José Antonio Gelhder: rompe el silencio

Después de 47 años el artista sale a la luz con una exposición. Entusiasmo y colorido se juntan como un escándalo para que el reconocido dibujante caraqueño retome el ruedo de las galerías

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano  / Fotografía Michael Mata • @realmonto

¿Qué muro de misterio separa a Homero Simpson posando como Francisco de Miranda en La Carraca y las lágrimas de José Antonio Gelhder? ¿Cuánto vacío sobra entre el colorido incandescente de sus acrílicos y un silencio extendido por casi medio siglo? Uno, como preguntador profesional, puede intentar acercarse a las respuestas, pero los dilemas de la duda siguen tintineando más allá de la revelación, cuando el artista se eriza emocionado al comprobar la sobrevenida admiración del fotógrafo Michael Mata por su obra.

¿Qué lo llevó a dejar de exponer en galerías por los 47 años de vida en que se mantuvo alejado de los faustos? Quizás no haya respuesta. Pero uno puede intuir algunas cosas cuando sus ojos se inundan de memoria y solloza con la garganta hundida en el ahogo de un tiempo de amor y dolor, en el que fue niño y pasó de correccional en correccional intentando reparar su inquieto espíritu.

Gelhder (Caracas, 1946) volvió de las antípodas y soltó sus lienzos sobre la Galería de Arte Nacional bajo un título casi obvio: Saliendo a la luz, con el que exorciza los demonios del ostracismo de una especie de cuarentena infinita que lo mantuvo al margen de casi todo, menos de la vida.

“Mi obra no concuerda con los moldes de mucha gente que ellos (las galerías) tienen como clientes, por lo que me he dedicado a hacer mi taller y a ver mi realidad. Yo vivo el problema que tenían El Bosco en su época, Van Gogh, Goya. Trabajo y expreso mi realidad, y la pinto, sin estar pendiente de aparecer en una revista o de venderle un cuadro a alguien”, enfatiza.

Nos promete que solo a nosotros, a Le Monde y al New York Times le debe entrevistas, a nadie más, y se sienta a nuestro lado frente a las telas inmensas que recogen su maestría de dibujante excepcional, exegeta de una generación de virtuosos nacidos bajo la égida del Taller Libre de Arte de Caracas, donde adquirió algunos de los rudimentos que lo convertirían en una celebridad sosegada que además de obrar como artista, coronó los escenarios de la realidad a través de la lucha armada en los frentes de guerrilla desde donde enfrentó las tiranías, primero de Marcos Pérez Jiménez y luego de los gobiernos del puntofijismo que le obligaron a exiliarse en España y Francia siendo un muchachito tildado con el nombre de guerra “Terepaima”.

Su trabajo pictórico, al menos el que se muestra como una sólida unidad en la GAN, en realidad es un ejercicio de comunicación que se nutre de la cultura popular más arraigada en el imaginario de la urbe, con elementos provenientes de la imposición mediática, la dominación del marketing y la publicidad y las injusticias, subyacentes en casi todos los actos de la tranza cotidiana en una ciudad como Caracas. “A mí me interesa más el contenido que las formas”, reitera.

—¿Qué quieres señalar?

—Mi obra tiene íconos muy actuales, como Los Simpson, un ejemplo de la decadencia del hombre norteamericano. Yo nunca he entrado ni entraré a un McDonald’s, pero por donde tú camines hay uno. Está en mi trabajo. Aparece la harina PAN porque la manejamos a diario en casa; la imagen de Lorenzo Mendoza con la cosa imperativa de que el Estado, soy yo. El tema místico porque yo vengo de una formación religiosa muy fuerte cuando estuve en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid y en París.

Su apellido revela los orígenes más remotos de una venezolanidad mestiza: proviene de una rama de los Welser, probablemente una de las familias más antiguas de Venezuela de origen alemán, siendo el hijo natural que surgió de una andanza carnestolenda de su madre disfrazada de negrita y regresar “con esta belleza que está aquí”, como él mismo refiere.

Todo, quizás, alimento de lo múltiple en su búsqueda, pues en algunos de sus cuadros hace referencia al Porteñazo, al Guernica de Picasso, la imagen de Cristo, Homero en casi todas las ilustraciones, retratos de sus hijos, iconografía de marcas comerciales como Polar, Chevron, Coca Cola, escenarios políticos recientes, el niño migrante muerto a orillas de una playa de Turquía, etcétera, donde el artista trata de plasmar “ciertas preocupaciones estéticas cercanas a lo antropológico y sociológico, en las que el hecho artístico es utilizado para representar un universo de visiones terribles, dramáticas y contradictorias en donde involucra a la memoria y el olvido, el recuerdo y la ausencia, como parte de aquellos aspectos sensibles que delatan nuestra frágil existencia”, describe Félix Hernández, curador de la muestra, en el catálogo que fue presentado a propósito de la exhibición y donde precisa que se trata de un elevado representante de una generación de artistas que recuperó para el arte nacional la importancia del dibujo como gramática visual.

“El artista nace. Uno consigue la educación pero sabe que tiene ciertas características para decir que uno nació para esto”, cuenta. “Yo supe que era artista cuando estudié en los Salesianos y noté que yo ya no quería saber nada del bachillerato sino del Taller Libre de Arte. Yo soy el artista más joven –y pide disculpas por usar la primera persona– que ha participado en el Salón Nacional de Arte con 19 años en el 1965, y me dieron el premio pero me lo quitaron en dos horas porque no tenía currículo”.

—¿47 años oculto?

—No, esto es producto –señalando los cuadros– de ese tiempo. Yo estoy en el 23 de Enero en mi taller y vivo detrás de Galerías Ávila (La Candelaria) a donde solo voy a comer y a dormir.

En todo este tiempo se ha dedicado a acumular experiencia vital, crear, educar como docente de artes plásticas, aunque su hoja de vida tiene pasajes memorables, según va revelando, como cuando se dedicó a recoger toros caídos (cual monosabio) y carretillero en las lidias taurinas del Madrid franquista cuando solo se juntaba con toreros; o la vez en que fue expulsado a Francia tras ser descubierto diseñando folletines para el movimiento independentista vasco ETA. En París fue actor en primera línea del Mayo Francés del 68 donde logró compartir, a distancia, con su paisano El Chacal.

Geldher no vende sus piezas. Uno no sabe si es un asunto de manía o de principios. Roger Herrera, sentado cerca, admira su ética implacable y Félix Hernández lo considera explicable por “el celo puesto en su producción, las exigencias a que la somete y una particular visión crítica en torno al papel de las instituciones dedicadas a las artes plásticas y visuales”.

De corolario nos deja tres citas que podrían servir para el epitafio de cualquier creador: “Yo, como artista, en una sociedad capitalista soy un paria”. “Los cobardes no pueden ser artistas”. “La gente que tiene plata no sirve para el arte: si lo tienes todo, no puedes”.

ÉPALE 471