José Mestre Infante: La hermana chiquita del diablo

Un genio insolente, viene a remover los cimientos del lenguaje atascado en el pudor para imponer un discurso narrativo sorprendente

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Fotografía Cortesía

Yanuva León, poeta y editora, cuenta que se topó con Mestre scrolleando en Facebook. Impactada por una de sus crónicas inauditas, se fue a su muro en la red social para comprobar que “no parecía ni vendedor de Herbalife ni asesino serial ni un tipo de esos que manda fotogüebos a manera de saludo: entonces le envié solicitud de amistad”.

Maravillada por la exuberancia narrativa de sus textos, se confiesa cautiva de su conciencia literaria y su regodeo en el lenguaje, “bien metido en el ácido del habla popular urbana, con un estilo calculadamente marranero”.

Para ella, Mestre tiene algo difícil de encontrar: disciplina y autocrítica. “Sabe mezclar sus gustos intelectuales, sus aficiones por la cultura pop y la furia de la vida paria; el cóctel emborracha sabroso. Mi olfato insiste en que ese muchacho tiene flow y fuerza para protagonizar unas cuantas páginas de la Literatura”.

Miguel Antonio Guevara, editor y ensayista, dice que José Mestre Infante “es una suerte de mezcla entre escritor e influencer, es como si una Kardashian hubiese tenido un trío con Renato Rodríguez y Alejandro Rebolledo, hubiese salido preñada y no sabe de quién es el muchacho pero guarda, con intuición poderosa, que es una mezcla de ambos, eso sí, con una profunda originalidad”. Basta ingresar a su cuenta y merodear entre sus contactos para notar que no lo siguen, lo adoran. Y él cultiva esa relación posesiva y exigente entregando historias deslenguadas, obsesivas, con acento en las novedades de la palabra que se reinventa en el ajetreo de la calle. Aún no ha publicado un libro pero trabaja en uno que quién sabe cuándo saldrá, mientras reparte su “obra” entre Faceboock y la revista digital ‘Mentekupa’, donde lleva una columna mensual llamada ‘Caja de Resortes’.

Nació en Valencia en 1998, y su experiencia vital –y literaria– se teje en la urbanización La Isabelica, a la que ama y odia al mismo tiempo. Estudiante del séptimo semestre de Educación en Lengua y Literatura de la Universidad de Carabobo, y bajo influjos tan disímiles como Julio Cortázar y Dave Chappelle, Olga Tañón y Bob Dylan, Miyó Vestrini y David Lynch, podría considerarse, en palabras de Truman Capote, que se trata de una adorable (y sorprendente) criatura.

Guevara lanza su vaticinio: “a mí no me gusta ser futurólogo, sin embargo, me parece que estamos ante un escritor en formación que dará mucho de qué hablar y que seguramente como narrador estará entre las voces de su generación”.

—¿Quién eres?

—La hermana chiquita del diablo. Creo que está en mi perfil de Tinder y todo.

—¿Qué quieres?

—No mucho: un par de millones, un par de propiedades, el Nobel y hacerle el amor a mucha, mucha, mucha gente. Soy un tipo sencillo.

—¿Te gusta así?

—No sé qué significa “así” en este contexto. Si es lo que creo, esta entrevista tomó un giro sexual demasiado rápido, ¡aunque sea bríndame un combito de 5$ primero!

—¿Eres hijo del caos, del nihilismo, de Netflix o de la pandemia?

—De todo eso y de mi mami. Bueno, mejor tacha el nihilismo: esa vaina es para gente en la crisis de los cuarenta.

—¿Todo lo que escribes es ficción?

—No. Es tan verdadero como las historias que te pueda contar la vieja escuela en una licorería, ya con varios litros de cocuy encima.

—¿Estás hablando en nombre de una generación?

—No, ni loco. Mi generación está frita. Esos menores mutan constantemente. Sus mentes son collages por donde transita el performance, la ansiedad, la multiplicidad, los apócopes, las comiquitas, el BDSM, la estética vintage, el narcisismo, el desencanto, la falta o el exceso de auto-consciencia y, sobre todo, una mardita crisis de identidad constante. No es fácil hablar de lo que son. Cuando mucho puedo hablar de lo que han sido.

—¿Qué tanto de Anime, Stand Up y militancia tiene tu vida?

—Militancia cero. Estuvo llena de las otras dos cosas. Era (soy) el carajito que duraba (dura) horas diseccionando la forma y el fondo de Evangelion o las rutinas de Bill Hicks para luego aburrir largo y tendido a las jevitas con mis hallazgos. Supongo que por eso perdí la virginidad a los veintiuno.

—¿Qué viene a tu mente cuando piensas en Venezuela?

—Un cortometraje inspirado en el grito de Munch, dirigido por Gaspar Noe, con Slayer de banda sonora. Acá uno aprende a ser Terminator.

—¿Qué sientes cuando piensas en Godzilla?

—Depende de con cuál parte de mi cuerpo lo piense. Un Dios no debería provocar menos en sus seguidores. A veces me pregunto si a las señoras mayores las erotiza Cristo. A mí me erotizaba la Virgen María pero su falta de escamas o rayos atómicos arruinó lo nuestro.

—¿Si eres de la generación Tik Tok, cómo escribes tanto y tan extenso?

—No lo sé. Empecé de chiquito y ya es patología. Quería contar historias y la literatura fue mi mejor alternativa porque el cine y la música salen muy caros de producir. Es la relación más longeva que he tenido. A veces es fina, a veces se pone tóxica. No descarto la posibilidad de hacer algo con Tik Tok o Youtube en el futuro. Se llamaría ‘El Show de Artemio Cruz’ y sería una oda al mal gusto.

—¿Podrías recomendarle a un chamo cómo escribir un cuento?

—Primero que nada solo escribe cosas que te emocione escribir. En mi experiencia si da ladilla escribirlo, más ladilla todavía da leerlo. Empieza por la estructura. Invéntate o cópiate una. Luego hazte tres preguntas clave: “¿qué va a pasar, cuándo va a pasar y cómo va a pasar?”, especial énfasis en la última parte; en el “cómo” es donde está tu única oportunidad de hacer algo interesante. Personajes y temas te los puedes inventar sobre la marcha. Cuando tengas una estructura de pinga y hayas respondido las tres preguntas claves ¡felicidades! Ya tienes el esqueleto de un cuento. Ahora viene el trabajo real: cortar, reescribir e ir línea por línea puliendo cada cosa. Lo que no suma resta, deshazte de ello así le tengas cariño. Y, por favor, sé conciso. Di lo necesario y luego cállate. El lector hará el resto.

—¿Eres anti convencional, asocial, creativo a rajatabla o simplemente tas fumao?

—Mamagüevo es lo que soy. Por cierto que escribir fumao es imposible. Lo fino es fumar y luego pasarse horas intentando articular la experiencia. Una vez me pareció que un amigo recitaba la Biblia en todos los idiomas existentes, desde el arameo, pasando por el latín hasta llegar al esperanto. Fue hermoso e intraducible, la mayor de las notas.

—¿Es verdad que Caracas es Caracas, y lo demás es monte y culebra?

—No voy mucho a Caracas porque odio las ciudades. Una vez fui para un concierto del Cuarteto y me ofrecieron perico en el terminal, cripi cerca del hotel y LSD en el toque. Con razón el caraqueño vive como loquito.

—¿Qué tiene de divertido Valencia?

—A mí, obviamente.

—¿Qué quieres ser cuando seas grande?

—Meryl Streep. ¿Has visto sus outfits? Además que tiene como cincuenta mil Óscars; las curdas las debe destapar con la base.

ÉPALE 411