron cosas hirientes. Uno de ellos, por razones políticas, cuando no pudo confrontarme con ideas me dijo el clásico ‘no tienes derecho a opinar porque no eres de aquí. Aquí tengo un hijo y una nieta, y no quiero que ellos vivan esa condición dolorosa, que es el emigrar para otra parte”.

Zeneth agarró sus macundales y se vino por los caminos verdes, como se estilaba entonces, buscando un mejor destino, aunque fuera de ilegal

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A María José no la convencen de devolverse

María José Mentana nació en La Coruña, España, y se vino (“No vine: me trajeron”) en 1956, a sus 6 años de edad. Tiene la doble nacionalidad y le han sobrado ofertas de la familia y allegados para que se vaya: “Me han dicho que me vaya porque esto está muy peligroso. Yo sé que me lo han dicho influidos por las cosas que dicen los medios sobre Venezuela; entonces, me pongo a explicarles que me siento bien aquí, que no necesito irme”. En los años 60, en plena efervescencia anticomunista, en los albores de la Cuarta República, la familia de María José fue perseguida y acosada. “Estuve presa en la Disip, perdí la cuenta de la cantidad de veces que allanaron nuestra casa. Ni siquiera en esos momentos tan difíciles a mi familia le pasó por la mente irse de Venezuela. Después de una época tan dura como esa he vivido pocos momentos de xenofobia. Recuerdo una vez que mi mamá fue a tramitar un documento y el funcionario la trató muy mal por ser extranjera. Pero, fuera de eso, me siento venezolana: me gusta la solidaridad, la forma de ser, el paisaje y, por supuesto, no quiero irme de Venezuela.”

Sobre las cosas que más le gustan de nosotros y del entorno, Oscar Delgado ha observado que los venezolanos somos personas muy abiertas. “Te abren fácilmente las puertas de su casa y de su corazón. Es difícil encontrar un pueblo así en el Sur del continente. No porque sean malas personas, sino porque son características de cada pueblo”. Y lo que no le gusta: “He visto que ha salido gente a hablar mal de su propio país. No solo del Gobierno, sino del país. En todos los años, y a pesar de los problemas que tuve, yo nunca hablé mal de mi país. Eso es como hablar mal de la mamá o de la familia: tu mamá puede no haber sido la mejor del mundo, pero es tu mamá”.

Los hijuemadres

“Es que esos cachacos hijuemadres”, dice Zeneth Hernández, una barranquillera que se vino en 1993, cuando “Venezuela estaba bien”. Coincide con Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, quien afirmaba que el carácter cachaco (bogotano) es especialmente agreste. Para los costeños colombianos, como los de Barranquilla, la alegría es un leitmotiv, y eso los emparenta con nosotros.

Zeneth agarró sus macundales y se vino por los caminos verdes, como se estilaba entonces, buscando un mejor destino, aunque fuera de ilegal. Por aquellos años andaba nerviosa en la calle por la sencilla razón de que si te agarraban sin papeles, en una de esas célebres redadas de entonces, te deportaban de regreso por donde viniste, sin derecho a réplica.

“Me gusta el venezolano porque es muy descomplicado, como nosotros los costeños”. Con un cumanés de los de acá concibió dos hijos caraqueñísimos, nacidos en la Concepción Palacios: una hembra y un varón de 24 y 17 años, respectivamente. Es conserje de un edificio en La Concordia y allí sí que ha sentido, aunque ligeramente, ciertos brotes de rechazo. “Hay gente que es hijue, pero yo no les paro”.

En sus ratos libres fabrica polvorosas, catalinas, besos de coco y tortas, como para redondear la quincena, y ni por el carrizo piensa en devolverse: “A veces, cuando viajo a Colombia de vacaciones, Venezuela me hace falta. Estoy muy amañada”.

Zeneth fundó hogar y familia y aquí se siente con los suyos

Canaria, artesana y patriota

Cuando Elia Alonso llegó de Tenerife, España, estaban terminando de edificar el 23 de Enero que, por entonces, se llamaba urbanización 2 de Diciembre. Aún recuerda las máquinas devastando la antigua Ciudad Tablita. Hizo su infancia, su adolescencia y su juventud de estudiante de la UCV en Catia, mientras militaba en el MIR. Se crió en el seno de una de las tantas familias isleñas que venían huyéndole al hambre después de la Guerra Civil Española, y todos sus referentes, desde entonces y hasta ahora, tienen la impronta de la isleñidad que, sobre todo en la segunda mitad del siglo pasado, se tejía como una red impenetrable.

Elia siente que el venezolano tiene un no-sé-qué

Si bien viaja permanentemente a su Tenerife natal, donde pasa largas temporadas que aprovecha para recorrer Europa  (de hecho, vivió cuatro años reinstalada entre Madrid y la isla, entre 2002 y 2006), no se va del país ni por el carajo: primero porque es patriota, segundo porque es chavista y tercero porque reconoce un no sé qué en el venezolano que le basta y le sobra para amar esta tierra. “¿En qué otra parte del mundo te dan las gracias mi amor y sí mi amor, como si ese amor fuera de toda la vida? El venezolano es muy solidario y este es un país con muchos regalos del universo. Lo tiene todo y aquí, haciendo lo que sea, sobrevives, cosa que en otros países es imposible”.

Está jubilada, pero no está apoltronada ni mucho menos, sino que se reinventó. De trabajar en una biblioteca pública salió para dedicarse a la artesanía, y se la pasa de feria en feria exhibiendo y vendiendo zarcillos de peonías y collares de semillas de flamboyán. “Venezuela es un país bendecido por los dioses y yo soy de la opinión de que el mundo ahorita es un caos. Cuando llegué Venezuela ofrecía todo y mis viejos no quisieron irse más nunca. Siempre fueron muy agradecidos. Así que a mi Venezuela no la cambio por nada”.

Siempre los recibimos con los brazos abiertos

Para que no nos invadan  

Aída Luqueño Díaz cocina como una diosa maya, no solo por un asunto de devoción ancestral, sino porque es mexicana, con nueve años residenciada en el país. Es técnico superior universitario en Comercialización y actualmente se dedica a asuntos espirituales y gastronómicos desde el Centro Cultural Dr. David Juan Ferriz Olivares de Los Dos Caminos, donde comparte sabiduría y oración junto a sus cofrades seguidores de las enseñanzas del maestro Dr. Serge Raynaud de la Ferriere.

Hay cosas del venezolano que le impresionaron desde un principio: el humanismo, como pocas veces vio en otros países de América Latina. La facilidad con que aceptan a alguien más, sin barreras culturales ni económicas ni diferencia en el trato. “Algo de lo que he gozado es la colaboración de los demás. Si tú le pides ayuda a alguien te la va a dar, mucho, poco, pero no se niega. En México tú no puedes dar los teléfonos así por así. Aquí es lo más sencillo que puedes conseguir de cualquier persona”.

Es nacida en Tulancingo, estado de Hidalgo, y si algo le impactó negativamente fue el conformismo que se expresa en el hecho de que en tiendas y puestos de mercados bajo la tutela de personas extranjeras (turcos, portugueses, árabes, chinos) tengan empleados venezolanos. “Ahora es que están empezando a incursionar en los famosos emprendimientos, porque la situación los está obligando”.

Hay cosas del venezolano que le impresionaron desde un principio: el humanismo, como pocas veces vio en otros países de América Latina

Cocina porque es experta en comida alternativa, lo que le ha permitido desarrollar, junto a otros compañeros, una oferta de más de 40 talleres con temas distintos, es decir, más de 450 recetas; esto, en el Instituto de Capacitación Nutricional Vegetariana y Naturista Naturlandia. Es una maestra en los modos de preparación de nuestra criollísima yerba caracas.

“Otro aspecto que yo veo de los venezolanos es que no se identifican con sus culturas primigenias, algo de lo que yo sí estoy muy orgullosa de ser mexicana. Aquí no sucede eso. Las culturas indígenas son importantes para tener identidad y raíces, que es algo que no permite que nos invadan ideológicamente”.

Un clásico de la nostalgia: trasatlánticos llenos de inmigrantes llegando al puerto de La Guaira

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