Homenaje a Luis Almagro

Por Rodolfo Porras / Ilustración Erasmo Sánchez

Luis Almagro, abogado, diplomático, hombre de larga trayectoria. Tal vez el secretario general de la OEA que ha sintonizado mejor con los propósitos de esta organización y quien, sin lugar a dudas, le ha otorgado más transparencia. Gracias a su incansable labor, ya nadie alberga incertidumbres sobre a qué se dedica y bajo cuáles intereses internacionales se conformó esta eficiente organización multilateral.

Para una columna en la que intentamos escudriñar la teatralidad que subyace en lo cotidiano, Luis Almagro es una joya de cuidado, nunca como la “joya de la corona” en la que se ha convertido Colombia a raíz de la gestión de otro caro personaje, carísimo personaje, como lo es Álvaro Uribe Vélez, pero esto no le quita méritos a nuestro Almagro, más bien se los suma.

Cuando se otea por la dramaturgia universal nos damos cuenta de que un buen conflicto es aquel que, no solamente resalta los valores éticos y la necesidad de que el protagonista logre sus cometidos, sino que también es muy necesario el antagonista. De hecho, es una pieza clave.

Ya sabemos que el antagonista puede ser un accidente, un movimiento siniestro, una enfermedad; pero lo que realmente dinamiza, le proporciona una dinámica más seductora a la trama es ese personaje antagónico, complejo, con recursos psicológicos y capacidades que amenazan con superar al protagonista. Además, funciona conceptualmente para contrastar las proposiciones éticas en las que descansa la obra.

Son tan buenos los malos que muchos alcanzaron a protagonizar sus obras. Por ello todo escritor de teatro siempre anda a la caza de un buen villano. El desgraciado de William Shakespeare se encargó de acaparar los mejores. Ricardo Tercero, Lady Macbeth, Shylock, Yago. Molière se quedó con el Tartufo. A Fernán Gómez de Guzmán, se lo quedó Lope de Vega. Dante hizo caída y mesa limpia cuando escribió La divina comedia y metió en el infierno cientos de personajes.  Así que para épocas posteriores fueron quedando muy pocos. Tal vez Arturo Ui, de Brecht, Ubu Rey de Alfred Jarry. Luego cuando el realismo y el teatro psicológico se fue imponiendo, los personajes adquirieron otra perspectiva y perdieron un poco esa “villanidad pura” de antaño.

Hoy Luis Almagro se presenta con la prodigalidad que lo caracteriza. Posee una dimensión sicológica pobre, pero la tiene. En cambio, se convierte en un epítome de ser abyecto que da para muchas situaciones: Traicionó a sus copartidarios uruguayos, se comporta como uno de los más notables lamesuelas de la historia política mundial, se ensaña sin piedad contra la presa que le ordenan atacar, es descarado y miente abiertamente aprovechándose de las cuotas de poder que le da el amo. Tiene capacidad de destrucción: terminó con la poca credibilidad que tenía la OEA, le quitó brillo a Pepe, su antiguo jefe. Además, su aspecto siniestro lo hace ideal.

Vaya pues nuestro homenaje a esta basura de tal calaña que ni la fértil imaginación de los grandes clásicos universales pudo vislumbrar.

ÉPALE 417

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