Humor en defensa propia

Por Hindu Anderi • @hindu_anderi

Referirse a la Universidad Central de Venezuela de finales de la década de los ochenta y principio de los noventa, y al tiempo obviar el nombre de Earle Herrera, es una omisión imperdonable. Uno de los profesores más brillantes de la Escuela de Comunicación Social fue este oriental orgulloso de su origen.

Su verbo fulminante e impecable pluma, le dieron al periodismo venezolano un aire fresco además de la sobriedad intelectual. El extraordinario sentido del humor y manejo brillante la ironía; además de la maestría en la crónica, se convirtieron en referencia para quienes se formaron en el periodismo, y hoy día, son estudio obligado para quienes en adelante se formen.

Las aulas o salones de clase de periodismo de la Escuela, sonorizadas con el teclear de las máquinas de escribir Olympia, eran diferentes con la presencia del ocurrente “profe Earle”. Algunas profesoras, reaccionarias y repelentes, envidiaban la simpatía que el guanipense provocaba en los estudiantes.

El humor para Earle significaba un arma para resistir. En esos años de depresión y represión puntofijistas; de lutos colectivos, ejercer el periodismo de manera honesta era para valientes. Venderse al mejor postor y caer en el palangrismo, fue la manera más fácil de escapar que no pocos escogieron. Earle no dejó de decir. Sin aspavientos se mantuvo erguido y defendió sus ideales.

A pesar de que de alguna manera, los profesores universitarios formaban parte de una especie de élite, quienes eran de izquierda por convicción y no para fingir ser intelectual progre, debieron como Earle, sortear las dificultades que esa época arrastraba.

Coherente con sus pensamientos, nuestro profesor Earle se anotó con Chávez. Fundó y formó junto con nosotros el movimiento Periodistas con la Constituyente. Y luego, como era necesario, ocupó espacios importantes para la defensa de la comunicación y la cultura dentro del proceso.

Ser un defensor de la Revolución no le impidió criticar lo que consideró no estaba bien hecho. Para él, su amada UCV, reconocida como Patrimonio  de la Humanidad, merecía la atención necesaria por parte del  gobierno, más allá de las diatribas políticas, y así lo hizo saber, al punto que creemos que su llamado contribuyó con la recuperación que se ha hecho del Alma Mater. No fue un ñángara desatado, pero lo vimos gallardo y sin medias tintas, mostrar en la Asamblea Nacional los ojos de Chávez, que llevaba orgulloso en su pecho. Y sin miseria alguna reconocer la resistencia del pueblo y su lealtad, a pesar de las dificultades, de las omisiones y de los errores.

Nos queda un gran vacío. Probablemente Earle comenzó la marcha cuando lo abandonó físicamente su amada Asalia. El caso es que se nos fue una de las voces más claras de este proceso, pero al tiempo se queda en su legado intelectual, en su humor necesario, en su lealtad a los amigos, en los poemas a Palestina que publicamos recientemente en el libro Palestina hacia el retorno, te leemos; se queda en su amor al pueblo, en su “sentimiento de terredad” que manifestaba orgulloso por su Guanipa querido; en su inmenso amor por la familia, en los cuentos sobre mí tío Sami, y en aquel abrazo que nos dimos en un banco de la Escuela de Comunicación, cuando nos prometimos vencer a la canalla que un día pretendió expulsarlo de la UCV, canalla que jamás comprenderá que, como nos dijo Ho Chi Minh, podremos perder miles de batallas pero solamente al perder la risa habremos conocido la auténtica derrota.

ÉPALE 443