La ciudad interior: De Termópila a Los Castillitos

La Caracas más íntima está llena de magia. En Catia, recinto plagado de todas las bellezas, un breve recorrido entre calles apiñadas desvela el alma y la historia que se entrecruzan

                                               Por Marlon Zambrano@marlonzambrano                                              Fotografía Mairelys Gonzalez@mairelyscg27

De Termópila a Los Castillitos no se mueven los ejércitos de Jerjes I, el Grande, con sus huestes de bárbaros. Nadie anda pendiente de conquistar Esparta, como relata Heródoto, con el fin último de hacerse de la Grecia toda y arrasar con el poder helénico que dominaba al mundo antiguo. Los únicos corceles a la vista son las motos Bera de 200 cc que se mueven a 80 km por hora, remontando en zigzag el asfalto que asciende desde la avenida Sucre hasta casi besarle los talones al Waraira.

Entre La Pastora, Lídice y Manicomio crece la ciudad con sus ramajes

Es una estampa misteriosa y lejana, casi como el estrecho desfiladero de la película “300” donde el rey Leónidas I de Esparta con los suyos, enfrentó en el 480 antes de Cristo el intento invasor del poderoso Imperio persa y su feroz tenaza ofensiva de casi dos millones de combatientes.

La esquina de Termópila abraza un trozo de la ciudad

Nadie sabe por qué le pusieron el nombre a ese enclave del oeste caraqueño: la señora Ismara Pedroza, del consejo comunal, no tiene ni idea. Yenny Pérez, de la fundación Dirtamot y activista del colectivo Sergio Rodríguez, tampoco. Francisco Aguana, cronista, menos. Solo se llega a allí seducido por el embrujo de la ciudad que florece en sus
laberintos.

Los únicos corceles a la vista son las motos Bera de 200 cc que se mueven a 80 km por hora

_

Aguana, quien funge de anfitrión, nos invita a seguirle los pasos a su fascinación por las maravillas de Catia, Manicomio, Lídice y La Pastora, que observa con los ojos desbordados del niño viejo que es.

Los contrastes, la belleza, los colores de las fachadas

Se trata de un repaso por “la ciudad interior”, nos confiesa: esa que reconstruye en su memoria y aún más, en sus emociones, una tarea para nada sencilla porque a esa metrópoli irreconocible, que se oculta en la trastienda de la arquitectura embellecida en la superficie, se esconde el pueblo en riada con su obrar mágico, en fiesta permanente, sus relatos épicos, sus enigmas, y esa cadencia sabrosa del trópico añejo que ostenta la piel rugosa del barrio y que el cronista detecta con sus propias manos, acariciando las fachadas.

Aguana, quien funge de anfitrión, nos invita a seguirle los pasos a su fascinación por las maravillas de Catia.

_

“Las ciudad subjetiva” nos señala Aguana: esa que él recuerda sin rascacielos, con taxímetros anclados sobre las aceras, el paso del tren por donde ahora ronronea el Metro de Caracas. Esa que no crece hacia los lados sino hacia el cerro. La misma que nos exige desfilar entre sus vericuetos, en vez de movernos en línea recta.

El pueblo en movimiento es una riada que hace fluir la vida

Es la ciudad de los afectos, que va más allá de las nomenclaturas. Esa que ahora es mínima, pero que cuando éramos carajitos resultaba gigante por un asunto de perspectiva.

Devoción popular encuentra su argamasa en las esquinas

Y así vamos, deshilachando frontales de estilo andaluz o baldosas portuguesas; de nichos coronando altos portales, y pequeñas ermitas para el culto popular, que lo mismo invocan al Santo Niño de Atocha que a Santa Bárbara.

Desde la avenida Sucre las maravillas ascienden al cerro

Hasta que nos detiene ese cruce ficticio de caminos que traza la ciudad en breves golpes. Un inmenso higuito o higuerote o matapalo, que corona la esquina más oblícua que conozca la ciudad y que puede sumergir a cualquiera en un inmenso dilema: seguir hacia la calle Hornitos de Lídice, doblar a la calle Castillitos de La Pastora o bajar por la Calle Real de Manicomio hacia la avenida Sucre, como quien regresa a las catacumbas.

Por Castillitos a La Pastora

En ese enjambre de callejones aéreos, estallan los contrastes. El rancho a medio levantar, el caserón decimonónico, la basura apiñada en un filo que ruega con un cartel “no botar basura”, un impecable Mustang GT bajando despacio por el desfiladero de concreto, seguido por una destartalada pickup del 84. Y la gente, en su esfuerzo constante de supervivencia, yendo a la vida que parece que bulle íntegra cerca de la estación del Metro de Agua Salud.

ÉPALE 428